2008-11-15

No ‘se ve’ nunca una cosa la primera vez

Decía Pavese que «para expresar admiración se dice que una cosa se parece a otra. Confirmación del hecho de que no ‘se ve’ nunca una cosa la primera vez, sino siempre la segunda: cuando se transfiere a otra...». Es curiosa esta reflexión, aunque no acierto a dejarla cerrada del todo en mi cabeza.
Admiro por comparación, claro, y eso puede entrar dentro del apartado del «no me cabe duda», pero no sé si eso implica que no sea capaz de ‘ver’ una cosa por primera vez.
Todo este lío llevado al campo de la poesía puede tener una lectura harto interesante: cuando escribo admirado [en todos los sentidos del término] sí que estoy mirando por segunda vez, pues llevo lo observado o vivido a una forma, recreándolo, dándole un valor más alto [o intentándolo, que pocas veces se tiene esa pericia] a lo sentido/vivido. Es decir, cuando escribo pongo en valor la experiencia que me lleva a la escritura, y eso la enriquece en mí y juega con la posibilidad de enriquecer a otros. ¿Escribir poesía, entonces, es admirarse? ¿Escribir poesía es ‘transferir’ el valor de lo conocido como confirmación de su existencia?

John Carey

John Carey afirma que «el elemento fundamental de toda literatura es la imprecisión»... ¡Joder, tío, totalmente de acuerdo! En ese concepto llevo años moviéndome, discutiendo, pensando, conjeturando y divagando. «Imprecisión», es la justa y jodida clave, una clave a la que yo siempre he llamado «indicio», pero es mejor nombrarla como «imprecisión», es más comprensible.
Esa imprecisión es la que desarrolla la imaginación del lector, la que le da vida y la que hace que crezca la creación de otro como suya propia. En la imprecisión se comparte creación entre el autor y el lector, y esa cadena es prolífica y verdaderamente valiosa como herramienta de crecimiento intelectual.
A esa imprecisión es a la que me refiero cuando critico la poesía descriptiva o la literatura realista llena de exhaustivas y agotadoras descripciones, a eso me refiero cuando reniego del poema cerrado.
Sí, de acuerdo: ¡El mayor y mejor valor de la literatura es su imprecisión!

El dado

Como lanzar un dado al aire y detenerste a pensar en lo que realmente quieres guardar de ese suceso... guardar su empuje hacia arriba, cuando el dado contiene aún tu ímpetu, el espíritu con el que lo impeliste... guardar el justo momento en que tu fuerza muere y el dado queda detenido un instante, como flotando... guardar su caída, el alma que es atraída por una fuerza inexplicable... guardar el número que aparece en su plano superior al detenerse sobre el suelo.
¿Cuál de estos sucesos es más real?, ¿cuál es más trágico?, ¿de cuál de ellos puedes obtener más grado de satisfacción?
El dado es real, tangible... su elevación es mensurable... su caída predecible... el número mostrado responde a cierta física... Así es la vida y las diversas interpretaciones que de ella hacemos los hombres... como un dado, como un pequeño dado lanzado al aire. ¿Y la poesía? La poesía nace cuando imaginamos ese dado de niebla, de humo o de agua e intentamos darle una existencia viva... ¿Y el arte? Es detener el dado en todas sus posiciones posibles, aunque sea de humo, niebla o agua... ¿Y la filosofía? Eliminar el dado y poner en su lugar al hombre y a su espíritu.
Sólo existe, en todo caso, una pieza cúbica de marfil con unos puntos perfectamente marcados en sus caras, una pieza de marfil que jamás podrá medir la enorme dimensión de su capacidad de indicio.
Es la vida, el hombre, el dado y sus cosas.

John Dewey

Alberto, lee lo que acabo de pillar en un texto de John Dewey, uno de los más reputados teóricos norteamericanos sobre estética: «Cuando la estructura del objeto es tal que su fuerza interactúa felizmente (pero no con demasiada facilidad) con las energías que surgen de la experiencia misma; cuando sus afinidades y antagonismos mutuos colaboran para producir una sustancia que se desarrolla acumulativa y certeramente (pero no con demasiada regularidad) hacia la plenitud de los impulsos y las tensiones, entonces, sin lugar a dudas, estamos ante una obra de arte». ¿Qué te parece, amigo?, ¿el señor Dewey sabía de lo que hablaba?.¿Cómo se puede definir desde tal reputación con esos paréntesis de «(pero no con demasiada facilidad)» y «(pero no con demasiada regularidad)»? El tipo viene a decirnos que el arte está en cierta dificultad de la creación y en no abusar de esa vena creativa. ¿Es que el que descubre una hermosa vena del arte y la explota con facilidad y con frecuencia no merece el apellido de artista?
No entiendo nada.
¿Era fácil y repetitivo Picasso? Yo creo que sí... y ¿era artista?... yo creo que también
Y como al tal Picasso te puedo citar poetas, narradores, músicos, pintores...
Jo, no demasiado fácil y no con demasiada regularidad... vamos bien.

Hobbes

La idea del individualismo que alumbró Hobbes ponía a la sociedad en un lugar que me gusta: «La sociedad es simplemente un instrumento que nos ayuda a proteger ciertos derechos y a producir algunos bienes en mayor cantidad». Sé que la proposición peca de simplista y, por tanto, admitiría millones de argumentos en contra, pero me gusta a rabiar. El individuo como responsable íntegro de su moral y su ética, generador de derechos y usos, y generador de una secuencia de libertad [o hacia la libertad] que muy bien podría entroncar con la idea de «hombre» como posibilidad única y lanzado a la vida. Hombre para escojer y decidir, para avanzar o retroceder... y nunca «hombre» en función de lo social, sino en función de lo individual.
Desde esta persepectiva –bastante más trabada, por supuesto– deben desaparecer los valores preestablecidos y fijados por el pasado social y ser enunciados de nuevo con la magnífica capacidad de ser susceptibles de los cambios –por razón demostrada– que les apliquen los individuos. Es decir, llegar a definiciones flexibles en cualquiera de los valores que se tomen, tales como, por ejemplo, la moral, la política, la ley... consiguiendo eliminar la rigidez conservadora que lleva inexorablemente al anquilosamiento de lo social por la justa parálisis del individuo sometido a ella.
No servirían entonces las absurdas decisiones basadas en los percentiles, en las medias y las modas, con lo que se caerían de raíz bastantes «paraciencias» –léase la psicología, por ejemplo– y se daría vía libre a la conformación de nuevos parámetros en cualquier estadio del conocimiento humano y de la interrelación entre individuos [tú y yo, individuos afectados por un problema, sosmos capaces de arbitrar las normas a las que queremos someternos sin considerar el acuerdo genérico social... y lo hacemos libremente sabiendo que no perjudicamos a otros individuos que desean regirse por esa norma... y lo hacemos sin temor porque el individuo está por encima de la sociedad siempre que no interfiera de forma negativa en otra individualidad].

La universalidad de lo individual

Cuando el pocholo Baudelaire andaba a la greña simbolista metiéndole misterio a lo suyo, no sabía que un tal Moréas iba a definirlo como «Ennemie de l'enseignement, la déclamation, la fausse sensibilité, la description objective» en una suerte de manifiesto grandilocuente que poco tenía que ver con la justa realidad y tendía a separar a las gentes de pluma o/y pincel en apartados estanco que nos traen a un mondongo día de hoy en el que nadie sabe dónde está, de dónde viene o hacia dónde camina con sus pasos pictóricos o literarios.
Sí, bien, de acuerdo... eran tipos interesantes [todos, coño, todos... los simbolistas, los materialistas y sus consiguientes putas madres... todos]... y el pocholo Baudelaire se quedó como pasmado, con una cara de zangolotino que se nos ha quedado puesta para siempre a los que, después de leerlos y disfrutarlos con la vista, nos ha dado por andarnos la vida con estos remilgos creativos.
El arte y la literatura son eso: arte y literatura, sin más pollas en vinagre, sin más milongas estatutarias que sólo sirven para hacerle la minga un lío a los que estudian y subirles las crasas nóminas a los que enseñan.
Voy a tener que hacer un «manifiesto» por la universalidad de lo individual en las artes y las letras, que cada uno es cada uno y seis son media docena.

Edmund Husserl

He leído a trompicones, pero apasionadamente, los cuatro volúmenes de «Investigaciones lógicas», de Edmund Husserl, en los que se desarrolla toda la teoría de la reducción fenomenológica para llegar a la esencia. Y es de una complejidad simple [no entran los dos términos en contradicción porque no me da la gana] el llegar a la conclusión de la «epokhé» [guardo lo conocido –mejor lo ya sabido– entre paréntesis mentales y me quedo con la esencia]. El problema surge cuando un tipo como yo intenta poner en práctica lo que «el palabro» enuncia... No sé hacerlo, no sé poner entre paréntesis lo que ya sé para intentar llegar a la esencia... y me quedo frustrado.
Entiendo el proceso, comprendo la teoría de la reducción fenomenológica, pero no sé utilizarla ni aún llegando a un grave estado de «extreñimiento» de tanto darle vueltas.
¡Bah! Admito que admiro a Husserl, pero siento que necesito filósofos que hagan fáciles mis procesos interpretativos.
Me fumo un cigarro y pienso.

