2008-11-22

Mira cómo te miro

Dedicada a Ariel Luque.

En mi memoria hay restas

Si apareces,
me pongo paleontólogo
y voy a la nevera a hacerme frío…
luego pienso en el sastre que cose los sudarios de la gente
y me busco poeta en la blusa carmín que llevas puesta…
y te propago,
y te ayuno,
y busco la autofagia de las manos
que son necesidad casi científica.

Si no apareces,
soy noosfera quieta y zanjas,
hambre y sus disfunciones,
contratiempo…
y me invado de un algo modernista
hecho de optalidón y bacardí,
y juego a reprobarme
y pienso en verbos como tener, arder, tocar…

Si te olvido un instante,
me castigo con el tenedor de carne en el muslo derecho
hasta que te recuerdo.

Si no logro olvidarte y no apareces…
los muertos prematuros me rozan,
y soy el mapa viejo,
la pizarra,
el vidrio del tintero,
la hoja seca…
y busco por la imprenta un poco de chucrut
para cenar a solas como un octogenario.

En mi memoria hay restas, cartones, vasos viejos.

Si apareces y te vas y te recuerdo…
busco en los chivaletes que guardo tras el páncreas
la mano del tipógrafo que vuelva a componerte.

Ejercicios rápidos de estilo

Si alguien está interesado en adquirir alguno de estos dibujos, los pongo a la venta por la voluntad para sumar fondos a los proyectos solidarios de SBQ. Los interesados pueden contactar conmigo vía mail en felipe@lfediciones.com.
Mil gracias.









Con la muerte en los talones

Corro y me desmadejo.

Unos días me asomo a la muerte
y acierto a huir,
otros días sorbo la vida
y no sé.

Si el mar resiste
tendré que intentar bebérmelo.

Amantes en un aparcamiento

Manténgase el minuto deseado,
desátese lo negro de la noche
y hagamos, abrazados en el coche,
el rito del amor apresurado.

Corran mis manos liebres por tu blusa,
las tuyas desabrochen mis tejanos,
y en ese azar de bíblicos hermanos
busquemos en el tacto gozo y musa.

Vencidos por la prisa, clandestinos,
incómodos de atar, enajenados,
habremos de guardar en la memoria

el nítido recuerdo de esta noria
de caricias furtivas y, agotados,
separemos, sin más, nuestros caminos.

Quizás me deje de tu bello rostro

Desde las inmortales
mañanas repetidas
ella surge entre sábanas
poniéndole a los días
el norte más preciso.

Me cuida,
me alimenta,
me sofoca las lágrimas...
me hace sobrevivir.

Y yo tengo las manos de mi padre,
sus ojos y aun sus años,
su pelo despeinado
y sus canas sedosas...

Y me miro y soy ella;
soy ella y soy mi padre.
Y me pesa el futuro
mientras me duele el tiempo
como lluvia tranquila,
constante,
con su cruel humedad.

Quizás ya sea el tiempo
de olvidar las guirnaldas
que tus manos coronan
en mis sienes inútiles.

Es ya tiempo de olvido.

Quizás, amor,
me deje de tu bello rostro
y me abata en naufragios
de desaparición.

Una mujer se peina y llueve

El pelo es negro,
negro,
y cae como en un vómito
cuando se dobla el cuerpo en la cintura.
Los brazos parpadean con el peine,
ordenan paralelos imposibles
en un mapa cambiante y sin costumbre.

Una mujer desnuda,
peinándose en un cuarto con ventana
franca a patio de luces gris y oscuro.

Llueve afuera.

Sus axilas son vírgenes,
sus codos de ginebra son vírgenes aún.

Los dedos también peinan como peines,
acarician.
Dibujos de carey se deshacen
como la lluvia afuera
y la mujer se tensa en un arco perfecto
de músculos bellísimos,
con los brazos abiertos y los codos doblados
hasta el éxtasis.

Las axilas son vírgenes, salvajes;
el vientre es perfección,
el sexo es vértice...
la cabeza en torsión se hace infinita
con los ojos cerrados
y la boca entreabierta.

Una mujer peinándose
en un pequeño cuarto con ventana.

Es un día de lluvia en los cristales.

El perseguido, cansado, se esconde en un club de jazz

¿Por qué no olvidar el segundo recién pasado,
el minuto anterior,
y decidir que la historia comienza a la par que sucede?

Percibir que todo anda mal
nada más pisar la calle
y borrar el instante,
y volver a salir
hasta que el curso de ese caudal de sombras
que es el hombre
alumbre una pasión...

Y nadar los compases
de una música de humo
para que la bocana
del arma del destino
sepa que duerme el tiempo
y no preste atención.

A veces... lo mejor
es morir un poco.

El cobarde mesa el cabello de una chiquilla

Porque no acaba de llegar el barquero
reposo bajo los abedules
apretando entre mis manos una daga
que es aliento porque no fue suceso.

Como una huida, recuerdo la ebriedad
de una larga melena que fue para mis manos
una imagen de pastos rendidos por el viento
y una isla perdida desde la que zarpar
sin billete de vuelta.

La niña de aquel pelo se llevó
entre su falda el gozo de la lluvia
y un maullar de borrascas
que apenas son memoria.

Porque no acaba de llegar el barquero
y el miedo vive bien en mis rodillas
guardo todas mis armas
y corro hacia donde mis pies deseen.

Agarrar una llama y guardar su calor en los bolsillos.
Eso es la gloria.

Gritando en el foro de la ONU

Discurso impar de Maiakovski

¡Respetables ujieres de la Tierra,
jamás mis camaradas!

Removiendo sus heces me pregunto:
¿Saben acaso ustedes cómo se vive el hambre?,
¿saben cómo la bala arde en la pierna
o cómo se soporta el desgarro fatal del intestino?,
¿saben cómo es la sed obligatoria
o el terror de un bramido que te entierra entre escombros?,
¿saben en qué lugar deja la incertidumbre la dignidad del pobre?

Les contaré mi tiempo desde los soportales
de una plaza de pueblo.

Siendo nada, miré cómo un regato
alimentaba huertos personales,
cómo el día se llenaba con horas
de trabajo vulgar muy dignamente,
cómo crecía el amor a la par que los hijos
y todo era un pasar de noches sobre días,
de libros y tabernas,
de estaciones, sin más, iterativas.

De algún renglón torcido se me fue la sonrisa
y un clamor extranjero me nació en las entrañas.
Viajé como un poseso
buscando en cada sur el fin del horizonte,
y junto al pasaporte me crecieron preguntas
que no sé contestarme, pero que riego siempre
con duras reflexiones.

En Tanzania vi el agua matando sin cuchillos,
en Camerún el todo que es un puente deshecho,
en Angola los ojos de los niños soldados,
en Honduras la rabia de la naturaleza...

En todos los lugares,
ujieres de la Tierra, jamás mis camaradas,
que me han alimentado de arroz, miseria y dudas,
he compartido risas, terror, espanto y agua,
y un odio lento y sólido a todo su sistema
se ha cocinado adentro como un manjar de rabia.

¡Escuchen el clamor de la algarada
que ha de llegar!, y sientan como hombres
el miedo a la revuelta que ya asoma.

Busquen su dignidad, si es que aún les queda,
y rectifiquen las pesas falsas de su balanza
para que el odio asuma el equilibrio justo
que le toca.

No hagan acopio de armas,
no gasten más esfuerzo en barricadas
de divisas y dólares.

Los pobres no pueden perder más.
No tienen.

La traición hace el triángulo

No voy a matar más de lo que puedo
porque de verme dios estoy cansado.
Quizás me ahogue despacio en vino añado
en un rincón de bar tranquilo y quedo.

No voy a matar más a lo corsario,
porque el brazo se cansa y duele el dedo
de tanto disparar. Y ser Quevedo
me gusta mucho más que ser sicario.

El miedo que te ofrezco está en mi boca
porque hoy cambio las balas por palabras
que no saben de amigos ni banderas.

No voy a matar más, aunque no es poca
la amenaza de herirte. No me abras,
porque sé que otro tiene tus caderas.

En el último bar. Ya tarde

La hemorragia en la nariz,
en la muñeca tres marcas,
las isóbaras del ojo
avisan de un viento extraño,
las caries del corazón
beben de mi sangre alcohólica,
los cabellos son rencor,
las manos tejen un muerto,
la boca hiede a una prosa
que no sé determinar.

No sé si ahogarme
o nadar.

Documento traducido al búlgaro

Llevo unos libros entre mis manos
y voy a casa
con esa lentitud de páramo,
con esa cosa de labrador triste
de surcos repetidos.
Voy a casa como a la muerte
y no mido la distancia de unos ojos
ni el pelo trazado por el peine
en la melena de aquella mujer
que quizás amó anoche... o no.

Voy a casa a buscarme el semen
entre las piernas.

Por si mi suerte...

Yo, nadie en vida,
dejo el mar en su sitio,
los castaños alumbrando otro ciclo
de candelas y erizos,
el cielo a su capricho para todos los ojos,
el amor –aparcado– para gastarlo a tragos
y unos hijos inciertos
para que sean libres.

Dejo mis ganas como nuevas,
casi por estrenar,
por si alguien las quisiera...

...y un plato de carne poco hecha.

Cuidad que no haya tiempo para la podredumbre.

Un acecho en la sombra

¿Y si yo fuera la mujer consumada,
la que sangra sus periodos
o siente crecer el vientre
como una baya?
¿Y si no tuviera margen para las lágrimas
y pudriera mis versos entre sábanas?

¿Cómo sería yo,
cómo sería el temor de mi voz
y la tez de mi mirada?

Algunas tardes meriendo algo
y siento que me llena esa mujer
que me abraza y me alimenta
cuando estoy solo.

Del puente abajo

No pensar, porque en la sinapsis
del pasado siempre hay un cobarde.
Capturar el valor sin ser el gesto.
Desabrochar los ojos.
Encenderse de química y hormonas.
Arder como un deseo.
Libar el aire a fondo...

Mirar el agua
y ser la turba
que encierra la potencia en el detritus.

Donde los otros nunca se detienen

¿Cuál fue el camino que miró el último muerto?,
¿cuál la pared que contuvo la certeza del fin?,
¿cómo fue el pálpito de morir sabiendo?,
¿a dónde se va el alma?...
¿existe el alma?...

Algunas noches me puede el tiempo
y no acierto a beberme el sueño
como se bebe la absenta
nadada en el chorro de agua.

¿Qué hacer si no se sabe cómo?

¿Qué hacer?

Policía en la puerta

A veces no importan las bombas
ni la bala perdida
ni el azar que al siniestro
pone nombres.

La amenaza es sólo posibilidad.

La vida...
la vida contiene el miedo.

Odio en el party

Sólo siento que el éxito me roza
cuando noto que el odio
del cercano
–el que indaga en lo mismo
que yo busco–
me toma por la espalda en una fiesta,
cuando asoma la envidia en unos ojos
o cuando tú me amas
sin detener el gesto
en comprobar el triste estado
de mi mundo.

Huida sin banda sonora

La ciudad me persigue.
Me acechan los libreros tras de sus mostradores,
las mucamas me miran desde sus ojos trágicos
venidos del oriente inconcreto o del sur más extremo,
los niños, asustados, detienen su embeleso en los escaparates,
los bufones de cárdigan –snobísimos, como pobres poetas–
dejan que sus puñales señalen en mi espalda
la cruz de una estrategia,
los pobres me perturban con sus miradas cómplices,
los obreros desprecian mi paso
con sus manos marcadas como cristos menores,
la mujer con su bolsa de fruta me huye
desatando sus pasos como un tranco de yegua,
las fábricas detienen su nata en los desagües
y con sus fumarolas indican mi presencia.
No hay mar, pero sus olas dejan como cerveza
mi nombre en las aceras...

