2008-12-20

Sara Teasdale intuye su parálisis

En cada palabra hay una herida
por cerrar
y otra abierta.

Una herida tumefacta
como los ojos crepusculares
de una mujer violada,
como el sexo manando esos períodos
de los hijos frustrados
–fantasmas de cloacas
que sirven de alimento
a los seres necrófagos de todos los subsuelos–;
una herida profunda que vive en los afiches
de las calles vacías
donde un clochard ha muerto...

Mirad la ventanita de aquella casa oscura;
la poseen las sombras de dos cuerpos amándose,
de dos químicas pares haciendo la mixtura
de todos los humores,
cocinándose,
ardiendo
sin percibir siquiera que la exacta genética
dispone sus cadenas con precisión preclara.

Mirad aquellas sombras,
no necesitan método, pues manda el replicante
sobre sus movimientos.

Sobran las torías de todos los científicos,
huelgan las religiones...

Dos seres sin palabras,
como sombras,
sin cultura quizás –pues da lo mismo–,
desentrañan en éxtasis la fórmula imposible de la vida.

Mis piernas no responden,
y no he amado aún...
tan solo fui palabras en un mundo de gestos.

¿Por qué he sido la herida sin saber del latido?

•••

Sara Teasdale tomó una sobredosis de barbitúricos y murió en New York el día 29 de enero de 1932.

© luis felipe comendador

Hart Crane mira el mar con los ojos cerrados

¡Ah!, la distancia.

Alejarse es apartar la mirada
mientras el barco se hace un punto inasible...
o quizás volver al lúpulo y su sangre.

Vivir es una huida constante,
un abandono.

Alejarse es vaciar la memoria con arcadas...
o perderse en la hiel del desvarío.

En la borda, el sabor a salitre
me llama a ser océano.

Valoro la distancia
y alzo el vuelo.

•••

Hart Crane se arrojó al Atlántico desde la cubierta del buque Orizaba. Fue en el Golfo de México el día 27 de abril de 1932.

© luis felipe comendador

2008-12-18

Vachel Lindsay entra en el cielo

Caminando tampoco se llega a parte alguna.

Yo, que horadé las trochas de la ciudad quemada
por el fuego de las luces,
que arrumbé mi cuerpo en extraordinarios parajes
de Illinois o Nevada,
que comí con los pobres ratas sabrosas al amor de la lumbre,
que supe del banquete en New York y en Springfield,
que vi la muerte en las minas
y el dolor en los campos de centeno....

estoy aquí, desnudo, nítido,
aguardando el algodón sintético del norte,
la lluvia ácida y el viento putrefacto
que llega desde desde los puertos
con ese hedor a estibadores y a marineros
podridos por la sífilis y el chancro.

Estoy aquí expuesto al lametón de los maricas,
a la mano del sátiro asesino de muchachas,
desesperando una muerte que nadie quiere darme,
porque no soy el muerto que necesitan, el que buscan.

Me presto al coito de los puñales
y solo el de la indiferencia me penetra.
Me regalo a las balas
y todas llevan otros nombres.

Yo, que grité en los mercados, en las ferias;
que encabecé algaradas,
que viví en los burdeles más sórdidos de Boston,
que robé para poder comer;
yo, que amortajé a la muerte misma
en una boca de Metro de Manhatan,
y lo hice con cartones y trapos viejos...
no tengo dónde morir ni cómo...

¿No hay siquiera un veneno accesible
que llevarme a la boca?

•••

Vachel Lindsay ingirió un desinfectante doméstico en Soringfield el día 5 de diciembre de 1931.

© luis felipe comendador