La posibilidad

Sólo me cabe la «posibilidad», pues estoy vivo en la medida en que encuentro abiertos sus caminos para hacerme [no para deshacerme], porque morir es estar hecho. Y vivo con intensidad porque soy consciente de que puedo elegir, es decir, porque me siento libre de poder elegir.
¿Cómo puede imaginarse un hombre que no sea proyecto hasta la muerte misma, un hombre sin posibilidad de elección? A mí me resulta imposible imaginarlo. Hasta el hombre privado de todo puede escoger entre reír o gritar, entre morir o sobrevivir... Hasta el hombre condenado a muerte tiene su mente para valorar posibilidades y escoger entre ellas.
Y es de ahí de donde emana la libertad, que no es otra cosa que saber que cuentas con una baraja de posibilidades y puedes elegir entre ellas. Claro, esta valoración de la libertad no concuerda, si la miras bien, con ese ideal grandilocuente con el que todos gritamos la palabra «libertad». No existe así, no. Y luchar por lo que no puede existir es darse de narices con un muro indestructible. La verdadera libertad está en lo pequeño, en la opción de la posibilidad y en cada una de las decisiones individuales que tomamos sobre ella.
Ser libre es estar en el camino, sólo eso.

lo combativo de mi poesía

Ando engolfado, Alberto, en explicar lo combativo de mi poesía para dejarlo escrito y que no se hagan interpretaciones ajenas a mí intención, como más de una vez ya han hecho algunos críticos, hasta el punto de no reconocerme ni en los trazos de mi obra como base de sus argumentos peregrinos, ni en lo que terminan afirmando sin conocimiento alguno de causa.
Afirmo mi interés decidido por lo confesional enmarcado en una expresión simple y clara; lo confesional como hilo conductor de una experiencia personal de vida que deje un latido de mi mundo prosaico unido al devenir de una sociedad que me ha colocado justo donde estoy: Desde mi tacto directo intento mostrar el decorado de un sistema que corresponde a mi tiempo, un decorado en el que cada día y cada noche represento mi papel y que considero que debe ser esbozado poéticamente y éticamente como percepción directa e individual de un tipo que pisa la calle en estos días. Por ello apenas toco temas que me sobrepasan o se salen de mi círculo vital [excepto los relativos a los sentimientos más profundos], pero intento hacer un juego de alta dificultad, que no es otro que dejar indicios de lo universal desde lo absolutamente personal. Por eso desnudo mi vida, me desnudo, porque me considero un tipo mediocre que responde perfectamente a los percentiles aceptados en este tiempo, y al mostrarme desnudo pretendo desnudar también al hombre de mi tiempo. Así, para hablar del hombre de mi tiempo y de sus miserias, hablo de mí mismo y lo hago en primera persona, pero siempre con la intención de que ese «yo» sea siempre un enorme «nosotros».
Con lo antedicho afirmo mi decisión constante de aportar en mi obra una importante intención política que no sé qué dimensión tiene, pero que me parece preclara cuando los poemas se leen con distancia y se sabe ver en el individuo que los protagoniza todo un grupo social que hoy late y respira.
También es poesía de combate, también, porque desde el existencialismo que la hace nacer siempre se dan claves para la rebelión contra todo y contra todos, incluso contra uno mismo. Y no es una poesía de combate hecha al modo de los poetas de guerra, con la voz altisonante y una clara arenga cada tres versos, es una poesía de combate diario y callado, pero con la clara misión de hacer sangre y herida en órganos tan sensibles como la moral, la humillación, la solidaridad, la justicia y la aceptación de una vida anodina.
Para mi poesía siempre busco música, una música que sale del heptasílabo y del octosílabo [en los que me entreno casi a diario junto a la itálica forma del soneto, en el que me siento como pez en el agua a pesar de que apenas decida publicar algunos pocos de cuando en vez], e incluso fuerzo a veces esa música y la patentizo con rupturas estéticas de rima interna que resultan tan imperfectas como el tiempo en que vivimos, de tal forma que algunas veces busco el poema malo como expresión de un tiempo malo, de tal manera que hasta la forma sea combativa y rebelde: El poema es espejo del tiempo en que se escribe... hasta espejo formal.
Sé, amigo Alberto, que al hacer esto corro riesgos, pero lo hago con conocimiento causa y pensando siempre en que la forma también es indicativa y vindicativa del contenido del poema.
Alguien podrá decir: «Este petulante escribe con la intención de permanecer»... y no se equivocará, porque en mi narcisismo estoy decidido a que alguien alguna vez se sirva de mis palabras para explicarse este tiempo de otra forma, y esa es una razón esencial en mi escritura, ésa y la de curarme en salud echando toda la mierda de la cabeza en pequeños o grandes vómitos.
(22:35 horas) Me encanta que el poema diga como una amante celosa, amando a la vez que haciendo daño, que se sosiegue a veces y que no se detenga en el grito ni en la risa.

profundamente ateo y gozosamente existencial

¿Cómo he llegado a ser profundamente ateo y gozosamente existencial?
Sinceramente, negar la existencia de un dios es fácil y, además, los hombres de dios te ponen el camino diáfano. Otra cosa es demostrar y demostrarse que no hay un ente anterior y creador y, a la vez, posterior y destructor. ¿Cómo demostrar lo que no existe si no hay parámetros a los que atarse? En este caso sólo se puede argumentar en la demostración la idea que el hombre se ha hecho del concepto «dios», y desde ese punto también es relativamente fácil llegar a la conclusión deseada, la que se quiera, por supuesto, que es cuestión de retórica y no de «verdad».
Ser ateo, en todo caso, es mucho más difícil que ser creyente, mucho más peligroso y mucho más incómodo.
Mi ateísmo niega la existencia de un dios y se preocupa de forma individual por los negativos efectos de esa creencia en las personas de mi alrededor que, por ella, pueden inducir variables en mi existencia que no quiero. Es decir, dios no existe, pero su idea y su creencia en él son capaces de afectarme y de modificar mi entorno.
Así pues, estoy en la lucha de no creer y en la de protegerme del creyente que toma su creencia como verdad tangible y la extrapola al medio con fuerza real llegando incluso a ser agresivo hacia el no creyente.
Además de ateo, me encasillo sin reservas en una suerte de gozo existencial [parecen términos contradictorios, pero aseguro que no lo son, pues puede gozarse del pesimismo existencial precisamente porque desde la seguridad de ser «un hombre lanzado al porvenir» todo se hace más intenso, cobrando cada acto un valor que no pueden degustar los que esperan «otra más alta vida», pues se goza lo que se agota sabiendo que no volverá y se goza lo que se comienza sabiendo de antemano que tendrá un final preciso]. En mi existencialismo lucho por la individualidad como raíz y norte, una individualidad que después del hallazgo se extienda a lo social para «compartir» sin el apellido de «propiedad»: Yo creo –de crear– en lo individual y echo al mundo lo creado con libertad de uso [no me parece que esta idea se pueda dar de cara con los conceptos socialistas o comunistas... sí que los tergiversa en su esencia, pero comparte sus fines y hace que se llegue a ellos con más brillantez y mejores posibilidades de éxito]. Por tanto, tengo claro que soy un hombre único, con existencia individual y con un definido principio y un seguro final; que estoy en un proyecto de vida que me trabajo a diario y que igual que tomo lo que considero positivo de otras individualidades, entrego sin preguntas lo que haya nacido y crecido en mí y pueda ser utilizado por otros, ya que considero que cualquier descubrimiento humano pasa a ser universal –por pequeño o vano que sea– y entra a formar parte de la genética de las generaciones posteriores sin esa mediación de corte capitalista que se llama «propiedad intelectual» y que no es más que intentar sacar un provecho material de lo que pertenece al humano como especie en evolución [en este punto es un ejemplo claro el asqueroso negocio que hacen las multinacionales farmacéuticas dejando morir a millones de hombres mientras tienen las fórmulas para la curación de sus males metidas en cajas fuertes esperando a que multipliquen sus ganancias]. Ésa es la justa inmoralidad del imperante sistema capitalista.
En mi individualidad, igual que tomo del otro, doy y comparto. Y el gozo llega de ambas direcciones del camino... igual que llegan la soledad, el temor, la sensación de acabamiento o la tristeza.
... También procuro ser hedonista cuando se tercia.

Edward Burne-Jones

Hay un retrato femenino inacabado de Edward Burne-Jones, que lleva por título «Hope», en el que me detengo con frecuencia cuando miro un libro de arte que guardo en mi biblioteca sobre el pintor [tengo marcada la página con un separador antiguo para volver a él cada vez que puedo]. Expresa mi ideal de belleza de una forma inimaginada: pelo rizado y rojo, recogido sobre las orejas, perfecta simetría en el rostro, nariz pequeña, ojos entre tristes y agresivos mirando a otro lugar distinto a mis ojos y con un arco de cejas inigualable, labios carnosos sugiriendo amargura mezclada con algo dulce, mentón redondeando una cara cuadrada, un cuello de vasija delicada, de corza, largo, interminable, llamando al beso... y una mano apuntada aguantando una pieza de fruta.
El hecho de que el cuadro no fuera acabado por Burne–Jones le un halo de misterio que lo hace mucho más interesante.
Me quedo siempre absorto ante esa visión de belleza tangible, ante la pregunta del pensamiento de la modelo, ante esa tristeza que se patentiza en uno de los cuadros más bellos que conozco.