La ciudad no me quiere entre sus habitantes
y da la voz de alarma.
Cierran los hospitales sus puertas a mi herida,
políticos y artistas firman un manifiesto
contra mi voz y gritan y hacen muecas.
Las iglesias se unen y niegan comunión
al que me dé cobijo...

El miedo me penetra punzando los esfínteres,
todo está contra mí... pero todo es silencio.

El tipo del mercado no quiere mi dinero
y mira de soslayo mis manos blancas, limpias,
como si fueran signo de la sangre o el arma.

«Juro que no he hecho nada, que soy un pobre hombre...»,
pero cierran sus rejas delante de mi boca
y cuelgan sus letreros para justificarse.

No sé cómo explicarles lo que me está pasando,
pues candan sus oídos, sus ojos, sus portales...

«Déjenme, por lo menos, que salga a campo abierto».

El hombre inestable

Aún no sé si nací, pero no he muerto,
y en este margen gris en que se mece
la vida, una esperanza duele y crece
sin pensar en el tiempo de lo yerto.

Si miro a mi pasado, es todo cierto;
si en el presente vibro, ya atardece;
si busco en el futuro, me parece
que todo es espejismo en un desierto.

Sobrado de mil nadas, vano en todo,
camino por las calles como un perro
sin precisar los pasos en las huellas,

y en este devenir recuerdo aquellas
palabras del colega Pepe Hierro:
«si nada quieres ser, busca ser todo».

Un coche rozando los precipicios

Alquilar una tumba para dejar la piel
cualquier día no apto
para vivir.
Tomar la carretera más comarcal,
más dura,
y beberse las curvas
a tragos rápidos e intensos
porque lo gris a veces
pide color
o simplemente
porque una luz extraña
se enciende
y basta.

Huyendo por los tejados

Si la palabra propone y da el espacio
debo hacer inventario de todos los vocablos,
ordenarlos –porque el orden concreta–
y planear una vía de escape
con la que desnudarme sin parecer vulnerable.

Luego, como en una redención,
respirar el aire puro de la noche,
sentir el frío en los huesos
y correr por los tejados
para huir del enigma.

Si la palabra nombra,
habrá que pronunciarla
por dentro
y en silencio.

Somnífero en mi copa

Hay días en que acepto
todo lo que me viene.

Comulgo la maldad de los affiches
que abrazan los muros de las calles,
hago caso al augur
mientras gozo del gusto de la sangre
que ha teñido sus manos,
me adhiero al verdugo o a la víctima
–da igual–,
me muevo al justo paso
que me marcan los himnos,
abandero las causas que me rozan,
mato o perdono la vida
y si hay que suicidarse,
me suicido...

Todo por no pensar,
todo por no detenerme a ser.

Esos días soy
para que nunca me recuerde nadie.

Lo azaroso de un hombre común

Mientras la vida crece en cada cosa
noto el acecho de mi pensamiento.

Siempre creí que sólo yo pensaba
y era mi posesión el mundo entero,
que todo lo sensible emanaba de mí
y que el respeto a mi justa libertad
era axioma y verdad incontestable.

Pero ayer descubrí que hay un verbo en la roca,
que el metal poetiza su brillo
y lo permuta,
que hay un Dios de las cosas
más superior, más grande,
que el dios por que me tengo.

Ayer, sin causa cierta,
descubrí con rubor
que existe «el otro»,
y un terror interior me está mordiendo.

Expreso a ninguna parte

Partiré muy despacio mirando mi billete
y quizás alguien suelte una lágrima,
porque ya no es tiempo de pañuelos blancos.

Callado, porque no sabré qué decir,
tomaré mi camino sin saber
si dejé felicidad, odio o tristeza.

No habrá maletas ni legajos,
no llevaré mi abrigo
– porque no es necesario–
ni volveré la vista a los andenes.

Quizás, como un último guiño,
tenga un recuerdo para los castaños verdecidos,
para el oro otoñal que emborrachó mis ojos,
para el laurel de otros y el mirto en mis manos...

Y cuando el humo denso de la máquina
resuma con hollín el horizonte,
recordaré a mis padres,
a mi esposa,
a mis hijos.

Agente doble (otra historia del hombre)

(Pobre remake del poema «Historia del hombre» de Gabino-Alonso Carriedo)

En el tiempo que llevo ya vivido
he logrado saber que la tristeza suma
cada día algún dígito,
que todo lo que encierra
un gozoso paréntesis
tiene siempre un después
hecho de acíbar;

y este amargor no acaba,
porque lo triste es eterno.

En el tiempo que llevo ya vivido
he logrado saber que la felicidad nos resta
cada día algún dígito,
que todo lo que es risa
tiene pronto final.

¿Para qué sonreír toda la vida
si el prodigioso hecho
de sentirse feliz se hace costumbre?

El acoso del fumigador

¿Por qué desde allí arriba
te obstinas en mis pasos?
¿Por qué te empeñas, Dios,
en marcarme la huida
si jamás creí en ti?
¿Por qué el superlativo
rugir de tus motores
sobre mi cuerpo leve?
¿No ves que así no hay forma
de intentar comprenderte,
de buscar un resquicio
que te asome a mi fe?
¿No ves que acorralando,
sojuzgando, oprimiendo...
no lograrás que crea
sino sólo en mi suerte
o en el triste destino
que me lleve hacia ti?

Yo no creo que existas,
pero aprietas, ¿lo sabes?
¿A qué reverenciarte, entonces,
si he de luchar por mí?

Escondido en un campo de maíz

Nací para la tierra
y, fuera de ese alboroto
de hojas secas que crece,
siempre he sabido el fin
de este paréntesis.

Pero no entiendo
el miedo que se abraza
a mis miembros,
no entiendo que mi lengua
no acierte a desatar
la verdad que contiene,
no entiendo que el valor
me abandone en el preciso instante
en que lo necesito.

Soy un ave enredada
con la salida cierta
que se niega a volar
porque se siente presa
de una nada imposible.

¿Por qué, si la mirada
llega hasta el infinito,
no sé seguirla y basta?

El sueño frágil del perseguido

He visto a los verdugos acercarse
como si fueran mis abuelos;
con sonrisas y gestos me decían:
«¡Ven, no nos temas, que somos
el marfil de tu futuro!».

Por un instante estuve
a punto de correr hasta sus brazos...
pero un brutal latido
sobre mi sien alerta
me despertó, y ahora
corro hacia el descampado
como si ese minuto
que se agazapa al fondo
fuera el del alarido.

Siento el miedo en la lengua
y sé, sin duda alguna,
que sólo yo soy justo
esa tabla que arde
donde asirme otro día.

La soledad a veces
es agua en un cedazo.

También temblor
y sauces.

Casa de subastas

Como una página abro la vida esta mañana
y soy pájaro huérfano
sin jaula o rama precisa.
No entiendo los grafismos
que hilvanan los minutos,
no entiendo el guirigay de ilustraciones;
es todo tan hermético, tan críptico...

Recuerdo entonces tus pupilas
conteniendo la noche,
el cielo suspirado,
el pálpito en las yemas de mis dedos
y una hondura de espejo
que me es grata.

No entiendo cómo el tiempo sucede
y yo lo desperdicio serena,
mansamente,
como esos derrotados
que ya son de por muerte
la justa inexistencia de la nada.

Quizás fuera el momento
de soltar todo el lastre
con su peso de máscaras y cosas,
llevar a aquella casa de subastas,
que tú y yo conocemos,
los libros, los óleos y las cartas,
y hacer un nuevo intento
de vuelo sin destino
a ese lugar que a veces
nos regaló el abrazo.

No entiendo el rompeolas
que hoy es mi biblioteca,
no comprendo los cuadros
que envuelven mis paredes,
ni ya me reconozco
en los gestos nerviosos
de mi caligrafía.

Sobre mis manos...
quizás debiera hablar sobre mis manos.

Creciente clima de tensión

Sobre la luz que encierra
el puño apretado por la rabia
se desliza la revolución
y a veces nace
sin ser sangre encharcada
porque es sangre contenida.

Embrutecido por la ingenuidad
me crece un hombre y me domina,
mueve mis músculos,
mira por mis ojos,
habla por mi lengua
o la silencia,
arma sus absurdas barricadas
y me inhibe.

Asombrado por la fiera mediática
me nubla la razón
y toma mi criterio como suyo,
y lo utiliza.

Soy otro siendo yo...
pero el puño apretado aún perdura
y la rabia me busca.
El puño late
y, en el fondo,
en lo más oculto de mí,
aún hay un roce cierto
de esperanza.

Llegará el día,
no lo sé, en que el vómito
avise una victoria
y sólo mi muerte o la tuya
sean la opción.

No quedarán heridos
de esa guerra.

North by Northwest

Cuando el poeta sepa
escoger su llanto
entre todos los llantos,
cuando aprenda a llorarlo
como se aprende el hambre
o, simplemente, como el músculo del ojo
aprendió cómo armar el enfoque correcto;
cuando aprenda a beberse sus lágrimas
sin buscar el destello...
Justo entonces,
al norte del noroeste
de la vida,
sabrá que su palabra
no sirve
ni aún sirviendo.

El falso culpable

Guarda la ciudad el calor en su asfalto,
pero no está desierta,
porque encierra la culpa
en todos los edictos.

El hombre que camina,
el que se mece en el aura rijosa
del bullicio,
el que compra limones
entre los mercaderes
y se resuelve en sombra
de una nada imposible.
Ése, el falso culpable
de todas las catástrofes,
el que arrastra la pena en sus zapatos
y lleva por miseria
una vida normal,
sin estridencias.
El hombre gris,
el sencillamente mimético,
el que no vuelve la cara si le nombras
ni siquiera si le agredes.

Ese falso culpable
que por no ser la bala
ni siquiera es cobarde.

Miradlo,
sólo sabe caminar
sobre pasos de otros,
sobre pasos sin dueño ya,
huellas sólo.

Ese hombre que por no ser
es capaz de matar
sencillamente.

Monte Rushmore

Ni siquiera el ángel cándido
puede con esta sordidez
que transfigura en agrios rostros
el paisaje más voluptuoso,
hiriéndole,
hiriéndome.

Huele a podridas coníferas el mundo,
pero no importa,
porque en la podredumbre
levita la revolución del asco,
el cambio total
hacia un nuevo ciclo.

Ahora
que toda aventura es artificial,
que se pueden bordar
cometas en el cielo,
que el suspense mejor
es pura arquitectura...
me asomo a mis sentidos
y diviso el paisaje.

Un barbero enterrando mis cabellos
quizás sea el único signo
de que aún queda esperanza.

Leonard o las razones del sicario

Nadie me enseñó que la ternura
es algo más que una palabra,
que el cariño es remanso
donde dejar los huesos afilados
por la ira diaria, descansando.
Nunca un costado me dio su cobijo,
ni tuve una casa donde me esperase
una madre o un hermano.

Crecí para el odio
y supe bien temprano
que la sonrisa sólo puede ser señuelo
o triunfo,
que un hombre se resume
en sus muertos personales
y la pólvora en mi mano
es el silencio de otros.

No es tan malo
servir al tirano
cuando se tienen cristales blindados
para mirar el mundo

No es tan malo,
aunque sé a ciencia cierta
que el cristal transparente
es mirada...
pero también barrera.