Jean Piaget

Enredando en mi biblioteca me doy de bruces con una edición de Jean Piaget [«Lógica y psicología»] que me sirvió de apoyo durante el tiempo en el que intenté el estudio de la psicología en la Universidad de Salamanca animado por mi prima Mª Carmen, que inició esa carrerar y podía facilitarme los apuntes mientras yo llevaba mi negocio en Béjar. Pasando las hojas del libro me encuentro con algunas notas manuscritas de aquel tiempo en las que me hago preguntas y saco algunas conclusiones. Hay una que copio porque me ha llamado la atención sobre las demás. Dice: «Si la lógica da un lenguaje bien construido y la psicología necesita claridad en la expresión de sus estudios sobre la operatividad de la mente, entonces deben complementarse la lógica y la psicología»... El resultado de aquellos dos años en los que estuve matriculado en la disciplina de Psicología fue que lo apuntado en la nota no se cumplía ni de lejos, dejándome la idea clara de que esta materia es un invento fraudulento contra el hombre y muchas veces harto dañino, ya que se ampara en percentiles, medias y modas para esteblecer los comportamientos «normales» del ser humano. Tal abuso estadístico tiene graves consecuencias si es llevado a términos generales, pues supone la exclusión de los individuos que no cumplen con los percentiles definidos y no siguen los caminos marcados, de tal forma que cualquier paso dado fuera del camino supone una perversión de la normalidad que desde la psicología se castiga con la injusta dureza de las «premisas consumadas»... Quien no sigue al dedillo la campana de Gauss de la normalidad que los psicólogos han diseñado en base a sus estudios estadísticos es un ser no válido para conformar el entramado social. No en vano, estos peligrosos «profesionales» tienen ya un enorme poder en la escuela y en el acceso al trabajo [no hablemos de su hambre por solucionar problemas escolares, de pareja o de comportamiento], determinando con descaro quién es válido y quién no en base a presupuestos absurdos que tienen mucho que ver con la comunión molinera [coño, sí, con eso de comulgar con ruedas de molino].
Su trampa está en la interpretación del catálogo lógico de las diversas conductas suponiéndoles unas consecuencias que hasta el día de hoy no tienen trabazón alguna. Dice Piaget que «el álgebra de la lógica puede ayudar al psicólogo proporcionándole un método preciso para especificar las estructuras que emergen en el análisis de los mecanismos operatorios de la mente» y que «desde el punto de vista psicológico, las operaciones son acciones interiorizables, reversibles y coordinadas en sistemas caracterizadas por leyes que se aplican al sistema como un todo. Son acciones, puesto que se llevan a cabo sobre objetos antes de ser realizadas sobre símbolos. Son interiorizables, puesto que se pueden ejecutar mentalmente sin perder su carácter original de acciones. Son reversibles, a diferencia de las simples acciones, que son irreversibles...».
Todo esto en una cabeza como la de Jean Piaget, en una mente lógica y bien formada en ese trasunto de acuerdo/convención entre hombres que hemos dado en llamar Matemática, puede tener consecuencias positivas que nunca pasarán de la barrera especulativa, porque... ¿Cómo puede someterse un ser tangible con latido y carne, con células y órganos funcionando por su cuenta, con esa electricidad biológica de la sinapsis, a un trasunto de acuerdo humano en el que las cosas son como son porque estamos de acuerdo en que así sean y no porque realmente tengamos la certeza de que son como son? [siento complicar con palabras lo que en mi cabeza es clarividencia].
Pero si estos postulados que se sostienen en unos eternos pies de barro se le dan como herramienta de uso y abuso a seres anodinos, sin la proyección mental suficiente para entender los límites de esos usos, ¿a dónde puenden llevarnos con sus absurdas decisiones sobre la validez o la invalidez mental de las personas? [Conozco psicólogos a porrillo y –hablando en su lengua estadística– puedo afirmar que no son capaces de ordenar sus vidas mientras viven y se alimentan de intentar poner orden en las de los demás]. ¿Cómo podemos hacer que paguen sus errores y sus fracasos profesionales, cuando estos errores y fracasos afectan seriamente a vidas tangibles?, ¿cómo se puede permitir que se tomen decisiones importantes con/contra individuos biológicos en base a supuestos matemáticos y a normas que se vienen cumpliendo sólo de forma porcentual, sin medir el posible valor escondido del que es diferente en su proceso mental?
Entresaco otro párrafo escrito por Piaget: «Por una parte la psicología no tiene nada de normativo, no investiga cómo se debe pensar, sino simplemente de qué manera se piensa. Por otra parte, se ha dado cuenta pronto de que la inteligencia procede según mecanismos mucho más variados que los que recogen los tratados de Lógica...».
Mi postura es que tal materia debiera quedarse en el campo de la experimentación y el estudio hasta que tome el cuerpo justo [si es que llega a tomarlo alguna vez] para poder afirmar con cierto nivel de éxito que está en camino de «verdad» y que, mientras tanto, no abrume al hombre con su parafernalia especulativa para tomar decisiones con efecto real y, muchas veces, equivocado.
Sí, lo sé, se me ha ido la olla, pero al ver ese librito rojo y negro he recuperado todas las razones por las que dejé hace ya un montón de años el estudio de la Psicología y lo cambié por la vida simple y llana. Ojo, y no me iba nada mal, que sacaba buenas notas sin asistir a clase y puedo afirmar que hice algunos trabajos brillantes al respecto por aquellos días.
El resumen, visto desde esta distancia, es que aquellos estudios me sirvieron para denostar una pretendidad ciencia oficial, igual que mis estudios de Biología durante seis años me llevaron a una percepción del mundo y del hombre tan interesante, que hasta el día de hoy puedo afirmar que son base sólida de cualquier desarrollo mental que me proponga.
Sé que no sé nada, pero percibo que he conseguido cierto nivel de criterio personal que guardo como un tesoro y con el que me defiendo mal o bien cada día de cada semana de cada año que pasa. No hay conocimientos acumulados –no me interesan–, hay percepciones críticas de todo lo que me rodea, y eso para mí ya es un punto importante, haber logrado conseguir un lúdico inacabable que va llenando mi tiempo de preguntas a la vez que va esbozando respuestas.
Es poco, pero menos es nada.

Alberto Hernández

Existe una hermosa tragedia que tiene que ver con la duda y la certeza, con la verdad de la duda y con el error de la certeza. El hombre que ama intensamente debe ser campo trillado a una duda que duele, y el hombre que ama con certeza se equivoca decididamente en esa dirección. Sucede lo mismo con la creación, la misma tragedia de error y dolor. Y no tiene que apartarse el gozo de tan circunstancia, y por ello es una tragedia hermosa, ¿verdad, amigo Alberto? –hablo hoy contigo y para ti porque necesito un interlocutor atento en mi soledad; perdona que te use, amigo–. No saber que lo que se crea con intensidad y desasosiego es exactamente descubrimiento o magia [duda, siempre duda] o asertar firmemente que lo es [certeza/error] hasta caer en la cuenta de todas las carencias que contiene, que contenemos... y luego hundirse. Sí, una hermosa tragedia, Alberto, en la que crecemos y vamos anotando cada arruga de vejez en nuestros rostros.
De ese celo, que es la duda, nos acaba siempre amaneciendo el paso siguiente, un paso exacto al anterior que nos lleva a avanzar tímidamente... pero a avanzar. De aquella seguridad, que es la certeza, nos llega la niebla gris que nos hace perder el norte y, acaso, dar pasos atrás o caer a un precipicio sin vuelta.
En todo caso, Alberto, debemos preguntarnos qué ganamos y qué perdemos, qué dejamos en el camino y qué nos llevamos puesto sobre los hombros en este viaje desde la nada hacia la nada. Quizás lo importante sea el camino y no los pasos ni quien los perpetra, dejar la trocha limpia para el siguiente que quiera pasar por ella o detenerse.
Respiro y me pregunto cómo he de amar lo que soy, Alberto, cómo he de darme/mostrarme al mundo si aún me siento inocente y, por tanto, absolutamente vulnerable. No te pido respuestas, amigo, tan solo hablo suponiéndote ahí porque necesito el muro que recoja esta voz que no sabe hacia dónde caer ni cómo hacerlo, y tú eres hoy el muro perfecto –lo has sido siempre– sobre el que lamentarse sin más por no saber crecer con la máscara puesta todo el día.
Quiero dudar, amigo, y me llegan certezas... Lo llevo chungo.

Perderlo todo de un golpe...

«Perderlo todo de un golpe, / de un tajo limpio. //... // Mansiones vaciándose, las honro / como a una madre anciana. / Porque vaciarse –madre– es acción: / lo vacío no se puede vaciar. // ... // Nunca pierde quien rompe / y huye al alba. Yo en la noche / me he cosido a ti / toda una vida sin bastas.». Marina Tsvetáieva daba con harta frecuencia en el centro/cetro de la nada. Vaciar la vida para no perderla, usarla hasta agotarla, gastarla hasta la ruina. Porque morir con la vida a medias es un tremendo fracaso. Morir sin haberse vaciado es un fracaso, morir sin haber dicho a voces lo que te piden las vísceras es un fracaso, vivir sin pensar en el vacío para la muerte es un fracaso.

Ritmo

Me he dado cuenta de pronto que estoy en el bando de la eufonía, me gusta el ritmo machacón, la música en la palabra, los vocablos blandos y redondos, la rima que sorprende (nunca la buscada). Me fascina la palabra «muslos» y me enloquece la palabra «vértice». También me encanta crear palabras sin sentido, pero con sonido y sensación de blandura: «algábala», «dolamela», «voralanda», «dusmilebla»... y enredo con ellas creando una tranquila melopea que llega a hacerse física.
A veces también juego a un ritmo hecho de números, los pronuncio en alto dándoles distintas entonaciones y cadencias... es divertido y ayuda al ritmo de mi mala poesía.

Me encanta sentirme poeta

Es curioso como la voluntad poética lleva siempre a buscar una existencia en lo trágico que se traduce por lo común en la insistencia en caminos que no responden a la realidad pacata en la que sobrevivimos. Al poeta le gustaría ser intenso en todo y, a la vez, ordenar su vida en monotemas: este año el amor, el año que viene el sufrimiento existencial, el siguiente la duda... y así gozar la itensidad de un sentimiento, de una forma de ser o estar... pero la vida no es así, la vida es caos y tono bajo como constante de paso. Es por ello que me encanta sentirme poeta, verme poeta; y es por ello también que escribo con más o menos suerte.

El valor de la poesía

Muchas veces me pregunto cómo puede medirse el valor de la poesía, tanto en lo individual como en lo colectivo, cómo un poema puede hacerse grande para el creador y cómo y por qué ese mismo poema triunfa o fracasa en el juego social.
Como individuo que escribe y muestra sus cosas de vez en cuando, siento enseguida si un poema funciona para mí, y es curioso que ese sentimiento nunca viene dado por una propuesta original o rompedora, por una forma específica y trabajada o por un magnífico golpe de riñones... siento que el poema funciona sólo cuando ha sido capaz de acercarse a decir justo lo que yo quería decir, sin importar cómo ni de qué manera lo he dicho. Es, por tanto, fundamental el fondo del poema siempre que se refiera al autor y vaya sólo para él. Cuando el poema decide viajar, ya es otra cosa, pues no hay quien entienda las corrientes de opinión y los gustos estéticos con garantía de saberlos penetrar con éxito. Con otras palabras, cuando el poema decide viajar, ya estamos hablando de estrategia de mercado y no de creación, y ahí la forma y la presentación son fundamentales –tanto como dominar las buenas relaciones con los grupos de poder–. Este punto es imprescindible tenerlo en cuenta para, como poco, hacer llegar el poema a los ojos necesarios que ya, por fin, puedan leerlo, sopesarlo y aprobarlo o condenarlo. Los poetas que creen en su poesía y deciden sacarla a la luz, deben trabajar para atravesar infinitos filtros que poco o nada tienen que ver con lo literario y buscar ese punto relacional que los haga permeables.
Hace un par de días, Sergio Gaspar me explicaba su visión del asunto e ideaba la forma más rápida de lograr el éxito y el reconocimiento. Decía, más o menos, que primero hay que agruparse con otros cercanos de parecida sensibilidad a la tuya, ponerle nombre al diablo –buscar un enemigo muy nombrado al que destruir y suplantar– y atacarle hasta acabar con él para, con decisión, ocupar su sitio... pero esto no hace que tu obra sea buena o mala, y quizás ni que sea reconocida sino por tu boutade guerrillera y por tus gestos de payaso mediático: Eres bueno porque dices y haces gilipolleces; no por tu trabajo creativo –claro, que lo uno puede llevar a lo otro y se debe medir si las ganas son tan grandes como para tal sacrificio–.
Visto esto, yo me voy conformando con mi satisfacción particular y con pillar alguna que otra migaja cuando se tercia, pero guardando siempre las distancias.

Marina Tsvetaeva

«Yo te reconquisto de toda tierra y celestial altura, / porque el bosque es cuna y tumba, / porque estoy en la tierra con un solo pie, / porque voy a cantarte como no canté a nadie jamás. // Yo te recupero de todo tiempo y de toda espada, / de toda noche y de toda bandera; / arrojaré las llaves y los mastines del umbral, / pues soy perro fiel esta noche. // Te reconquisto de todos los demás y de la otra / pues no seré esposa de nadie, ni tú serás esposo de ninguna, / y en la última lucha te salvaré, ¡calla!, / del que en la noche estuvo con Jacob en la lucha. // Pero hasta que en tu pecho pueda cruzar los dedos / –¡maldito seas!– te ensimismas a solas, / tus dos alas alzadas al espacio infinito, / pues el mundo es tu cuna y tu sepulcro el mundo.». Ando corrigiendo una mala traducción de poemas de Marina Tsvetaeva y estoy disfrutando un montón a pesar de que con mi voz hago de sus versos un eco triste e incompleto. Me da rabia no saber ruso para poder leer en su idioma a esta poeta fortísima y vulnerable. Mi homenaje queda en los versos que acabo de escribir/interpretar unas líneas más arriba, y mi admiración, y mi desesperanza, y mi tristeza. Quisiera ir más allá de ese mundo que es cuna y sepultura, soportar un amor hecho de duelo y falta, recelar de una boca y aprender a sentir un tacto ya imposible; quisiera recibir en las vísceras un sentimiento intenso y aprender a vomitarlo con palabras. Es imposible, y lo sé, pero me encanta presentir que alguna vez podré escribir como Marina para alguien.

Escribir

Escribir en este tiempo de ratas es fácil y a la vez muy complicado. Todo depende de cómo se aborde el trasunto de las palabras y con qué intención. Si la cosa va de publicar y epatar, no hay ningún problema, sólo tienes que mamar las pollas precisas y escribir exactamente lo que esas pollas quieran que escribas y cómo desean que lo hagas –es conveniente buscar a algún escritor de «enjundia política» muy bien colocado por dorar las píldoras mediáticas que le convienen a los partidos más poderosos y cartearse con él apoyando sus artículos de prensa, ensalzando su libros últimos y primeros y mostrando una admiración que ofrezca sumisión total; de ahí llegarán tus primeros trabajos para revistas especializadas, tu asistencia a cursitos, talleres y congresos como becario/a y, después, ponencias pagadas, conferencias, recitales, publicaciones conjuntas, premios magros y publicaciones individuales escaladas en editoriales diversas que con el tiempo serán de más calado... Dinero, al fin y al cabo, por palabras sicarias–. Este modo de llegar a ninguna parte es el rápido y el más infame, el que siempre pillan los jóvenes ambiciosos que quieren llegar rápidamente a comerse un trocito de la hedionda tarta del poder pseudoliterario. Muchos de estos tipos ya tienen sus libritos en editoriales mediáticas y algún puesto de importancia media en fundaciones importantes o instituciones culturales. Sus poderes siempre los utilizan para buscar el favor y jugar al intercambio enmascarándolo todo con una pátina de intelectualidad relamida y con mucha cultureta de salón. ¡Lameculos!, se enfangan con fiereza en defender su statu y, por ende, en defender la imagen, las ideas y la mierda escrita de sus mentores.
Otra forma de escribir, mucho más digna, es el disparo a quemarropa, sin formación alguna, sin equipaje de lectura, dejando correr las ganas a campo abierto y equivocándose en casi todo mientras se piensa en el «yo» como algo único e incomparable, mientras se tiene montado un mundo imaginario en el que se es el adalid e la originalidad y de la mejor dicción con contenido. Estos escritores de hambre son pesadísimos para los demás y muy difíciles de llevar y aguantar. Casi todo lo que escriben es malo de atar, mientras se empeñan en defenderlo a muerte ante el «sursum corda». ¡Infelices tipos primarios! Hay tantos.
Y luego está la escritura callada, ésa que nace de la razón y la experiencia, la que se alimenta de sensibilidad o rabia, la que contiene el poso de la vida y de mucha lectura anterior, la que no antepone el término «publicación» a la necesidad de decir y al impulso creativo, la que no nace de una preocupación por ser o por estar. En este espacio es donde nace y crece el escritor verdadero, sea bueno o malo, porque también hay malos escritores verdaderos que son mucho mejores que algunos de los más destacados escritores mediáticos.
Mi problema ante lo dicho es que no sé dónde estoy ni cómo estoy. Y, lo peor, no sé hacia dónde dirigir mis pasos. Estoy hasta los cojones de titubear.

ESCRIBIR

Escribir en este tiempo de ratas es fácil y a la vez muy complicado. Todo depende de cómo se aborde el trasunto de las palabras y con qué intención. Si la cosa va de publicar y epatar, no hay ningún problema, sólo tienes que mamar las pollas precisas y escribir exactamente lo que esas pollas quieran que escribas y cómo desean que lo hagas –es conveniente buscar a algún escritor de «enjundia política» muy bien colocado por dorar las píldoras mediáticas que le convienen a los partidos más poderosos y cartearse con él apoyando sus artículos de prensa, ensalzando su libros últimos y primeros y mostrando una admiración que ofrezca sumisión total; de ahí llegarán tus primeros trabajos para revistas especializadas, tu asistencia a cursitos, talleres y congresos como becario/a y, después, ponencias pagadas, conferencias, recitales, publicaciones conjuntas, premios magros y publicaciones individuales escaladas en editoriales diversas que con el tiempo serán de más calado... Dinero, al fin y al cabo, por palabras sicarias–. Este modo de llegar a ninguna parte es el rápido y el más infame, el que siempre pillan los jóvenes ambiciosos que quieren llegar rápidamente a comerse un trocito de la hedionda tarta del poder pseudoliterario. Muchos de estos tipos ya tienen sus libritos en editoriales mediáticas y algún puesto de importancia media en fundaciones importantes o instituciones culturales. Sus poderes siempre los utilizan para buscar el favor y jugar al intercambio enmascarándolo todo con una pátina de intelectualidad relamida y con mucha cultureta de salón. ¡Lameculos!, se enfangan con fiereza en defender su statu y, por ende, en defender la imagen, las ideas y la mierda escrita de sus mentores.
Otra forma de escribir, mucho más digna, es el disparo a quemarropa, sin formación alguna, sin equipaje de lectura, dejando correr las ganas a campo abierto y equivocándose en casi todo mientras se piensa en el «yo» como algo único e incomparable, mientras se tiene montado un mundo imaginario en el que se es el adalid e la originalidad y de la mejor dicción con contenido. Estos escritores de hambre son pesadísimos para los demás y muy difíciles de llevar y aguantar. Casi todo lo que escriben es malo de atar, mientras se empeñan en defenderlo a muerte ante el «sursum corda». ¡Infelices tipos primarios! Hay tantos.
Y luego está la escritura callada, ésa que nace de la razón y la experiencia, la que se alimenta de sensibilidad o rabia, la que contiene el poso de la vida y de mucha lectura anterior, la que no antepone el término «publicación» a la necesidad de decir y al impulso creativo, la que no nace de una preocupación por ser o por estar. En este espacio es donde nace y crece el escritor verdadero, sea bueno o malo, porque también hay malos escritores verdaderos que son mucho mejores que algunos de los más destacados escritores mediáticos.
Mi problema ante lo dicho es que no sé dónde estoy ni cómo estoy. Y, lo peor, no sé hacia dónde dirigir mis pasos. Estoy hasta los cojones de titubear.