Obsesión

¿Acaso no es posible
que te ame
y que sólo te ame?,
¿que no me importe
el caos por perder mis horarios?,
¿que se me olvide el norte
de los hombres normales:
comer, dormir, comer...?

¿Acaso no es posible
el pensamiento único,
la decisión de ser
sólo lo que tú quieras?

Quizás en cada hombre
se encuentre contenida
la humanidad completa,
y amarte sea, entonces,
perder todo el legado,
vaciarse,
esperarte con gozo,
muerte,
para que en tu desnudo
se concrete
esta justa obsesión.

Nada acaba

No sentir más allá
del momento
para que se concrete todo
con la definición justa,
para que el cuerpo avise
de lo exactamente acabado,
de lo que tiene márgenes
y, por tanto, es conocimiento.
Pensar sólo en que el camino
no tiene veredas
y termina en la casa
porque en ella empezó.
Admitir simplemente
que hay un fin y un principio,
que cada acto termina
a la par que otro empieza
porque no puede haber
silencio en la palabra
ni el embalse soporta más agua
que la que ha de tensar su superficie.
No arder en cada gesto
es ser superviviente,
pero también fracaso.

La lucidez es hielo
que quema y se deshace.
La lucidez es muerte
porque es final, ocaso.

Alguna vez dije «ya basta»,
pero sucedió el tiempo.

Atrapado en campo abierto

Cuando todo es silencio
es difícil dormir,
porque en esa nada
se agazapan todas las palabras
y presumen el grito,
y son como el acecho de la fiera,
como una selva quieta
esperando el suceso que perturba
o serena.

Cuando todo es silencio,
cuando el paisaje
que me cabe en los ojos
se figura infinito,
un mar que ahoga y crece
me devora,
y el miedo
toma todo,
lo asola,
porque no hay referentes
y el muro en que apoyarse
simplemente no existe.

Atrapado en campo abierto,
con todo el horizonte
vestido para mí,
los caminos de huida son tantos...
que no existen.

2008-11-21

Juan Ramón habla de Unamuno con Valle

Era un tipo tan culto
y educado,
que era...
¿cómo decirlo?...
un gilipollas.

José María Sicilia pisa una hormiga en Menorca

La estupidez de un plazo
es conocer, sin más,
su vencimiento.

Menos mal que la vida
vence sin fecha fija.

Pepe Hierro habla con Comendador mientras se fuma un Ducados

También en Nueva York
se adornan los balcones
con la ropa tendida,
se escuchan los domingos las campanas
y mean los borrachos en la calle.

También en Nueva York
decoran las esquinas con esquelas
y lloran las viudas a sus muertos.

También en Nueva York
se cuece el pan reciente en las tahonas
y el bar resume el tiempo
de la gente

También en Nueva York
hay ancianos con boina
y con tristeza
sentados en los bancos
de los parques.

También en Nueva York
es la vida un suspiro
hasta la nada.

Carver charla con Roger Wolfe en el café Oliver

Hay que hacer los poemas más infames,
los peores,
los que nos den vergüenza hasta el sonrojo.
Poemas tan iguales
al tiempo en que vivimos,
que no parezcan más
que poemas mal hechos.

E. C. Barlow...

E. C. BARLOW DISERTA VARIAS HORAS SOBRE EL VERSO 59 DEL CANTO V DE LA DIVINA COMEDIA

De qué sirve el reloj
si en el brazo del hombre
ya no hay pulso.

HHerman Melville avista desde su mesa una ballena blanca

Resopla al oeste
y va cargada de toda mi miseria.

Echad una chalupa con todos los aperos
en este mar de dudas,
que allí está mi destino;
y no esperéis por mí, que ya no vuelvo.

Pip, cuida bien mis campos de amapolas.

Heathcliff no se venga de Edgar Linton

Ahora,
todo tú a mi merced,
no me frena la idea
de darte el golpe;
tan sólo la pereza
de levantar mi mano.

Mercurio pasa revisión a sus alas talares

Cuando alcanzo una gran altitud
y hay turbulencias,
entro urgente en barrena incontrolable.

Vengo a ver si el seguro
también cubre el mal vuelo
de los dioses.

Rabindranath Tagore defiende la individualidad en Bolpur

Un hombre es unidad incuestionable;
un poeta también.
Dos hombres son dos ríos diferentes;
dos poetas también.
Tres, cuatro, cinco hombres
coinciden como mucho en casi nada;
tres poetas también,
cuatro poetas también,
cinco poetas también.
Cien hombres se masacran por envidia;
diez poetas también.
Mil hombres pueden ya crear un sátrapa
que ordene su miseria en apartados;
y sólo una veintena de poetas
son capaces del mismo sacrilegio.
Un hombre sin escrúpulos
sumado a diezmil hombres
puede hacer todo el daño imaginado;
un crítico,
un crítico de mierda,
os juro que también.

Travelling

Todos los hombres soy yo
y de ello me valgo.

Suenan a árbol caído las palabras que escribo,
a simple eco,...

pero el travelling sigue
mostrando el recorrido
de muchos pensamientos
que no alcanzaron nunca
el valor de ser versos..

Una imagen cualquiera
sigue siendo mejor que mil palabras.

Retomo la mirada
y aparco la grafía por un tiempo.

Se lo dijo Luis Cernuda a Martínez Nadal

Mi madre me tomó de la mano
y, con un gesto serio,
me llevó a la terraza de la casa:

“Mira Luis - dijo ella-,
¿ves el geranio aquel que está marchito?,...
Pues es igual que tú.”

¿No es triste gracia?

Ptolomeo mira con orgullo su astrolabio

Medir lo mensurable
y utilizar el cálculo
para todos los usos de los hombres;
armar las estrategias
con justa exactitud,
conociendo el error de la clepsidra
y otorgando al suceso
la correción precisa y necesaria;
no despreciar jamás
el valor residual
ni el punto que de caos
tiene cualquier proyecto...

me ha llevado a buscar
la sola confianza en estos artilugios
que concretan mis manos
con el único fin
de sentir la razón
de las dudas serenas que me abrasan.

El paso de la inercia vital
al acto volitivo
reside en el valor de la medida.

Medid el infinito
y habréis la perfección en vuestras manos.

José Rodao escribe un artículo para El Adelanto

No es la forma de ser del gobernante
la que marca el gobierno de los súbditos.
Manda siempre el valido
desde la oscura esquina de un despacho.

No es el dinero el mal,
que son los hombres.

No es nunca la miseria
fruto de una gestión mal dirigida.
Son los pobres, quizás,
los que estén empeñados en ser pobres.

No es el dolor lo más insoportable.
El que duele está vivo.

No es Dios el que pone presión en nuestro paso.
Es, sin lugar a dudas,
el ruín sacerdocio de los que desde un púlpito
le nombran.

No es esto, en fin,
ningún descubrimiento para ustedes.

A. F. Ozanam fundando la Sociedad de San Vicente Paul

La masa miserable demanda el donativo,
el sobrante misérrimo de las mejores casas
y el mendrugo de pan que es sólo de los perros.

Nuestra libertad está en la fe
y en darle a la caridad el valor de moneda
y no el de agravio,
en darle el eterno valor del gesto
y no el del remordimiento por las faltas.

Dios es omnipotente
y pesa nuestros actos con justicia,
los valora en su exacta medida
y nos pone la prueba de los pobres.

Cada acto generoso
nos hace más del Cielo prometido,
cada pobre asilado nos acerca al Señor,
con cada donativo -aunque sea pequeñonos
merecemos más el Paraíso.

Hagámosle más dulce su condena a los pobres
y seguro, pues mi fe me lo dicta,
será la vida eterna nuestra gracia.

Si no es por caridad,
lo haremos, aunque sea, por el puro egoísmo
de un Cielo dominado por los nuestros.

La duda es el peor castigo
que padecen agnósticos y ateos.

Dios existe y está de nuestra parte,
lo asevero,
lo juro,
lo prometo.

Nietzsche conduce una ambulancia en la guerra francoprusiana

El fin igualitario
del sujeto demócrata
es todo un retroceso para que el reto humano
se ensalce en la utopía.

El hombre aristocrático
se merece el servicio
del iletrado esclavo
que no acierta a alcanzar
el don de lo sensible
ni el alma de las cosas.

Para que el arte exista
debe haber una clase que lo aprecie
y millones de necios que lo rían
en su mema ignorancia
y en su mísera vida
de parias sin futuro y sin pasado.

Que esperen los heridos
mientras le hacemos vela
a este capitán muerto que llevamos.
Que ese dolor ajeno y tan distante
no nos prive del lujo
de unas nobles exequias.

Que dejen de quejarse los heridos,
ordenad que no griten.
El capitán ha muerto.
Guardemos un minuto de silencio.

Augusto Nelatón atiende a Garibaldi en Aspromonte

Que mis ágiles manos
te adecenten la herida
no significa, amigo Garibaldi,
que haga mía tu causa
ni que busque ese puesto destacado
que me ofrecen tus ojos,
inyectados ahora del dolor
que te causa la pasión por la idea
que defiendes.

Yo me limito siempre a cumplir mi trabajo,
y eres sólo uno más de mis enfermos.

Me consta que el dolor
es el mismo en el justo y el tirano,
que en la muerte no sirven las ideas,
que el valor es un gesto en esta duda eterna
de los que decidimos
-como somos tú y yoel
destino de otros.

No me importa tu sed de libertad,
pues yo tengo saciada ya la mía.

Descansa unas semanas
y vuelve a tus guerrillas,
que necesito heridos
para avanzar más pasos
en mi ciencia.

Quiroga en el pronunciamiento de La Bisbal

No morir sin honor,
no morir sin bandera ensangrentada,
no morir sin saber por qué se lucha,
no morir sin haber puesto tu acento
en las tribunas,
no morir sin que te echen en falta
las masas insurrectas y los tuyos,
no morir sin haber odiado antes
a cualquier enemigo en el camino,
no morir con el miedo en los calzones,
no morir en la cama,
no morir en los brazos de tu amada,
no morir en invierno ni en verano
-no convienen los extremos a los muertos-,
no morir, desde luego, en primavera;
no morir en otoño
-que es tiempo de miradas y paisaje-,
no morir sin haber hecho lo justo y necesario,
no morir en pecado,
no morir sin haber pecado mucho,
no morir con dinero -es poco práctico-...

No morir, simplemente,
como mueren los muertos.

Kafka se mira en una pizarra

Veo sólo mi sombra sobre el negro;
y esa es mi realidad,
no la pérfida duda del espejo.

Walter Benjamin interrumpe su vida en Port-Bou

Aquí, tras la derrota,
ya sé qué es el futuro;
ya tengo la certeza de la monotonía
y el cambio me preocupa,
pues sé su inexorable devaneo
y el fin que me promete.

No quiero cambios ya,
yo no los quiero;
debo permanecer en esta isla
o interrumpir el tiempo
de un zarpazo.

Me gusta detener lo que poseo...
quizás por eso, amigos,
detengo aquí mi paso...

Sin más,
pero sin menos.

Céline se cansa y dice un taco

Es cansado escribir para los tontos,
para los ciegos,
para la triste masa
pustulada de su sosa costumbre,
para las putas caras,
para los generales
que diseñan batallas
desde sus escritorios,
para las sonrosadas matronas
de los parques,
para los jovenzuelos
que ahogan sus minutos
en esa marcha pop/fin de semana,
para los catedráticos de mierda,
para los desposados
con rijosas mujeres
de nalgas bien lavadas,...