Siempre dudo

Siempre dudo cuando me detengo a analizar mi forma de escritura. Por una parte quiero escribir en un tono triste y dulce; pero, por otra parte, el cuerpo me pide ironía y dura acidez. Generalmente, siempre marcado por mi carácter cambiante e impulsivo, los resultados escritos terminan siendo una mezcla que apenas puedo controlar y que es fiel reflejo de mi persona y de mi carácter. En mi trabajo creativo sólo soy capaz de controlar los pasos previos, los que se desarrollan en la mente. En esa fase prediseño con decisión y un alto grado de reflexión cómo será mi escritura, de qué tratará, cómo dibujaré sus cimas y sus valles. En ese punto llega un momento en que lo tengo todo muy claro en la cabeza, y ahí es justo cuando llega el caos de la escritura. Todo se vuelve nebuloso y parece que las manos deciden a su antojo, pasando de lo que pensé y de lo que decidí hacer desde la razón. En ese momento es cuando empiezo a disfrutar de la escritura, porque fluye con hambre y sin medida. Yo no soy ya quien lleva el control, es otra cosa que no acierto a definir la que me incendia y me mueve. A partir de este punto todo son primeras tomas que acabarán siendo, sin más, las definitivas; y no corrijo nada de lo escrito, pues si lo hago, me asalta un sentimiento de traición hacia ese impulso que me llevó a escribir frenéticamente. Y disfruto con la escritura; disfruto tanto, que las horas pasan y no me percato de ello. Si lo que queda es bueno o malo, no me importa demasiado, porque esas palabras unidas son siempre una parte inseparable de mí, como un órgano vital del que no puedo prescindir aunque duela, moleste o dé placer.
A veces me inquieren sobre mi proceso creativo y lo hacen con preguntas asertivas que dan por hecho un complejo trabajo mental antes y después de la escritura, y yo sonrío porque sé que quien hace esas preguntas no entiende nada de lo que me sucede y no podría aceptar jamás la «facilidad» y el «azar» como bases fundamentales de mi creación. Explicar que algo ha llegado porque sí, sin buscarlo, sin apretar, sin pulir, sin sufrir... le jode mucho a los que piensan que la literatura sólo puede ser posible por el sufrimiento, por el trabajo constante y por una formación durísima. Yo me quedo con las palabras aquellas que Pepe Hierro pronunció en el Hotel Colón de Béjar: «La poesía es como el oxígeno. Está siempre ahí. Si quieres, la respiras. Eso es todo.». Lo mismo es que no soy poeta –que ahora está muy en boga la semántica. Hasta en la protesta social y en la lucha política–, circunstancia que no me preocupa demasiado; más cuando sé a ciencia cierta que mis poemas dicen exactamente lo que yo quiero decir y como quiero decirlo. Si ellos fluyen, yo sigo viviendo. Si ellos se apagan, es triste, pero yo sigo viviendo también. No cuento ya cuando algún estudioso se lanza a analizar mi obra sin conocerme de nada, sin haber tomado unas copas juntos... el resultado es tan ridículo, por su grandilocuencia y por sus absurdas suposiciones, que yo mismo me admiro de la imagen que extraen de mi persona y de mi obra, y me terminan convenciendo de que todo es mentira, una mentira alimenticia que les sirve para ganar algunos eurillos con los que comer y beber, y por ello los disculpo y sonrío. ¡Infelices!

Grundtvig

Cuando Grundtvig dijo en el siglo XIX que «las gentes sencillas se sienten inseguras y se desaniman, los hombres cultivados dudan y calculan y los ricos se dedican a gozar y dormitar. Para la mayor parte de la población Dios es tan sólo una idea y la patria una palabra.», ya demostró que los países nórdicos iban muy por delante de los demás en el terreno de las ideas. Reconozco que he leído a pocos autores nórdicos –craso error de cálculo por mi parte–, aunque hubo un tiempo en el que me enganché a Ibsen, porque me gustó aquella idea suya que aparecía en «Un enemigo del pueblo» en la que venía a explicar que el hombre más fuerte siempre sería el hombre más solo. Luego me aburrí mucho con Ibsen y le olvidé, abandonando en los rincones más escondidos de mi biblioteca sus libros azules de teatro con tapa plástica e impresión en oro. Con los años, lo intenté con Kierkegaard, entusiasmado por alguna conversación con colegas muy leídos y por una idea estupenda sobre el amor que me dejó este tipo tan nombrado, algo así como que «el amor sólo es hermoso mientras dura el contraste y el deseo; después todo termina en flaqueza y costumbre» (aún tengo anotada la cita en uno de mis cuadernos antiguos). Últimamente, mi afición diarística me ha llevado hasta Ingmar Bergman para anotarme con letras de fuego esta frase de su «Diario»: «La vida tiene exactamente el valor que uno le atribuye». Entre los poetas he leído –por suicida– a Karoline Günderode (absolutamente magnífica), a Tor Jonsson –también por suicida– (delicioso) y a Jens Bjorneboe –por supuesto que suicida– (espléndido y recomendable). A los tres les dediqué un poema en mi libro «Paraísos del suicida». Ahora tengo previsto comprar obra –si es que la encuentro en algún lado– de August Strindberg, del que tengo buenas referencias, para leerla mientras escucho la música de Sibelius. Y es que llevo una temporada pensándo en ponerle límites geograficos a mis lecturas y hacerlas seriadas para intentar calar en la influencia de la tierra y el paisaje vivido sobre la escritura. Todo con el fin de escribir un pequeño ensayo que me ronda por mi gran cabezota desde hace bastantes meses.
Otro de mis deseos últimos es convertirme en un escritorzuelo más conceptista aún de lo que he sido hasta ahora y así, de paso, me cisco en el espíritu de Soto de Rojas, que lo he leído hace unos días con la intención de mejorar mi vena sonetista y he acabado hasta los mismísimos cojones. Para muestra, un botón: «Del áspero segur la seca rama / se querella, si al fuego la condena; / la blanca vela, de la parda entena, / si su tesoro el Aquilón derrama; // si al coral falta su cerúlea cama, / se altera endurecido en tierra ajena; / el mal seguro leño en mar serena, / gimiendo, al monstruo que le rige infama. // Éstos se quejan sin tener sentido, / sin tener vida: pues que vivo, y siento / fuego en mi pecho, mares en mis ojos, // la boca en aire y a la tierra asido, / portentoso de amor soy vencimiento. / Deja, Fénix, que sienta mis enojos.». Ya le valía al colega para su seca calavera, ¿no? Y que viva don Francisco de Quevedo, ¡coño!

Sartre

Cuando Sartre dijo que «el mundo podría existir muy bien sin la literatura, e incluso mejor sin el hombre», ya había vendido una pila de libros y vivía de puta madre gracias a ese estatus de intelectual que conservó hasta su muerte. Sartre quizás no hubiera podido existir sin la literatura, y menos sin el «otro». Debo reconocer, en todo caso, que este tipo nos dejó un estupendo legado de palabras, que hasta escribió que «el hombre está condenado a ser libre», cuando la realidad nos dicta que el hombre a veces se resigna a serlo, pero por poco tiempo. En fin, que me encanta ser un pequeño existencialista cuando debiera plantearme ser un pequeño burgués con cara de gilipollas.
«El existencialista no cree en el poder de la pasión. No pensará nunca que una bella pasión es un torrente devastador que conduce fatalmente al hombre a ciertos actos y que por consecuencia es una excusa; piensa que el hombre es responsable de su pasión. El existencialista tampoco pensará que el hombre puede encontrar socorro en un signo dado sobre la tierra que lo oriente; porque piensa que el hombre descifra por sí mismo el signo como prefiere. Piensa, pues, que el hombre, sin ningún apoyo ni socorro, está condenado a cada instante a inventar al hombre. Ponge ha dicho, en un artículo muy hermoso: el hombre es el porvenir del hombre. Es perfectamente exacto. Sólo que si se entiende por esto que ese porvenir está inscrito en el cielo, que Dios lo ve, entonces es falso, pues ya no sería ni siquiera un porvenir. Si se entiende que, sea cual fuere el hombre que aparece, hay un porvenir por hacer, un porvenir virgen que lo espera, entonces es exacto. En tal caso está uno desamparado.
En cuanto a la desesperación, esta expresión tiene un sentido extremadamente simple. Quiere decir que nos limitaremos a contar con lo que depende de nuestra voluntad, o con el conjunto de probabilidades que hacen posible nuestra acción.». O quizás no sepa ser un existencialista. Yo qué sé. ¿O sí que sé? En todo caso, mi futuro está sobre todo en mis manos, y en mi palabra, y en mi libertad, y en este mundo al que fui «arrojado» para decidir si otros decicían por mí y de qué forma. Qué bien viene a veces un «rip» a tiempo.