Y es que, coño,
antes de usar la pluma
hay que gastar las balas.

Rafael Alberti deja su futuro en manos de los necios

Vivir más de la cuenta
aparta fama
y arrima caracoles pegajosos
por pillar la derrama
del oro que se suma y que se mama
ante dos versos míos.

Perdidas mi salud
y mi mirada,
Nick Carter sigue sin entender nada.

Esenin y Maiakovski diseñan su suicidio

La fiera color malva
nos vigila distante
desde esas sucias caras
de pobres proletarios.

¿Qué derecho nos da
ser la revolución en verso escrito?

¿Qué muerte merecemos
por el engaño al ciego
que no ve y que no piensa?

¿El nudo en la garganta
o la pistola?

¿La palabra medida
o la simple soflama?

¿Acaso no es suicidio
este exceso de revolución
no contenido?

Bebamos, Maiakovski,
bebamos hasta el alba.

L. A,

LUIS ALBERTO DE CUENCA HACE UN COMENTARIO A MESANZA SOBRE UNA BECARIA EN LA BIBLIOTECA NACIONAL

A Luis Alberto y a Julio con cariño


Estudiaba latín
hacía años.
Era una especialista
consumada.
Traducía a Catulo
sin mayores problemas...

y felaba de lujo
en lengua muerta.

Salustio se recrea en la descripción de un conjurado

Le gustaba beber de pie
en los bares.

No llevaba muy bien
su paraplejia.

Marcial hace un elogio de José Luis García Martín

Mandaba como un sátrapa
en la casa,
y no era fácil,
pues hacía diez años
que era el único ser
que la habitaba.

Tibulo escribe una elegía en tercera persona

Hijo de hombre de mundo
se mata en accidente
con moto potentísima.

El padre aún no ha llorado.
Se encuentra de viaje.

Ovidio busca el sueño y le puede la vigilia

Noches para beber,
para hacer el amor
en una cama.
Noches para leer
a Buck y a Carver.
Noches para escribir
versos malísimos.
Noches para pensar
en mis miserias,
en las vuestras.
Noches para llorar
de desencanto.
Noches para morir
tan sólo un poco.
Noches para mirarme
el sexo lacio,
inútil para el gozo
de la carne.

Noches para morirme
un poco más despacio
que los muertos.

Catulo habla a los jóvenes poetas

No hartarse de leer
nunca,
jamás,
tampoco.
No imitar con descaro
la poesía de otros.
No escribir lo que piensas
que otros quieren que escribas.
No dejarles tus versos
a poetas amigos
mientras estén inéditos.
No criticar a críticos
que puedan serte útiles.
No poner nunca pegas
a poemas nefastos
de los poetas popes.
No presentarse a premios
de quinientos talegos para abajo.
No presentarse a premios
de quinientos talegos para arriba.
No presentarse a premios.
No ser, en modo alguno,
de tradiciones necias
que le pongan un marco
a tu poesía.
No escribir en los bares.
No escribir nunca a máquina.
No escribir.
No beber bourbon malo
ni ginebra sin marca conocida.
No serle fiel a nada,
ni a ti mismo.
No escribir con catarro
ni con esa resaca de los lunes.
No hacer uso ridículo
de recursos lingüísticos pedantes.
No hacer poesía angélica
pensando que el lector es gilipollas.
No tomarse las cosas tan en serio
que parezca que va la vida
en ello.
No ser un petulante
ni un estúpido.
No comer con las manos
tostón frito
después de una lectura.
No firmar los poemas
con tu nombre
seguido de la fecha:
es pedante.
No romper nunca nada,
pues el pasado es siempre
un referente.
No creerte ese dios
que nunca fuiste
ni serás de seguro.
No escribir de la Virgen,
como hacen algunos poetas
que conozco.

Propercio no da crédito a sus ojos

!Coño, Cintia¡, ¿tú aquí?....

Te hacía muerta.

Tito Lucrecio Caro se suicida sonriendo

Qué fracaso vivir
habiendo amado tanto los vestidos de gasa
de las vírgenes
y no su contenido.

He de morir ahora
y me crece la duda...

Ni en lo definitivo soy preciso:
no sé si la cicuta o un baño
con las venas desbocadas,
no sé si darle al mar la suerte de mi cuerpo
o hacer un vuelo último desde el acantilado...

...Moriré sonriendo en todo caso.

...Me perderé en el sueño
y reiré con la Parca;
que antes que Miguel d’Ors lo dijo el Marca:
“mañana se retira Butragueño”.

La vida es una flecha hacia la nada.

Nevio bebe mientras las musas agonizan

Me llevo lo que he sido
mientras que pude serlo.
Ya no sirve el dinero ni el poder
que esgrimistéis para callar mi boca.
Yo dije lo que quise cuando me dio la gana
a pesar de la cárcel que oyó crujir
mi vientre y mi espalda rendida.

Hoy me llevo las musas al Averno;
discutiré con ellas cómo habré
de joderos en la muerte.

Aprovechad los días que os restan,
disfrutad de mujeres y de efebos,
bebed,
disputad con los dados vuestra suerte.

Yo, cínicos Metelos, os prometo
una Europa peor que Sarajevo.

Tucídides descansa tras hablar cuatro horas sobre el Peloponeso

Si cuento las batallas por victorias,
si hago héroe al soldado más necio
que abandonó su arado por las armas
para perder su vida
o, quién sabe,
un brazo o ambas piernas;
si dejo en el olvido a generales
a príncipes y a reyes,
si hablo de la ración
que ha comido hoy la tropa,
si me olvido el botín
y cuento la miseria
de los muertos de hambre
que aúllan como lobos
en su carga suicida
contra el vil enemigo,
Si hablo del prostíbulo
en que se ha convertido
esto que llaman Patria...

¿Pasaré yo a la historia?

Hiponacte de Éfeso en el destierro

Me duele la riqueza que he perdido
y el sentimiento injusto de una seguridad
que creí eterna.
Mi tierra se ha esfumado detrás del mar
vacío que me lleva
buscándome un naufragio menor
que el que ahora peno.
Pero morir me apartaría la venganza
que mis labios ansían,
y su gozo.
He perdido la tierra,
he perdido mi cohorte de serviles esclavos
y sólo ya el recuerdo
se hace dolor y rabia...

Buscaré en la palabra
el veneno preciso para morir matando...

... aunque sea de risa.

Argüelles, El Armilla, le cuadra un toro a Frascuelo

Maestro, la trampa está en la boca;
calle usted y no escuche
las voces del gentío,
fíe sólo el capote
al ritmo que le den sus sensaciones,
sea tan sólo usted
el que valore el precio de su arrojo
y el temor que contienen sus rodillas;
cuando tenga seguro que el único enemigo
que le acecha es usted mismo,
sabrá que tiene el triunfo entre sus manos.
Todo suyo, Maestro.
...Y mucha suerte.

Apotegma

El pozo de la angustia
no pierde sus reservas ni en verano.
Don José Bergamín no vive
de estar muerto.

Baco ebrio

No se sabe si aquella tarde muerta
el grupo de turistas españoles
en visita a Florencia
entró por Miguel Ángel al museo
o por el aire fresco
que sus enormes salas prometían.
No importan sus razones.
El caso es que salieron
-pasadas cuatro horasentonando
canciones de borrachos,
meando en las esquinas,
provocando a los tristes florentinos
que volvían del trabajo hacia sus casas...
Y Seleme,
aturdida,
enfadada,
cerraba de un portazo
el edificio
del Museo degli Uffizi.
Las voces de los ebrios españoles
aún resuenan,
después de cuatro meses,
en las barras gastadas
de los peores bares florentinos.
Baco está encadenado
a un castigo de mármol;
y Miguel Ángel,
todo Renacimiento,
es sólo otro cadáver
que sumar a la lista de los muertos.
El tarot ha dictado su sentencia,
la Sibila no duerme
y yo me estoy durmiendo.

Píndaro se niega en los espejos

No los perros vagando por las calles.
No ese sol ambulante en los geranios.
No la fe,
no la muerte,
no el sabor a vainilla
de una boca alquilada,
no el verso meditado
esperando a la gloria del poeta,
no la razón,
no la fe,
no la muerte,
no la lógica fría y sistemática,
no el dolor,
no tus ojos teñidos de costumbre,
no los míos,
no el calor de ese cuerpo indiferente
que pestañea desidia,
no ese Dios que te nubla,
no ese Dios,
no ese dios...
No la estúpida pose de estos versos
hechos para el destierro
y la agonía.
Ya no liban
mi boca las abejas.
¿Acaso ya estoy muerto?

Íbico resucita y tiene miedo

Me asusta el mar,
la brisa de sus costas,
el resto de un naufragio
que me espera escondido
tras un hombre Burberry’s
que aguarda a que la parca
le ponga un epitafio
y una fecha de cierre;
me asusta que la gente
sonría sus cervezas
y se embriage de risas
que yo nunca he tenido;
me asusta la tenaza
que los castaños indios
conforman en el parque
que paseo a diario;
me asustan las palabras
que digo y que no pienso...
Me asusta no asustarme
de lo que nunca he visto.

2008-11-20

Un muerto

Un muerto sobre una sábana, con el gesto tranquilo, herido de un palor eterno, mira fijamente al techo y su fijeza en la mirada me obliga a llevar la vista a su punto de fuga. Un desconchón de humedad nos une al fin. Yo mirando y el cadáver viendo.

Como la mujer de Lot

Bajo la sombra de los membrillos, una mujer blanquísima sueña con un jardín de piedra donde las flores son geodas abiertas como sexos. Pasea desnuda por aquella naturaleza lítica y un aire tanático se le posa en la nuca. Cuando quiere despertar, el sueño le asesta tres puñaladas en el vientre. No sangra, pero muere como la mujer de Lot. Ahora es el arbusto más bello del jardín de piedra, un arbusto de sal gema que se irisa con la luz robada de una luna llena.

Una mujer triste

La tristeza era dueña de unos ojos azules., pero no eran los míos. Destilaban un deseo azul, un deseo incomprendido por todo mortal, y llovían hombres desde las negras nubes, hombres con chaquetas blazier de botones dorados, con pantalones de color gris marengo y vuelta en los bajos, hombres con corbatas que volaban hacia arriba dándoles cierto porte de ahorcados. Sus camisas eran blancas, blanquísimas, y sus cabellos lucían bien peinados. Todos los hombres que llovían eran iguales, uno exacto a otro, y caían igual, con las rodillas semiflexionadas, con los brazos extendidos; y aquellos ojos tristemente azules miraban cómo los hombres caían siempre en la misma posición, apoyando sus zapatos negros limpísimos sobre el suelo mojado de hombres.
Jamás llovieron tantos hombres ante los ojos azules de una mujer triste.

Un objeto bello

Le gustaban los objetos de arte y no perdía ninguna oportunidad de asistir a todo tipo de exposiciones. Una mañana amaneció convertido en un libro antiguo con tejuelos en el lomo y la cubierta forrada en piel bobina teñida de un color granate oscuro. Como no tenía familia cercana, permaneció durante algunos años entre las sábanas de su cama.
Cuando lo descubrieron, sus páginas estaban absolutamente en blanco. Sólo unos cerquitos trabajados por los hongos daban contenido a aquella obra que era él. Tampoco tenía un título que nombrase la cubierta.
Era un objeto bello, pero vacío.