Einstein

Decía Alberto Einstein que «la vida es muy peligrosa. No por las personas que hacen el mal, sino por las que se sientan a ver lo que pasa». Estamos en un mundo plagado de tipos sentados a ver lo que pasa –yo ya soy uno de ellos–, y en ese descansar mirando van ocurriendo las cosas movidas por los hombres de paja –los políticos– y ordenadas por «el capital». A nosotros, los tipos sentados, se nos alimenta con imágenes y con salarios justitos para el consumo, de tal forma que no tengamos jamás la intención de sublevarnos ni la intención de subir en la vida más de lo que se nos tiene programado. Grave responsabilidad en este proceso la tienen los intelectuales arrimados al poder, apoyando con palabras y gestos todos y cada uno de los iconos del imperio decadente en el que nos ha tocado vivir. Nuestra casa, nuestro negocio, nuestra empresa y el fruto de nuestro trabajo pertenecen sin remisión a la banca, que con su dinero de plástico, sus créditos y su euríbor se ha apoderado de nuestra economía, esclavizándonos con fecha fija. Siempre pensé en una banca nacionalizada o, como mucho, una banca sectorial participada y dirigida por sus propios clientes. Ya es imposible, y sólo una dura inclemencia natural podría abrirnos los ojos y dejarnos en precario para reordenar todo el sistema trazado para nuestra esclavitud. Ningún hombre o grupo de hombres puede conseguir nada luchando contra este monstruo desde la decepción, sólo la Naturaleza sería capaz de conseguir esa revolución pendiente y absolutamente necesaria. Sentirnos abandonados, hambrientos, doloridos, perdidos, sin nada a nuestro alrededor, aún sin el sentimiento del otro como apoyo y protección. Sólo el hombre desde su individualidad, desnudo, puede conseguir lo que se necesita para empezar de nuevo. Y no sé si esta visión del asunto viene de mi desolación o de mi angustia (decía Caro Baroja que «el joven siente angustia y el viejo desolación»), aunque puedo afirmar taxativamente que procede de un tremendo desencanto. En fin, que, para empezar, habría que acabar con las religiones –todas– desde una formación científica y pragmática (la cabeza está reñida con las plegarias y son absolutamente incompatibles), acabar también con la clase política asentada en su función de esbirros del capital e instaurar un sistema en el que el pueblo sea propietario inexcusable de cada una de sus decisiones –hasta las más pequeñas–, destruir la propiedad privada para reemplazarla por el bien común y el reparto igualitario de los bienes de producción y consumo (todo hombre debe ser propietario del bagaje intelectual y científico de sus antecesores, que los avances en medicina, física, bioquímica, genética, tecnología... no puedan pertenecer a empresas privadas, pues son patrimonio de todos los seres humanos), y acabar con esa clase intelectual tan dañina e interesada. El hombre debe pensar en su dignidad como tronco fundamental de actuación para comenzar a darle luz y sensatez al camino futuro, en su dignidad individual y en su dignidad grupal.
Sé que mis planteamientos beben demasiado en postulados de los primeros revolucionarios rusos, pero es que entiendo que ellos vislumbraron un camino magnífico que se encargó de estropear la ambición y la miseria de quienes lo pusieron en prática. Y hasta el día de hoy no he encontrado lecturas más atinadas que aquellas.
«No creo en el futuro. Acepto el fracaso. La sociedad quiere castrar, inhibir, no desea individuos auténticos y diferentes, sino que busca seres homogéneos. La verdad implica subversión de lo real, es revolución y transformación de lo dado y exige la construcción de una razón acorde con el inconsciente dirigida a la destrucción de la racionalidad irracional de la ideología.». Lo escribió Walter Benjamin, que dejo la vida cuando quiso y en Port Bou. Qué triste es que los hombres más preclaros tengan que autodestruirse ante la mirada de los necios, de esos hombres como yo que estamos sentados para ver lo que pasa.
Y luego está el asunto de la alegría de vivir, coño. El sistema está empeñado en que seamos unos jodidos tristes. Hace años que anoté en mi agenda una frase de Ciorán –tipo vivísimo para el exabrupto y la frase precisa– que contiene una de las verdades más incontestables que he conocido: «Las religiones, como las ideologías que han heredado sus vicios, se reducen a cruzadas contra el humor.». Y no es ninguna tontería, porque borrándole al hombre la sonrisa y robándole el sentido irónico se le somete mucho mejor. Cree en algo y dejarás de reír.

Kropotkin

Hoy he vuelto a leer el encendido breviario «Nuestras riquezas», de Kropotkin. Apareció en una caja que mantenía cerrada desde hace diez o quince años junto a mis libros de universitario (tratados de bioquímica, botánica, microbiología, citología e histología... Abrir la caja ha supuesto recuperar de golpe miles de recuerdos almacenados: la militancia antifascista, el rigor de algunos profesores, las noches del colegio mayor San Bartolomé, las novietas de entonces, los colegas a los que no he vuelto a ver jamás, la vietnamita y los panfletos... Pero «Nuestras riquezas» ha sido el hallazgo más jugoso, esa crítica voraz a lo acomodaticio del parlamentarismo que mastiqué cuando paradójicamente soñaba con una democracia. Recuerdo que toda la argumentación de Koprotkin sobre los descubrimientos científicos y los avances tecnológicos y sobre la usurpación de ese trabajo coletivo por las clases adineradas me llenó de una lucidez militante que me dio fuerzas durante muchos años. Recuerdo casi de memoria el final de ese texto, porque me lo aprendí entonces: «...así deberá obrar la sociedad libertada. Para realizar la expropiación, le será absolutamente imposible organizarse bajo el principio de la representación parlamentaria. Una sociedad fundada en la servidumbre podrá conformarse con la monarquía absoluta; una sociedad basada en el salario y en la explotación de las masas por los detentadores del capital, se acomoda con el parlamentarismo. Pero una sociedad libre que vuelva a entrar en posesión de la herencia común, tendrá que buscar en el libre agrupamiento y en la libre federación de los grupos una organización nueva que convenga a la nueva fase económica de la Historia.». También recuerdo que aquel texto me llevó a Gorki, a Esenin, a Maiakovski, a Anna Sehgers, a Alexander Blok (del que aún conservo en algún rincón escondido de mi biblioteca una edición cutre y argentina de su poema «Los Doce», en el que un batallón ruso era liderado por Jesucristo y que guardé por lo paradójico que me pareció en su día. Recuerdo que lo guardé junto a una serie de revistas de «Hermano Lobo» y un montón de recortes de la revista «Triunfo»)... Años más tarde recuperé aquellos sentimientos llenos de acné con la lectura más tranquila de Borís Pasternak, Wallace Stevens, Anna Ajmatova, Osip Mandelstam. Hasta que con Joseph Brodsky me convencí de que no todo el monte es orégano (a Brodsky lo descubrí gracias a Abraham Gragera, lo que no podré agradecerle nunca como se merece, pues me descubrió todo un mundo poético sin el talón de Aquiles de la revolución para molestarme o morderme). Las primeras lecturas, las del tiempo de la universidad, fueron siempre realizadas con ardor político y buscando lógica con la que apabullar a quienes no pensaban como yo. Tiempo perdido, en fin. Las lecturas posteriores me hicieron madurar en muchos aspectos, tanto interiores como de convivencia... Todas, absolutamente todas, me dejaron un latido especial que siento algunas noches, cuando estoy solo, unas ganas enormes de volver a gritar y apartar la derrota en los cajones olvidados. La revolución rusa destrozó el espíritu bellísimo de muchos escritores que la alentaron con ideales firmes y con un sentimiento vivísimo. Unos cuantos hijos de puta se encargaron de enfangarlo todo y ponérselo a huevo al puñetero capitalismo, pero la clarividencia de aquellos hombres y mujeres que escribieron los mejores párrafos de la literatura social y de la poesía revolucionaria aún sigue tan viva como el exacto día en que los sentimientos ardieron para hacerse palabras.
Y yo de patrón medio en ruina en esta edad tardía, casi pisoteando todo lo que pensé, pero intentando que cada día consiga poner sus acentos y sus interrogaciones, que ya es algo, coño.

A «pensar» se aprende

A «pensar» se aprende, y el modelo de pensamiento de cada individuo tiene mucho que ver con sus maestros y con su entorno. Y cuando se aprende a pensar, ese proceso modula el comportamiento de cada uno con dosis de riesgo, temor, placer... El problema llega cuando te planteas si el pensamiento te domina o eres tú quien lo modula y lo maneja. Yo creo firmemente que el pensamiento hace con cada uno lo que le da la gana, poniendo barreras donde no las hay o no sabiendo sujetar cuando ha de hacerse. De ahí la importancia de la moral, bien o mal entendida, como alimento durante el periodo de aprendizaje. En fin, que admito el total alienamiento al que me tiene sometido mi pensamiento, enterrándome en tonterías, en normas autoimpuestas y puestas por los demás, el planteamientos peregrinos del amor y el sexo, de la violencia y la tolerancia, de la risa y el llanto. La lucha imposible, ahora, consiste en volver a convertirme en un hombre primario que sólo sepa moverse por estímulos de placer o dolor. Hacer sólo lo que me guste y apartarme de lo que me produzca la más mínima molestia. Sería lo ideal.