Entrar en los ojos de una mujer dormida

Pude entrar en los ojos de una mujer dormida, lo hice justo antes de que cerrase sus párpados. Creí que de esa forma podría penetrar en sus sueños, pero no consideré que la mirada no estaba y que una mujer dormida es como una mujer muerta. Ya dentro, sin sueños que robar, decidí violentar su cuerpo bajo la piel, y supe que sin voluntad ajena el placer no existe, sólo existe la deriva de la fisiología.
Cuando despertó, yo enredaba bajo los nudillos de sus dedos.

Los números

El uno es una cruz violada.
El dos es un garfio fascista.
El tres son las esposas del violador.
El cuatro es la silla eléctrica.
El cinco es la silla del parapléjico.
El seis es la horca.
El siete es el cuchillo clavado en el corazón.
El ocho son los intestinos de la víctima.
El nueve es el ahorcado.
El cero es la muerte misma.

Las letras son otra cosa distinta, menos cerradas de significación que los números, son signos arropados de indicio, signos abiertos que ponen una simbología incierta a la imaginación, y pueden ser mediocres si el hombre es mediocre, pobres si el hombre es pobre, lúcidas si el hombre es lúcido, tristes si el hombre está triste... responden al ser mismo y al estado pasajero, laten al mismo son que el corazón del hombre, pueden emanar de las vísceras o del alma misma, definen o confunden, arman o destruyen, arrebatan o deprimen... Las letras, para su mal, también nombran a los números.

Un frutero con naranjas

Aquella mujer terminó convirtiéndose en un mueble, exactamente en una mesa de cocina bastante rústica. Su madera era de haya y en las patas tenía unos torneados un tanto burdos. Sufría si se cortaba cecina sobre ella o si se derramaba algún vaso de vino o agua. No soportaba los manteles de cuadros rojos y blancos, pues la estética italiana le producía un raro prurito y, además, esos colores le sentaban mal a la cara.
Lo que más le gustaba era lucir un frutero con naranjas.

El ahorcado

Un ahorcado de un techo que no existe, desnudo, con su sexo erecto, orina una lámpara que da luz a una mujer que crece en una maceta por sus cabellos. La mujer tiene las piernas abiertas, el sexo abierto. Del sexo de la mujer crecen hacia la luz plantas de tallos largísimos que se rematan en flores de cinco pétalos. De los tallos salen una suerte de espirales que prometen otras floraciones. La mujer sonríe. Sus ojos son como peces esbozados. La luz lo ocupa todo. Tampoco la maceta se apoya en suelo alguno.

Rafael Pérez Estrada

La cara de la mujer que se asomaba a la carta era de auténtico vértigo, estaba colgada del margen superior y no podía apartar su mirada de un paréntesis que decía: «(la amante de la O)». No tenía más apoyo que el borde de corte superior del papel, y hacía equilibrio sobre su vientre que, a causa de su peso y por efecto de su movimiento, le producía una incisión limpia y finísima que dejaba correr un hilillo de sangre que se deslizaba sobre el texto.
Asomarse a una carta puede traer graves consecuencias, pero una mujer en tales circunstancias es profundamente bella. Sus piernas colgaban por el envés y los zapatos estaban fuera de los talones -eran de color corinto-. Sus medias rosadas presentaban una hermosa carrera que partía del entremuslo izquierdo y se remansaba en las corvas de las rodillas. No sé bien si definirla como «una mujer que se asomaba a una carta» o «una mujer con una carrera en la media»; en todo caso, da igual, absolutamente igual.
En uno de sus equilibrios, notó cómo el cuerpo se le seccionaba en dos partes bien diferenciadas. No sintió dolor, pero se cayó de la carta.

Joan Brosa y Antonio Gómez

Me gusta la magia de la baraja española, su vocación truculenta y el dulce fulgor decadente de sus figuras. Se me vienen ahora a la memoria algunas genialidades de Joan Brosa o de su discípulo Antonio Gómez, un as de copas eclipsando sin vergüenza a un as de oros, un as de copas hirviendo de sangre caliente recién robada del cuello de una corza y obliterando el brillo de un oro sin fulgor, de un oro de papel como el oro mismo. La metáfora visual es absolutamente perfecta. Esta simbología sin creyentes, este lúdico desbaratar la tensión de los naipes, tiene un extraordinario contenido a la hora de explicar el acto creativo: la belleza de la inutilidad. No es creador el que persigue la originalidad como camino único. El verdadero creador es el que sabe modificar la realidad de lo anecdótico creando símbolos universales.

Un paquete de Chester

Un libro que sea a la vez un paquete de tabaco, exactamente un paquete de Chester, y que cada página sólo contenga cigarrillos, cigarrillos en posiciones diversas. Un libro del mismo tamaño que el paquete de Chester. Sólo sumarle mi nombre. Es la mejor autobiografía que puedo hacerme, la más completa, la más digna. Y es que un hombre debe tener biografía como clave genética distintiva... Pero yo soy gris, y la biografía de un hombre gris debe ser monótona, como una atmósfera asfixiante o el simple aire que nos regala la vida. Mi biografía está hecha de humo, del humo de miles de cigarrillos Chester, un humo gelificado en mis pulmones paralizando el suave movimiento de las células que oxigenan la sangre, consumando un suicidio largo y tranquilo.
Quiero a mi cuerpo, pero noto cómo se me va de las manos, cómo envejece, cómo se arruga ante mis ojos. A veces no me reconozco en los espejos ni en los escaparates. El tipo que se enfrenta a mí no soy yo; después de mirar un rato, sólo encuentro algo mío en su mirada, pero no soy yo. Crecer es percibir cómo la piel se adapta sin queja alguna al modelado de las vísceras y a la flaccidez de los músculos, notar las canas nevando el pecho, las sienes, el mentón. Mi autobiografía también es mi cuerpo con todos sus humores, con sus breves bacterias, con su bello rizado floreciendo bajo el sexo patético.
Encargaré unas flores para mi dormitorio.

La soledad y la razón

La soledad es el mejor acento para la razón. Cuando se está absolutamente solo, cuando incluso los lazos más íntimos con los demás se olvidan, la razón funciona en su máxima pureza; pero es una razón individual que se modela con parámetros absolutamente únicos. No importa el otro, no existe la barrera de la conciencia ni la del ridículo. Desde esa razón pura se pueden arbitrar todos los movimientos, se pueden abarcar todos los indicios y darles la forma apetecida. Quizás en este justo punto la razón haga una bella intersección con la libertad. De tal experiencia interior nace el acto creativo, que no tiene por qué tener una respuesta física... la creación para el deleite único del creador, la razón como experiencia interior inigualable, la libertad como patrimonio individual irrenunciable.

Esa Grecia de carne hecha

Presume de esa Grecia que eres,
incluso ponte insoportable
y haz pedazos mis plumas...

satúrame en el pulso
y organízame el próximo desastre
entre tus glúteos sin molde posible,
desacralízate buscando que te odie
o que abra otro camino a borbotones,
ponme horarios de cripta
o asfíxiame encerrado en la limpia vitrina del salón
–donde lucen los mejores anillos
junto a esa kasbah tuya de objetos inservibles–…

dame muerte en la red de seda
o tiéndeme dormido junto al áspid…

pero nunca me des indiferencia…

Te bastas en el crótalo para dejarme ileso,
me amarras en conjuros
y noto en mi interior la edad del árbol
y el tiempo del quelonio.

No te aseguro nada…
pero repito tu dibujo
y nunca hay horizonte.

Hoy ya calló la niebla.

Cuando canta la chicharra

Porque te asusta la vida
pero la muerte no,
tocas el filo,
lo recorres con ímpetu,
te aprietas sobre él
y nunca cedes
sino ante la caída
brutal de todas tus constantes
vitales
o porque simplemente
ya no das más de sí,
pero no importa.

Cuando todo se resume en sudor,
huelgan las lágrimas.

Fuga en el llano

Hay días en los que parece
que Dios existe,

pero es un espejismo
que te roba un esfuerzo
vital a veces,
siempre necesario.

Sala de masaje

Relajado el gesto
llega el dolor.

La calma siempre pone precio
y unas manos ajenas
sublimadas de una suerte de sexo impersonal
deshacen las agujas
que te prenden los músculos.

Es la hora de medir
el antes y el después.
No esperes el afecto
si no cumples con creces
todos los objetivos
que te marcan las fieras.

Descansar es a veces
el final
o lo es siempre.

Descenso a tumba abierta

Dejarse caer
contra el viento
o las curvas
sin saber
cómo arde el paisaje
o se acuesta la sombra,
sin detener la vista
en el peralte de una loma
o en el abismo hermoso
donde ruedan dos cuerpos.

A veces el camino
contiene la medida.

No olvides que al final
te espera un muerto.

El maillot blanco

La juventud deshereda
o empuja
porque no se contiene.

La serpiente deglute
sus huevos, a sus crías,
y no siente jamás
el asco o el terror,
sólo busca alimento
para pasar el frío de la noche
o para ser un día más
parte de la mañana,
de la tarde,
del ocaso.

El mundo es para aquellos
que pisan sin dobleces
a los otros.

El primero en Alpe d'Huez

Nieva en Alpe d’Huez
esta mañana,
pero no es importante.

La gloria no reside
en la geografía
ni en el absurdo azar meteorológico.
La gloria está en las piernas,
en el umbral del sufrimiento,
en las ganas...

y también en la justa cadencia
de tus respiraciones.

La sangre pide oxígeno
que soporte el análisis
de los depredadores.

A veces la gloria
es simplemente un número
añadido a tu sangre,
una suma indecente
de hematíes y glóbulos.

Nieva en Alpe d’Huez
y he dicho que no importa.

El gregario

Da igual tirar a fondo
cuando la carretera pica
hacia lo alto
que dejarse caer
hasta los coches
para cargar bidones.

Tu contrato es preclaro:
Si el líder dice «ven»
debes dejarlo todo.
Al fin y al cabo
el mundo
se mueve por pulsiones
que a ti no te interesan,

A fin de mes la nómina
pone laurel,
mordaza.

Ahorra para comprarte
un maillot amarillo
de marca en las rebajas.

La pájara

Hidratarse con tiempo,
comer en los descensos
y mandar a tu equipo
que tire a vida o muerte
a veces no es bastante.

Pisar tu trampa
y ser a la vez
el verdugo y la víctima.

Un dolor contenido,
la mirada se nubla,
el gesto anuncia crisis.

Llueve.

Ser y estar no es posible.

Alguien te empuja.
¡Gracias!

Oportuna escapada

Sólo en mis calapiés
se desnudan las ganas.

Triunfar a veces tiene
poco sentido práctico,
pues igual que se gana
puede perderse todo...

Es mejor sprintar
cuando el grupo descansa
o escaparse unos metros
en el momento exacto
del avituallamiento.

Lo que a mí me conviene
no interesa.
Me escapo.

Zona VIP

El mito nace y crece
según convenga o no
al pujante mercado
de la telefonía.

La parte del león
requiere disciplina
y una previsión neta
de avatares diversos:

La escapada ha de hacerse
estadísticamente
ajustada al horario
de la mayor audiencia.

Una caída, incluso,
puede subir las ventas
de nuestra nueva línea
de contratos duales.

No importa el corredor
si funciona el impacto
sobre el público ávido.

Todo por el cliente,
hasta la muerte misma
del mito en algún cruce.

Sprint

No todo esfuerzo sirve,
pero a pesar de ello
empuja a la victoria
final,
a ese abrirse hacia el viento
marcando el tiempo inútil
de quien sigue tu rueda.

Un tubular, entonces,
es laurel o fracaso.

Ser o no ser depende
de un golpe de riñones.