Nicolás Maquiavelo

Ponerse viejo es consentir la cruz de conservar cada una de las cosas que tienes, temer por ellas y ponerlas por encima de cualquier valor exterior y humano. Ponerse viejo es adular para permanecer o callar para permanecer o llorar para permanecer o esconderse para permanecer. Ponerse viejo es sentirse triste todo el tiempo y esperar. Ponerse viejo es una acción que no tiene nada que ver con la edad y que se mide en parámetros de ilusión y de ganas. Ponerse viejo es dar por hecho el amor... Ponerse viejo también es percibir cómo triunfan los necios mientras tú no sabes poner en valor la diferencia. Nicolás Maquiavelo agrupaba como poetas menores a todos los que hablaban del amor –y eso también es ponerse viejo–, aupando a superiores categorías a los poetas épicos y a los escritores políticos, aunque eso quizás fuera otra ironía del maestro de maestros. No sabía Nicolás en qué iban a terminar los políticos, a pesar de su convencimiento de que todo es circular y cada tiempo es una onda igual a la de un tiempo anterior. Supuso magníficamente que el mundo era de los políticos, pero erró al catalogarlos como los seres más audaces, dignos de compartir con él un trocito del infierno –y eso también fue ponerse viejo–. No atinó a imaginar que los gobiernos iban a ser la viva imagen del pueblo, es decir, la purita mediocridad, que ya no habría líderes capaces de espolear conquistas al frente de sus ejércitos poniendo su pecho para la primera flecha o para el primer venablo. No supo imaginar al líder refugiado en retaguardia, matando incluso a los suyos para que le sirvieran de parapeto o para parecer un muerto entre los muertos. Girólamo Savonarola lo alumbró con su facciosa profética en el mismo tiempo y le llegó la hoguera. Lo que ayer fue el candor del miedo y la épica de la gloria en la batalla, hoy es el conformismo consumista y la lírica del fraude mediático. Se han confundido todos los términos y el «gran comercio» mete la mano por el culo a las marionetas políticas para entretenernos con un cuento teatralizado que no tiene parangón en la historia de la Literatura ni en el resto de las «historias»... En todo esto se equivocó Nicolás, pero con la consideración de que se equivocó en el encabalgamiento de los siglos XV y XVI, acertando –eso sí– en mil percepciones de la sociedad, la política y la religión en las que el 99% de la gleba siglo XXI aún no han caído. Dos mundos humanos conviviendo en el planeta hoy: Uno masivo y de corte absolutamente medieval, y otro minoritario y con ideas preclaras, pero abrumado y sometido –no me incluya en ninguno, Urah amigo–. Se equivocó también Nicolás en su percepción de la poesía amorosa y del amor mismo como algo «menor», y sobre todo se equivocó con Ovidio; pues no intuyó que el amor se mantendría hasta el día de hoy con la misma fuerza y la misma potencialidad de hacer y deshacer en todos los terrenos humanos –ahí Jesús de Nazaret estuvo más vivo, y a los resultados me remito (debería decir con más precisión que «estuvieron más vivos sus acólitos»)–. El amor y el desamor como monedas de cambio, como argumentos de poder y de gobierno, como rendición en la unidad fundamental humana –la pareja o «la familia»– y como reflejo mítico hacia el héroe de entonces y hacia el sátrapa de hoy. Todo se mide en una escala de testosterona y estrógenos, de erección y penetración, de reprodución para el consumo y de institiva afinidad hacia los productos de ese mismo consumo –siempre mediando la subliminalidad en los niveles químicos y físicos–, que van desde el jabón rejuvenecedor hasta el líder político. Ya no hay «Príncipes» como los que decía Maquiavelo, que ahora todo se resume en «nestlés» y «nabiscos», en «lokeeds» y «mercedes», en «shelfs» y en «repsoles», en «bebeuveás» y en «americanexpreses»... La máquina global ha sustituido al líder, al príncipe, al tirano. Ellos ponen y quitan, dan y toman, y es con ellos con quienes se debe hablar en el Infierno, no con los políticos, Nicolás, no con los regentes, no con los jefes militares, no con los intelectuales. La industria farmacéutica, por ejemplo, va 10 ó 20 años por delante de la investigación médica oficial y antepone su servicio al mercado sobre el servicio a la sociedad, y lo mismo sucede en cada uno de los campos sobre los que decidamos preguntarnos. El hombre no importa, importan sus ingresos y su capacidad de gasto. Si Nicolás hubiera nacido ayer, quizás tuviera «la vida de Gates» –y juego aquí con el título de una magnífica novela de mi amigo Braulio García Noriega– o lo mismo buscaba un suicio en bolsa. El dinero es el «Príncipe», y el «amor» es la esperanza o su exacto contrario, que todo depende del color con que se mire, pero también es la «esperanza». En todo caso, me quedo con las divinas palabras de Nicolás Maquiavelo cuando dice que «el hombre no es, ni mucho menos, el señor del Universo, como por vano orgullo le gusta creer, sino víctima de la naturaleza en primer lugar y luego de la fortuna. Nace desnudo y lorando; su voz llena los aires. ünico entre todos los animales de la creación, es capaz de espantosas crueldades contra sus semejantes: sin embargo, ninguna otra criatura parece tener tanto anhelo de vivir y tanto deseo, y necesidad, de lo eterno y lo infinito». Sabía de lo que hablaba el perico, conocía al personal desde antes de Aristóteles hasta nuestros días y percibía hace ya quinientos añitos lo que muchísimos hombres son incapaces de percibir hoy mismo. Eso también es ser «Príncipe», un príncipe de la luz que como máxima fortuna material puede llegar a tener un pañuelo para enjugar sus lágrimas... Pero también es ser viejo, como entenderlo es ponerse viejo.

Soy todas y cada una de mis contradicciones

Soy todas y cada una de mis contradicciones. Ellas me atan a lo humano y conforman el fulano que soy y el que parezco. Y es importante que sea así, que mis contradicciones existan y yo sea absolutamente consciente de ellas para seguir en este camino incierto y bellísimo de la vida. Y, ¿por qué no?, me encanta ser como soy: Gritar contra la injusticia y vestir de marca o pelear por una segunda vivienda para mi gente, estar por la causa de la izquierda y querer ser un empresario rico –y que no se me logra–, escupir contra cierta literatura y gozar de sus ventajas, poner carteles a favor de la libertad de copia y militar de número en la SGAE y en ARCE para cobrar algunas pesetillas por lo mío, reírme de Dios mientras le busco y le niego a la vez, estar por la escuela pública y militar en la cosa de la privada... un caos, ¿no? Pero me parece que lo importante no es que exista la contradicción, sino saberla, asumirla y decirla sin rubor. Sí, yo soy un tipo que vive en y para la contradicción. ¿Pasa algo? Y el que esté libre de culpa, que tenga los cojones de tirarme la primera piedra –seguro que su lanzamiento sufriría el efecto boomerang y le daría en el mismo ojo del culo–. No hace mucho que me leí –no sin dificultades de atención, tengo que reconocerlo– «Sobre la contradicción» de Mao Tse-tung, rematando el asunto con un jodido dolor de cabeza y un lío mental de tres pares de cojones. «...primero, la contradicción existe en el proceso de desarrollo de toda cosa, y, segundo, que el movimiento de los contrarios se presenta desde el comienzo hasta el fin del proceso de desarrollo de cada cosa.». Bien, hasta aquí Mao me suma razón desde su definición del «materialismo burgués»: soy, por tanto, un burgués materialista. Y luego Engels: «Si ya el simple cambio mecánico de lugar encierra una contradicción, tanto más la encierran las formas superiores del movimiento de la materia y muy especialmente la vida orgánica y su desarrollo. [. . .] la vida consiste precisamente, ante todo, en que un ser es en cada instante el mismo y a la vez otro. La vida, pues, es también una contradicción que, presente en las cosas y los procesos mismos, se está planteando y resolviendo incesantemente; al cesar la contradicción, cesa la vida y sobreviene la muerte [...] Tampoco en el mundo del pensamiento podemos librarnos de las contradicciones, y cómo, por ejemplo, la contradicción entre la interiormente ilimitada capacidad cognoscitiva humana y su existencia real sólo en hombres exteriormente limitados y que conocen limitadamente, se resuelve en la sucesión, para nosotros al menos prácticamente infinita, de las generaciones, en un progreso ilimitado...». Por tanto, según Engels, soy normal.
Hay que perdonarme, en todo caso, que me haya tomado la libertad de utilizar las propuestas «genéricas» de Mao y Engels en un plantemiento de individualidad, que entra casi en un contrasentido –contradicción, ja, ja, ja, ja– con los fines que ambos buscaban en su proceso racional: la utilización de la contradicción para argumentar la lucha del proletariado, dicho de una forma excesivamente simple. En fin, que mi realidad contradictoria es absolutamente vitalista, o eso me parece a mí; que me hace nadar en aguas turbias y que de esa lucha por salir a flote nace algo muy importante para mí: la reflexión sobre mi forma de estar en el mundo solo y con los demás y el camino de un conocimiento que no sirve para demasiado, pero que va ayudándome a tragar las horas. Es algo parecido a esa actualidad que se llama «antiglobalización» y que utiliza los medios «globales» para crecer y multiplicarse, circunstancia que me parece tan correcta como que un individuo aproveche sus contradicciones para crecer –hasta en lo moral, que ya tiene cojones– y multiplicarse. A mí me encanta mirarme desde afuera, como quien asiste al espectáculo de un circo de pulgas con su mirada cenital: ser la pulga que actúa y a la vez el espectador que la observa. Esa mirada exterior me da perspectiva y me hace menos importante para mí mismo y para los demás, pero me enriquece en autoconocimiento hasta porder decir: «soy un mamón, un indecente, un gilipollas, un tipo indigno y mentiroso... pero también soy divertido, ocurrente, amable, sensible... soy bueno y malo a la vez, tonto y listo, egoísta y generoso... La vida, al cabo.

Roger Wolfe

He vuelto esta tarde al diario de Roger Wolfe –«¡Que te follen, Nostradamus!»– para recuperar un pasaje en el que Roger cita a Luis Rosales y donde quizás se encuentre el alma de toda su escritura –la de Roger y también la de Luis Rosales–, y probablemente también de la mía. Allí se encierra esa verdad del «te va a dar igual, pues todo va a seguir su curso y tú no vas a cambiar nada de nada», los día van a seguir pasando como las hojas del calendario y tú caerás con ellas, sin más y sin menos. La lucidez está en hacerle saber al personal que esa «obviedad» que casi nadie pondera es la más justa de las realidades, aunque parezca un contrasentido ese intento de hacer demostraciones ante el convencimiento de su inutilidad. Estas palabras de Roger dan sentido a toda su escritura, y a la mía, pero también se lo quitan...