El abanico

A veces los mejores
se prestan al azar de una ráfaga
de viento clandestina.

La recta, entonces, es la peor forma
de llegar a destino.

Una arboleda al margen
que arrope
o unas curvas
son descanso o tragedia,
según cuadre.

El grupo de cabeza
lo forman alimañas,
bandidos,
vencedores.

Etapa prólogo

La chica de la rampa,
la que sujeta el sillín
como una cesta
de la compra
o un sexo ajeno,
ayer desayunó leche desnatada
con Kellogg´s All-Bran Flakes,
pero aún sigue sin poder
relajar el gesto
–que ahora es sonrisa
y también mueca–,
siente rubor cuando sus dedos
rozan la carne de culotte
y empuja levemente...
Un viento de pedales
le levanta la falda
de pin-up by Ralf Lauren
y advierte con rubor
que sus bragas de blonda
serán primera plana
en el diario L’Equipe
junto a un belga sonriente
con maillot amarillo
de Crédit Lyonnais.

Quizás un Gatorade
con foie en la zona vip
consiga que la etapa
termine sin más doping
en algún sanitario
de la sala de prensa.

Luego un agua Perrier
en el hotel y acaso
reír junto a las motos
Honda de TV-5
los chistes de un mecánico
francés del Fassa Bortolo.

2008-11-19

El árbol partido por un rayo

Como aquellas tormentas que alentaban
un viento de septiembres
y en rayos eran nada al rato,
como viejas postales que guardar,
pero nos sujetaban a un olor
de manzanas y a una promesa cierta
de castañas y nueces,
de ropa que ponerse
otra vez.

Como aquellas tormentas
que acabaron diez veces
con el roble más sólido
por más que se empeñase
en brotes verdecidos y ramas tímidas.

Sobreponerse, a veces,
no sirve para nada,
pero ayuda en el juego
de ser y deshacerse,

como aquellas tormentas,
como el roble ya seco
que se empeña en ser tumba
a la vez que epitafio.

Toca Nino Rotta

Como no sé partir
he de prepararlo todo
para aguantar el tiempo
que me queda:

El geranio agotado
en su argolla
asomándose al mundo
desde el balcón de casa
soñando ser parterre.

La postal de Coímbra
remozando la sala.

El valor en la percha
del armario empotrado
con su funda de plástico.

La pluma Parker
seca
sin tinta ni palabras.

Los hijos
a su suerte.

La decepción doblada
sobre el galán de noche
por si me hiciera falta.

La noche y sus traiciones
pintada de farolas
para que haya penumbra.

El sexo en una mano
tatuando lo que reste.

Como no sé partir
aprenderé a esperar
dando siempre la espalda.

La monja enana

En descarga de ese Dios que no existe,
debo decir que a veces
siento que la tormenta
lanza rayos a otros
y yo me noto
como tocado por un ángel,
protegido hasta el punto
de saber con certeza
que ese ser impensable
e inmenso
a veces da pañuelos
a los que se resfrían.

La monja sube al árbol
y se le ven las medias
marrones
de franela.

Las generosas proporciones de la estanquera

Era lo que se dice
de carnes generosas,
un algo a contratiempo
en aquella escasez
que no rozó al deseo.

Soñé con ella tanto,
que se me adelgazaron las muñecas
y el músculo se me hizo adolescente.

Hoy me río
de lo que entonces se quedó en las ganas.

Quizás fuera que el hambre
me confundió el ardor
con un deseo caníbal.

La Trinidad era eso

Era el hambre,
pero no lo sabíamos;

y en la ignorancia aquella
jugamos a ser tres
en la ración de uno.

En el amor también
nos sucedió lo mismo.

Y en la vida.

El circo de pulgas

Acaso cuando encuentres lo que estabas buscando
percibas la mirada cenital
que sonríe y se asombra.

Dios será entonces
quien gastó sus monedas
para ver tu espectáculo,

un ser sobre el que huir
de ese otro dios traidor
que te entrenó en la suerte de vivir repitiendo
los mismos movimientos cada veinte minutos.

Si saltas al vacío
quizás no sea la muerte
quien te lleve a otra parte.

Quizás no sea la muerte.

El acordeonista ciego

En la esquina de siempre,
donde la calma suena,
quiero sentarme a oír
cómo mira la gente.

Si notases que el frío
me atesora en la sombra,
no me arrojes monedas
porque serán de lástima.
Ríe entonces
y sentiré el calor
que precise mi cuerpo.

Mi música es tu tristeza.

Corrígeme si al caminar
tomo la dirección de casa,
que allí no está el final.

Autoindulgencia

Sopesado todo el amor,
masticadas mil veces las palabras,
resuelta la resta
y guardadas todas las miradas en los párpados,

tan sólo queda armar
una estrategia sólida
con la que ser sin más
todo lo que se ha sido.

Todo.
Lo que se ha sido.

La inocencia perdida

Fue subir a la higuera
y sentir cómo ardía la piel
mientras brotaba roja
una alergia sin freno.

De la miel de sus frutos
quedó un sabor exacto
para doblar el tiempo.

De su sombra,
el escozor
la pregunta
el simple gesto.

La Volpina

La loca aún permanece
hablando por las calles
con los coches
a solas

Orina si le apremia
o nos hace una foto
desde su falda antigua

el tiempo para ella
no es esférico o plano
ni hasta meterológico

La loca
siempre estuvo
y estará por los siglos

Ésa es su calidad

Nuestro norte es su espejo.

La Grandisca

La veo algunas tardes
con su abrigo cheviot
pasear por las terrazas de los cafés del centro
soltera como entonces
su cuello entre los zorros
no es ya deseo
es muerte.

Todos fuimos secundarios

Sin ti o sin mí
¿qué importa?
si el nosotros navega.

La misma nieve, el mismo mar

A pesar del camino
de los nudos y restas
del no y de las sonrisas
siempre la misma nieve
el mismo mar
el mismo decorado donde ser
o dejarse
donde vivir
o a tientas buscar causa o reposo
abismo balsa o trono
libertad
pan
cadenas.

Un año no es mucho en la vida

Un amor que guardar junto a las sábanas
Dos heridas abiertas
Tres hijos para el frío candente o la mirada
Cuatro esquinas donde arder o apagarse
Cinco santos suicidas en los ojos
Seis trenes esperados que no llegan
Siete días infinitos para nadar las horas
Ocho muertos por segundo
Nueve flores de plástico sobre una mesa o una tumba
Diez naufragios sin nada a qué agarrase
Once sílabas de frío y bálsamo
Doce clavos de piel sobre las noches
Trece fracasos, trece.

El recuerdo inventado

Como silbar.

Lo que el cedazo no quiere
y la cabeza busca
o el cuerpo deseó
se amortaja
de ternura o de risa.

Aquella edad del hielo al peso
se hace verdad y puente.

Como silbar.

Memoria de la derrota

Serviles
incluso en el abismo

rojo y negro fundidos
desleídos quizás

cómodos de abrasar y de abrasarse

Vestida por los pies
como los hombres
la memoria camina
como una intensa luz
que no se ve.

La persecución de Aurelio

Las huelgas del textil
eran nombres con domicilio
y una cruz en el margen.

Yo no supe jamás
por qué me ardía la pasión
cada vez que la radio
daba nota encontrada
de aquellas voces quietas,
calladas por el régimen
con sus hordas de grises
inflamados de Patria.

Las huelgas del textil
eran mis vacaciones,
las mejores películas
de Maciste o Fantomas
no me encendían tanto
como aquellas batallas
perdidas de antemano
que libraban obreros
sin nombre ni esperanza.

Quizás un homenaje
perfecto a aquella gente
sea recordar ahora
las huelgas del textil
como bandera
o nada.

Yo quiero una mujer

Como tengo manos
quiero que sepan
la curva y el volumen

el pudor y la herida

¿No ves que un hombre solo
es deseo y humores?

Bajo las medias arde
una carne que busca
escondiendo

Una carne que ardió
mientras se contenía.

Un trasatlántico en la noche

La llave que cierra el secreto
desnuda la memoria
es un hijo dibujando una casa

el humo que no es rastro
se sonroja en lo ardido
que ha de llegar
y suena
un motor
unos plásticos
un aroma a comida de antes

Penetrar los portales
hender la sombra añeja
hurgar en los cajones
sin ver
y verse
atado
temblar
por lo que fue como una mano
respirar hondo
fuerte
como un final sin vuelta

Mira los camarotes
y deja que el asombro
persiga a las bañistas.

El bañista gordo

A veces encuentro a ese bañista gordo en los armarios
como una soledad
o una frontera

como un advervio quieto
esperando el idioma donde ser
y lavarse

Está bajo la ropa amontonada
junto a la naftalina
con su caja de cobre entre las manos
atesorando el tiempo
de un rostro colectivo que reclama palabras

aunque perdió el color
no ha aprendido a dormir
porque es sueño la muerte
pero sabe esperar
a la próxima ola
con la mirada plácida
de quien se ahogó hace tiempo

Él llegó

Yo regreso al legajo del cuerpo
para indagar sus signos.

El pavo real cortejaba a la nieve

El calor concentrado
bajo aquellas faldillas
que eran telón de piernas
voluptuosas tardes
con café y unas porras
mientras el tendedero
exponía el fragor de lo blanco
al oreo de todas las miradas
clandestinas entonces

y el rumiar de la radio
una radio de toros
de partes a las tres
de partes de una guerra
acabada y por empezar

No fui pero ya era
rama de un horizonte
que mide la distancia
desde allí exactamente
ni un ápice de más
pero
¡tanto de menos!

Bajar al caño
con el cubo de zinc
subir a la tahona
a por el pan reciente
y de paso el carbón
que avivaba el brasero

agua pan cisco
unas porras
café

Se cayeron las comas
los puntos
las diéresis
herían en los ojos
dando voz y contraste a la nieve que hervía.

Amanece en Rimini

De las uñas mordidas o de lo que amé
cuando los días no sabían acabar
porque eran luz y ocaso y a la inversa

me quedó como un batir de párpados
un pestañeo sepia o blanco y negro
que me hace y deshace
que me rima hacia adentro
en justa consonante

El mar que no vi entonces
era una piel ajena
llamando a lo interior como una química

ahora paz
antes guerras mínimas tan grandes
tan sin derrota
tan despiadadamente dulces

Yo y vosotros
no fuimos
apenas somos
todo y nada

Sábanas blancas frías
para un calor común
tan compartido
como el pan o los golpes

como el pan
o
los golpes.

2008-11-18

Buenas noches, Orson

Todo da igual
y aún así me arrepiento
de no haber sido el no,
la candela que arde a pesar de la lluvia,
el que dicta la música,
el árbol que sujetó al rayo,
la piedra que edifica o la que mata.

Todo da igual,
el raso y la arpillera sobre una piel cuidada,
la arruga en el vestido,
la sangre en los pezones de una madre vacía,
el filo de la daga amando un cuello virgen,
la libertad a secas...

y aún así me arrepiento
de la casa y el verbo,
de la lumbre, del salmo treinta y tres
-Si el afligido invoca al Señor,
él lo escucha y lo salva de su angustia-,
de la pana guisando su calor entre los muslos,
de ti
de tantos nosotros.

Corro hasta el ambigú,
pues acaba una historia
mientras otra ya asoma
de entre un final con créditos.

Respiro,
fumo,
resto.

Rosebud

Da placer o dolor,
siempre misterio;
su existencia es no ser,
pero un instante
de lucidez o rabia
basta para sentirlo.

Está en lo que se ama
y produce un rubor
que ulcera el alma.

No es de este mundo
o sí.

Yo lo he sentido.

Conviene distraerse un poco

Porque da igual el mes del calendario
o el día de la semana
y salir o quedarse en la cocina
con unas aceitunas,
porque no tiene caso enfadarse o reír tanto
que te duela la cara o los nudillos,
porque se caen las horas
y mi cuerpo regula solo su adrenalina,
porque al final de todo
el dinero resuelve
pone y quita,
porque me da la gana
o ni siquiera por eso,
porque estando sentado
pasa el mundo y sus cosas
como un telediario o un concurso grotesco,
porque me duele a veces
ser como soy
pero me olvido,
porque si digo basta
es que ya no hay salida,
porque hace calor,
porque estoy viejo,
porque ya ni pensar me sirve
ni aún sirviendo...

Porque soy,
siempre fui,
subjuntivo o pasado...

¡Qué desastre!

La mediocridad inalcanzable

Porque la casa a veces tiene ese olor a nevera apagada
y la calle se tiende sin pisarla siquiera,
porque te pones siempre
los peores vestidos para comer conmigo en la cocina
y ha perdido el pudor la ropa íntima
convirtiendo su magia en esos trapos que utilizas
para limpiar el polvo de los muebles,
porque ya sólo vamos al cine como al jardín de infancia
y todo se resuelve en palomitas
y visitas constantes al servicio cargados con los niños,
porque el amor perdió ya su liturgia
y el azar,
porque hay ropa tendida y empezará a llover
si Dios no lo remedia,
porque se acaba el tiempo de los padres
y Magdalena anda desorientada
sin saber dónde puso la llave, el bolso, la pulsera...;
porque el pan se recoge siempre a la una en punto
y hay que hacer acopio semanal de congelados,
porque los hijos crecen,
porque París espera,
porque hay que trabajar...

... a veces me parece
que ni la mediocridad está a mi alcance.

La sonrisa sardónica de Welles

Sonreiré en lo oscuro
porque mido mis pasos
y sé sencillamente
que sólo yo me basto
para parar el mundo.

Mío es el sí y el no,
pues visto ya el sudario
y no me importa nadie.

El azar de la lluvia
queda para el gentío.

Yo soy quien pesa la mercancía,
el que decide el precio
y también el que paga.

El reloj de cuco

Sentirse en el final
no es lo mismo que el cráter de las bombas pasadas,
donde los autobuses siguen tranquilamente
su rito de estaciones,
donde el sudor es lavado de esencias
o donde las boutiques abren sus rejas
a la luz de la ropa por estrenar.

Sentirse en el final agota,
pero no hay distracción hasta la muerte...
da igual si te has peinado,
la mancha en la camisa
o el error en el cambio;
Da igual si en el portal
duermen los indigentes
o si el horario es cumplido
con el segundo notarial, exacto.

Sentirse en el final multiplica
y los usos se cargan de razón
y el mundo avanza o se detiene,
sin más.

Sentirse en el final
es jugarse el dolor a todo o nada.
Morder o ser mordido,
entonces,
pone en orden el caos.

La paz es la energía
que sueñan los mediocres.

En la noria del Práter

Mira cómo caminan abajo,
apenas se distinguen sus ropajes,
sus gestos no se ven,
su sexo es inconcreto.
Existen porque yo quiero que existan
y desaparecen si decido cerrar mis ojos.

Aquí arriba, tú y yo
somos un universo con minúsculas
y ellos son esa luz
que antes de hacerse visible es muerte.

Soportan el aguacero
o se cobijan debajo de nuestros pies,
respiran sin saber
qué proceso les hace insuflar el aire
y expulsarlo.
Sonríen, miserables,
si les das alguna pauta mínima
para seguir viviendo
o incluso si les pones la muerte
a un precio razonable.

Mira, son como hormigas...
quizás ni eso.

Amante fiel

Si fueras el pecado y su tragedia,
quien aplica tortura
o simplemente firma los papeles,
si te fueras con otro
o compartieras cama
conmigo y otros hombres,
si fueras de una secta,
monjita de clausura o esclava del Diablo,
si huyeras de mis ojos
y arropases los tuyos
con una causa injusta,
si asesinases a tus padres
o incluso a nuestros hijos,
si mintieses en todo
o fueses tan sincera
que tu palabra hiriese
como daga o venablo.

Si levantases cada minuto
un falso testimonio
sobre mí...

te seguiría amando.

Harry Lime

A veces los amigos de la infancia
se quedan detenidos en un gesto
en una soledad
en la memoria
y no hay forma de verlos sino anclados
en una foto sepia antigua rota.

Se niegan a entender lo que sucede
suelen hablar de «historia» con minúsculas
relatan como abuelos las batallas
y te invitan a un vino alguna tarde

Su mal es algo endémico
no grave
Tú aún eres el mejor y no has cambiado

Ellos son la desgracia
tú el pecado
mortal Original
y no han sabido
crecer hasta tu altura.

Si un día te ven llorar
creerán que ríes.

Penicilina adulterada

Lo que no abarca mi mirada
aún no existe,
por ello trafico desde el afecto al cercano
sin valorar lo que ha de venir
ni la consecuencia
que exceda a mis ojos.

El hombre indefinido
es como el mal menor,
algo que apenas puede doler,
un número.

A veces vendo mis ojos
y todo es prescindible.

El fin obvia los medios.

La ciudad dividida

No sé qué hacer ahora,
cuando la edad es ya sólo una carga,
cuando aprendí a claudicar
o acaso sólo sé claudicar.

Hay días en los que el puño
intenta apretarse de nuevo,
pero no tiene mérito,
pues es como estirarse
y bostezar.
El resto son achaques,
paso de gente vacua,
miradas al horror
que he hecho por no herirme,
por pasar ocultándome en mis cosas.

Pero la ciudad arde,
se encona y se divide,
reacciona por absurdos
y no promete nada que no haya sucedido
ayer o hace cien años.

Y yo, beligerante con mis dudas,
brutal conmigo mismo,
aún temo darme al otro
como un final
o un héroe...

¿Si ya no hay esperanza
en lo que de individuo
se aprecia en mis arrugas,
a qué espero?

Hay mucho por hacer:
ser bonzo en una plaza,
colgarse de una tarde
o armar un sacrilegio
con la imagen de Cristo
a solas,
solo yo.

El tercer hombre

Necesito la mirada,
un testigo que sepa sellar sus labios
para anotar el día que ha pasado.

No hay bondad ni maldad
si no hay unos ojos en ellas,
porque el ardor que vive adentro
no existe si no quema
las vísceras del otro,
porque la risa es mueca si no acompaña
al estupor,
porque morir a solas
es sólo causa
si no abanderan las lágrimas
algún pañuelo usado
o un gesto de descanso
flota en los túmulos.

No hay ser
si no se hace plural
el sujeto y llueven adjetivos.

El tercer hombre
murió ayer
asesinado por una nada.

Yo le estoy buscando.

Soy la sed
y abrevo en las canastas
un agua que ya fue.

En la cocina

Deshueso el muslo
sin ser el matarife
y sumo especias
como un chamán
o una madre.

Voy a las brasas
y presumo la alquimia.

Mi pierna
está crujiente.

Morir con dignidad
pide una mesa puesta,
una loza,
un buen vino.

En los años

Todo se hace sencillo
cuando la piel
se obstina
en quitarnos la máscara.

Un hombre es esqueleto,
despojos,
circunstancias.

En campo abierto

Paredes,
muros sobre los que golpear
mi cuerpo autista.

La libertad es trampa.

En la calle

El horizonte
siempre colgado justo
detrás de todo.

En la casa

Volver a la casa
después de cada gesto
a rumiar el fracaso
mirando el plato de carne
que sobró ayer,
recalentada
igual que la escasez
de mis bolsillos.

Hacer recuento del amor
y ver números rojos
abiertos como sexos
a la derrota.

Mirar las manos,
que ya no son posibilidad
ni espacio donde crecer.

El tiempo pasará
y abriré la certeza
como un libro,
porque está todo escrito
y el paso que vendrá
tiene su horario.
En la cita postrera,
la del mármol,
podrá orearse el mundo
ante mis huesos.

Haber sido la célula
y sus breves orgánulos
resulta suficiente.

No me quejo,
pues ser biología
ya es bastante.

El muerto incómodo

Ese cadáver triste
que ahora cena
sobre el mismo mantel
que yo lo hago
tiene mi sed,
mi silla
y mis cigarros...

Se tumba por las noches
y no duerme
en el justo
lugar donde descanso.

Mira lo que yo miro,
toca lo que yo toco,
es el muerto que soy.

No tiene ganas.

Los alemanes iban vestidos de gris, tú ibas vestida de azul

Vivo mirando tus fotografías,
las del último agosto, cuando estabas
en una proa ajena y no pensabas
más que en tu soledad de ramas frías.

Presiento en tu figura otro paisaje,
otros amores rojos y paganos,
y siento que te rozan otras manos
como un puñal de fiebre, y un coraje

de celo y desazón me ahoga y vuelven
a morderme por dentro las entrañas.
Engáñame y no digas que me engañas,

di que me amas igual que se revuelven
las playas en sus olas. ¡Miénteme!
Di que no hay otro él. ¡Engáñame!

Me adaptaré a lo que venga

Cuando te echaba de menos
sobre el papel o la cama
mi frente era vulnerable.

Tosía tu voz
y yo era la casa
donde hay un tendedero
lleno de ropa blanca
y algo de amor que planchar.

Cuando me faltó el grito
del compañero armado,
el valor se hirió
de unas alas grises
para hacer su cortejo
en nidos alejados,
ya no en el mío.

Cuando el hambre,
supe que ser coprófago
no es nada delicado,
pero ayuda.

Ahora digo sí o no,
según convenga
al gesto
del que mira a mi cara;
si llueve,
mojo mis pantalones
para mimetizarme con la lluvia;
si las balas silban,
sigo su trazada
y me escondo en su rastro.

Me adaptaré a lo que venga
para seguir viviendo.

Los sospechosos habituales

No fuiste tú,
fue el árbol que se resistió al viento,
la copa que contuvo el vinagre
porque el tiempo pasó
y todo se oxida,
la mirada cruzada
sin saber que se mira,
la paloma que retorció su vuelo
ante el maíz cocido,

No, no fuiste tú.
Fue el gusano
buscándose
el principio de la seda,
fue el agua desllovida
en la sombra de un fresno,
el calor de una axila,
el hombro de las cosas.

Ante lo cosumado
es preciso un sacrificio
de sangre ajena.

Nuestro amor no importa

Porque la tierra rota y se traslada,
porque también el átomo y la vida,
porque ardemos en sístoles
y trágicas diástoles,
porque el hombre de Orce
se irguió una tarde y supo
que el futuro era suyo,
porque hay una mitosis
que supera a la química,
porque el lemur no tiene
bayas para su hambre,
porque en Marte hubo agua,
porque que hay una escritura
que aún no se ha descifrado,
porque la luz es curva,
porque hay una poesía
de cáncer y oncogenes,
porque una fiebre extraña
no encuentra su vacuna,
porque a las nueve y media
se juega el Deportivo
su futuro en Mestalla,
porque alguien se autoinmola
y aquí no pasa nada,
porque una mujer llora
mirando a su asesino,
porque Renault no tiene
los mejores neumáticos
y debe conformarse
con seguir a Ferrari,
porque mi madre sufre
un vértigo terrible
y pelea en la cama
una guerra tranquila...

Porque hay mucho que hacer
y no nos queda tiempo...
nuestro amor, francamente, no importa

Los enemigos nunca aprenden

Reconocen tus pasos
cuando vuelven del orto
con sus zapatos puestos
como la piel o el hueso.

Saben que ya tu bilis
duerme en su ardor
el sueño de los injustos
y que no ha de hervir más
hasta que estés despierto.

Calculan tu miseria
multiplicando verbos
por adjetivos llenos
de miradas hiriendo...

Desean que no mueras...

No aprenderán jamás
que su odio es tu desprecio.

La Marsellesa

Han llegado nuestros días,
pues la patria rinde odio
a otras banderas.

Si me ves airado
arengando a la gente,
vociferando signos
como metralla o carne,
no intentes resolverme
con tu mirada práctica.

Escóndete o regaza
las mangas de tu blusa
y sígueme hasta el nido
de la brasa que incendia.

El tiempo de los héroes
no entiende de lo útil,
pues precisa su acento
en el cuello y las vísceras.
No intentes entender
lo que debe venir,
porque nunca la mano
preguntó a la cabeza.

Llegaron nuestros días
y es preciso quemarlos
hasta que sean ceniza
o el detritus mejor
para que crezca el álamo.

No te obligo. No quiero
más que pienses si el horizonte debe
ser sendero o fracaso.

La gran ilusión

Tengo algo que decirte,
y no puedo esperar
a que crezcan las palmas
en un desierto ajeno.

Escucha,
pues en mi voz dormitan
trochas verdes sin límites
y sólo en este instante
desanudo mi boca
de su sed y te hablo:

Reanudarán los mares
su tarea de peces,
morderemos las frutas
y en las adormideras
sestearán nuestros cuerpos
una tarde de lluvia.

Tú vendrás de las parras
con las uvas del fuego
para hacer una hoguera
que desabrigue al frío;
Yo habré dado comienzo
a un mundo extraño,
nuestro,
en el que no haya sombras
que puedan molestarnos.

Me mirarás al centro
-no a los ojos-
y tendrás la certeza
de que soy para serte
hasta que quiera el tiempo.

Sentados bajo un olmo,
sin nada que ponernos,
declinaremos juntos
hasta el último gesto.

El mundo será entonces
para empezar de nuevo.

Este es el comienzo de una gran amistad

Ahora que me pregunto
de qué sirve mi boca
y dudo.
Para qué usar las manos
si no son «erramienta».
Cómo mirar sin ver
la utilidad concreta
del enfoque del ojo...

Ahora que sé tus trampas,
que conozco el latido de tu interés
y el odio que regalas en dosis
como un medicamento.
Ahora que atisbo el límite
del rencor que nos une
y nos separa...

debo darte el abrazo,
pues de nuestras miserias
puede nacer un tiempo
de amapolas y pastos.

Brindemos por el fin
de este camino abierto
para el puñal y el asco.

Que otros se ensañen
mientras crezca esta cuenta
de alimañas que somos.

La alfombra de cristales
se tiende a nuestros pies.
Pisémosla seguros,
pues vamos bien calzados.

El prefecto de la gendarmería

Sé que estoy vivo
y soy el labio carnoso de la muerte.
No espero sino lo que mi mano alcance
y aguardo con paciencia
cada hálito del aire que me queda.
Si viene el mar, no nado,
tan sólo floto al pairo
y no me quejo
si acosto en tierra yerma.
De cada paso dado
guardo una huella
por si me hiciera falta
descansar en su gesto.
No me va mal,
pues pienso que ha de irme peor
y no me importa.

Hoy respiro.
Mañana acaso ría.

El bar cerrado

Podría amarte ahora,
mientras se posa el humo en los salones,
amarte sobre las mesas limpias,
reposo de las manos.

Podría amarte ahora,
recostada en el eco de la gente,
tendida para mí en el centro
de todas las miradas
que quedaron pendientes...
Pero no estás
y el bar se me hace grande,
como un minuto ardido
o un grito sin abismo.

Rodearé la barra
con lentitud,
sin ganas.
Abriré una botella
de ron rancio y caliente,
encenderé un cigarro
y serás la pavesa
que sacie el cenicero.

Un hombre solo, a veces,
no es más que una promesa
o un deseo frustrado.

París tomada

Si no has ido a París
no puedes comprender
cómo me siento
cuando a la luz
se adhieren
las señales de humo,
cuando a un mar que no existe
se le encuentran las olas
y la espuma,
cuando el hedor
a estambre es casi primavera
o cuando en las estatuas
no hay palomas ni heridas.

Saber que el rostro antiguo
de una ciudad vomita
es conocer un poco
su legado de muerte...

Pero no te preocupes,
que hay tiempo para el asco,
para la sed y el frío;
y no saber, a veces,
es longitud y esfera.
Quien no conoce, puede.
El que ya es harto
debe temblar y tiembla.

Yo vi París tomada.
No hubo mayo aquel año,
tan sólo calaveras.

No arriesgo mi cuello por nadie

Me turba la humedad,
hasta pensarla.
Me irrita ver lo trágico del mundo.
Soy un aislado triste,
un náufrago lascivo y agotado
que no quiere penínsulas ni puentes.

En este entreparéntesis sin signos
que va sumando días... o restándolos
asoma una sinapsis fonteriza
de axones egoístas, solitarios.

De todo el tiempo herido,
de las armas
blancas de filo autónomo
y suicida
he acumulado restos
humanos como viandas
para una cena a solas
con mi cuerpo.

Comulgarme me limpia,
me pone en gracia,
y luego,
tan lúcido
como una fe
o un niño,
sé en mi clarividencia
que nadie se ha ganado
que arriesgue por salvarle
un solo átomo.

Ya no me juego el cuello,
he madurado.

Pasaporte/Lisboa

Hasta donde la luz que limpia el aire
quiero llegar,
allí donde las camisas blancas,
los patios regazados en sus parras
y las camas abiertas
para el descanso.
Allí, donde la gente se conforma con ser,
sencillamente, junto al pan
y unas manzanas verdes.

Y dejar que mi mano escriba versos
o fragüe una caricia clandestina.

Víctor Laszlo

Aquí soy feliz tumbado entre mis cosas,
hablando de las voces de mi tiempo,
mirando los castaños
que conjugan los ciclos
como verbos,
mintiendo en los cafés
que saben de mi casta
y de su aroma.

Aquí soy un hombre con frente y con perfil,
con nombre y apellidos,
con padres,
con hermanos,
con abuelos.

Y me gusta no ser un aristócrata
de signo proletario,
el perro que primero ladra,
la esperanza roja de sudor
nadado en sangre.

Aquí no necesito más bandera
que un cigarro liado
y tu cuerpo en las noches
recordándole al mío
que el temblor es la gloria.

Si no necesitasen mi voz
los que van a morir
de hambre o misería
me jugaría al mus
una copa de Magno
cada tarde.

Cada uno debe aceptar su destino

Estar triste, sin más, cómodamente,
sentado sobre el trono solitario
sin ser capaz de armar el justo horario
que me aparte de ser cuerpo presente.

Estar triste del suelo hasta la frente
siendo lento pesar, cruel corolario
de un día aciago, gris, aniversario
de otro día pagano e impotente.

Que se me muera el ave entre las manos,
que el cielo se derrumbe, que las bombas
caigan con ese azar de muertos vanos,

que ruja el huracán y entre sus combas
de viento y agua atine mi tristeza
a tornarse esperanza o cruel certeza.

El café de Rick

Desterrado en este cuerpo extraño,
lúcido como nunca,
insatisfecho,
busco un sur que llevarme a la boca,
una saliva ajena,
un gesto
en el que revolcar
la esperanza que no tengo.

Es el tiempo de la conciencia
el que me abate.

Miro con suciedad
y veo el mundo nítido y contrastado.
No siento
y presiento el ataque voraz
de exactos adjetivos.
Rumio un permanecer
y un hálito de víctima
enreda en los rincones.

Sin cuerpo bajo estos hombros
caídos como sauces
tan sólo la conciencia
puede armar estrategias
o perpetrar un llanto.

2008-11-17

Sobre la marcha

Edificado el mundo,
ornados los portales
con las guirnaldas rojas
que bordan los vencidos,
cuadrado el número
en el debe y haber
hasta la sombra llena
sin penumbra posible,
hecho el acopio exacto
de arroz, frutas y especias...
destruyamos la casa,
hollemos la ciudad
con bulldozers y tanques;
quememos los jardines,
los pastos, las centenas;
rasguemos cualquier llanto
como si fuera música.

Y cuando todo sea
de nuevo el caos preciso,
sin más,
sobre la marcha,
construyamos un mundo
habitable,
imperfecto.

Casablanca

Te olvidé
–lo recuerdo con nitidez ahora–
y han debido alinearse los astros
para que llegue el viento
que se lleva esta niebla.

Juntos fuimos la luz
en la ciudad quemada,
jugamos a ser armas
de fuego clandestino,
clamamos en las calles
con altivez de gleba
la miseria de un mundo
que se hacía pedazos.

Nos amamos también
como si todo fuera
del último segundo.
Bebimos por la paz
de nuestros muertos
y hubimos de saber
que el mundo se hace a tragos
y a tontas decisiones.

Entre el amor y el hambre
escogimos la lucha
que puso tierra en medio.

Te olvidé, lo recuerdo,
pero ha llegado el tiempo
de arder en Casablanca.

2008-11-16

Amante con pendientes [divertimento]

‘El lóbulo…’, decías susurrando,
y yo era un sordo afán en las vertientes
buscándote en el plexo, entre la ropa.

‘El lóbulo, por dios…’, dijiste ya alterada,
y yo andaba libélula en el justo colapso,
y ardía en el sofoco de tu vientre,
despótico y radiólogo,
espasmado.

Trabado entres tus pliegues,
diluido en lo recóndito,
mostrenco, torvo incluso,
cuadrúpedo y estrábico
te oí gritarme histérica:

‘¡El lóbulo, por dios...
se ha desgarrado!’.

Cómeme

Otoño

Esta lujuria a trancos
me lleva del silencio
hasta ese irme tan prófugo detrás de una melena
o a quedarme satélite de la fiebre de árboles y hojas
como en una insistencia invertebrada.

Y me destiño,
y me siento la espalda de los estambres muertos,
fracasado,
desierto como una casa vacía.

Y todo se hace resta si miro a mi paisaje,
todo cae lentamente
y se vuelve traslúcido.

Todo es tímido ahora,
profundamente íntimo y umbrío,
casi lengua y reflujo de mareas…

y voy hasta el espejo…
y me miro vestido de este negro tullido que me hace tan obvio…
me quito la camisa y saco mis pantalones de las piernas…

del negro paso al blanco...

en el pecho apenas hay contraste,
pues ya se nevó entero hace unos años…

dan ganas de morir o de matarse…

me quito lo que resta y quedo entero,
caído en vertical,
con todo lo que fue revuelto en lastre
y cargado a la espalda como un muerto…

me miro lentamente
y no siento emoción ni veo al nómada
que siempre imaginé metido adentro…

me toco los lumbares y están sueltos,
anido con mi mano entre los muslos
y no hay nada,
rebusco entre las corvas y siento los tendones chirriando…
abro mis barzos y mis piernas
y degluto sin más mi imperfección
y sus monedas…

me visto lentamente
mientras mis brazos hacen sombra
y crepitan los huesos.

Estoy sin estar.

Y vuelvo sin querer al hábito del luto,
a mi silla ataúd,
a mi mano volcando la escritura…

Quiero tirar el dado,
pero no puedo.