«¿Poesía? ¿Qué é seto?»

propia lengua y que nos parecemos más a los tontos con gafas que a la gente que pisa la calle. Quizás haga falta que la ironía y el ingenio vuelvan al poema para cargarse de un ataque de risa a los pesados de lectura con diccionario, a los tristes de atar, a los poetas profesores –que últimamente me tocan a mí en un alto porcentaje, y no hablo de AGT, ¿vale?– que se han leído a JRJ y lo quieren emular ante sus alumnos –que somos todos– y nos machacan con discursos aburridos e interminables en un monotono que es capaz de dormir a los más despabilados –des/pábilo // des/pábulo, je, je–. ¿Por qué no el poema chiste otra vez?, aquella cosa Tono de juego de palabras y risa franca. Poemas/chiste inteligentes, eso sí. Yo qué sé, una poética, para abrir boca, que llevase por título «¿Poesía? ¿Qué é seto?» y que compendiase modos y filosofía poética de vida alegre y descarada, que de las historias descarnadas en versos tristes e incomprensibles estoy ya hasta el coco –de las mías también, por supuesto, que esto es sobre todo autocrítica–. Y llegar a los foros poéticos más extraños y conseguir que la gente arrancase a reír a mandíbula batiente o simplemente a sonreír con complicidad. Pandilla de sosos con los culos planos, horda de garbancitos con gafas de culo de vaso que leen y reescriben perdiendo en el viaje la mitad de la media y la media de la mitad. Que ya no hay que escribir los versos más tristes esta noche porque están todos escritos; ni los más incomprensibles, que tengo un amigo cura que se los ha pillado todos; ni los más intelectualmente consumibles, que son patrimonio de Sabina y de su colega Gala. ¡Poemas/chiste!, de los de no pasar a la Historia, pero de los de hacer feliz al personal por un ratito, poemas en pelota picada, disolutos, asquerosamente terráqueos, tan simples como los oídos de quién va a escucharlos porque jamás los leería. Una poesía, en fin, acorde con este tiempo subnormal y amarillo: Ni poesía de combate, ni poesía de la experiencia/diferencia... poesía para imbéciles, ¡hostias!

«Who is me / Poeta de las cenizas»

«Who is me / Poeta de las cenizas»
DVD poesía, nº. 52
112 páginas
Barcelona 2002

Pier Paolo Pasolini, que nació en Bolonia en 1922 y falleció de muerte violenta en Ostia durante el año 1975, puede considerarse como uno de los más grandes creadores del siglo XX en diversos campos, aunque el de la poesía es que mejor muestra su enorme talento artístico, su sensibilidad llena de amargura y lo más sobresaliente de su existencialismo. Ejemplos de esta afirmación pueden disfrutarse en la lectura de «Dal diario (1945-1947)», publicado en su primera edición por Salvatore Sciascia Editore en 1954, un manojo de poemas donde la felicidad, la pobreza y la juventud toman la palabra con una magistral desazón; o en esos apuntes de un triste despertar que PPP tituló «Poesie a Casarsa» (1942) en el que el autor aparece lleno de inseguridad pero ya poseedor de la palabra; o «Le ceneri di Gramsci», con el hundimiento de los ideales saliéndose por los poros de cada poema; o «Poesía en forma de rosa», con un tono autobiográfico impúdico. Todos trabajos deslumbrantes en los que Pasolini va desnudándose y mostrando su evolución racional y su gran altura poética.
«Who is me / Poeta de las cenizas», un monólogo en verso que Pasolini escribió durante una estancia en Nueva York durante el año 1966, y que DVD poesía ha recuperado para el lector español gracias a la traducción del texto realizada en 2002 por Marcelo Tombetta, es una obra inconclusa, un poema largo que presenta en tono discursivo diversos tramos de la vida de Pier Paolo salpicados de conflictos diversos de carácter íntimo, profundas reflexiones sobre la creación y la vida, sobre la relación del autor con la poesía y sobre su decidida voluntad de enfrentamiento con el poder en cualquiera de sus formas... dejando siempre alrededor un campo ético y estético en el que mirarse. «Who is me» recuerda bastante a aquella poesía civil, decadente y de izquierdas de «Las cenizas de Gramsci» que tanto elogiara Alberto Moravia.
En el transcurso del poema aparecen diseminados entre la rabia los asesinos de Guido –el hermano de Pier Paolo asesinado por sus compañeros de guerrilla–, los campesinos encendiendo una campiña idílica con su moral a cuestas, la madre como principio y fin, el Partido Comunista, la poesía hecha libros y crítica, el cine como excusa de todo y de nada, el fascismo y las contradicciones propias y ajenas, la religión con sus dudas, Roma, Alberto Moravia, la búsqueda de una definición de la poesía, América y Ginsberg, el valor del dinero cuando no se tiene y el horror que produce cuando sobra, la burguesía que sólo juega a ganar o a perder y cómo despreciarla, el compromiso de la escritura, los múltiples problemas del autor con la justicia, la corrupción de los políticos y de la política burguesa, la mafia del cine y sus mediocres dirigentes, las obras por escribir o medio escritas, el temor a la impopularidad de los escritores florecidos que adulan sin medida para mantener su pedestal, la muerte y la vida confundidas con la posesión...
Pero sobre todas las cosas, un río existencial muy caudaloso que lo arrastra todo, asolando a quien escribe a quien lee, desolando a quien regurgita sus versos y los racionaliza.
Muy destacable me parece la aseveración que hace Pasolini sobre que «la poesía es la acción real» y que evocarla –la acción real– es lo que puede concretarse en versos. Yo creo a pies juntillas que por ahí va la cosa, que la poesía habita en la vivencia, en el acto, en el sentimiento interior. No en la palabra, que sólo puede acercarse al hecho poético con grandes pérdidas en el camino. Así, el buen poeta es el que se deja menos material en el viaje, el que encuentra los versos que son capaces de contener todo el indicio deshidratado, el que es capaz de reproducir en el receptor un tanto por ciento de los sentimientos sucedidos en la «acción real» –no se confunda con el prosaísmo de lo descriptivo, por favor–. A más porcentaje, mejor poeta. Este planteamiento acabaría con cienmil poéticas en este justo instante. El decorado, el florilegio, la justa medida, el ritmo interno, la metáfora, el flou y el flash vienen bien y a mejor, pero no sólo...
«Who is me» es un poema profundamente humano en el que PPP se desnuda dejando a la intemperie una piel hecha de moral y de ética, una piel que quema y se quema, un poema fresco e innovador, dramaticamente proletario y amargo, desolador y bello, triste, muy triste.

El recuerdo inventado

Todos hemos desarrollado en nuestra memoria un apartado para el recuerdo inventado que generalmente tiene una frontera tan nebulosa con el recuerdo real, que tiende a mezclar y a confundir ambos tipos de recuerdos. El recuerdo inventado pertenece absolutamente al plano de la creacción y tiene mucho que ver con nuestro devenir vital. Evocamos acciones pasadas que no existieron pero que perfectamente pudieron existir, un beso furtivo, una travesura, unas palabras dichas en voz alta... y ese recuerdo siempre abunda en nuestro diseño del pasado, es decir, que modulamos el pasado a nuestro gusto para convertirnos, digamos que con un engaño menor, en el tipo que siempre quisimos ser. Esta forma de recuerdo termina penetrando de tal manera en nuestro proceso mental, que terminamos creyendo sin duda en que tuvo una acción real y propia. A mí me resulta fascinante trabajar en este campo e ir descubriendo poco a poco mis recuerdos inventados –con mucha dificultad, por supuesto–. El recuerdo usurpado es apropiarse de acciones que le sucedieron a otro y de las que sólo fuiste espectador, tomarlas como propias y sumarlas a la memoria personal con el mismo fin que el recuerdo inventado.
De estos dos tipos de recuerdos nace un pasado colectivo que procesamos hasta el punto de individualizarlo y personalizarlo en nuestro yo con el fin de argumentar el decorado justo en el que nos hubiera gustado existir.

«la poesía es la acción real»

Aseveraba Pier Paolo que «la poesía es la acción real» y que evocarla –la acción real– es lo que puede concretarse en versos. Yo creo a pies juntillas que por ahí va la cosa, que la poesía habita en la vivencia, en el acto, en el sentimiento interior. No en la palabra, que sólo puede acercarse al hecho poético con grandes pérdidas en el camino. Así, el buen poeta es el que se deja menos material en el viaje, el que encuentra los versos que son capaces de contener todo el indicio deshidratado, el que es capaz de reproducir en el receptor un tanto por ciento de los sentimientos sucedidos en la «acción real» –no se confunda el prosaísmo de lo descriptivo, por favor–. A más porcentaje, mejor poeta. Este planteamiento acabaría con cienmil poéticas en este justo instante. El decorado, el florilegio, la justa medida, el ritmo interno, la metáfora, el flou y el flash vienen bien y a mejor, pero no solamente...

Matelda

Una Matelda necesitaba hoy, una Matelda que fuese capaz de enseñarme el paraíso a la vez que me incitase al baño en las aguas leteas para que todo fuese también olvido. ¡Es todo tan importante! Ja, ja. ¡Tan importante...!: No tiene la sopa el punto de sal y se jodío el día... ¡Por Dios! Y así una hora sobre otra, un día sobre otro, una semana sobre otra.
No saber determinar lo que realmente tiene importancia es perderse la vida en jodidas anécdotas que sólo pueden ser estrategia de la máscara. ¿Qué dirán?, ¿cómo lo dirán?, ¿con qué pensamiento me mirarán? Y me sale un poema nuevo para sumar o restar. «AMANECE EN RIMINI»: «De las uñas mordidas o de lo que amé / cuando los días no sabían acabar / porque eran luz y ocaso y a la inversa // me quedó como un batir de párpados / un pestañeo sepia o blanco y negro / que me hace y deshace / que me rima hacia adentro / en justa consonante // El mar que no vi entonces / era una piel ajena / llamando a lo interior como una química // ahora paz / antes guerras mínimas tan grandes / tan sin derrota / tan despiadadamente dulces // Yo y vosotros / no fuimos / apenas somos / todo y nada // Sábanas blancas frías / para un calor común / tan compartido / como el pan o los golpes // como el pan / o / los golpes.». Y se detiene ese rumor de nada porque el poema ocupa su lugar sin más ambición que la de la línea manchada de signos.

Anatole France

No sé por qué hoy recuerdo a un personaje pintoresco de Anatole France. Evaristo Gamelin, se llamaba el tipo; un hombre de la revolución francesa, de nobles intenciones, que se dejó llevar por Robespierre a la práctica del terror. Recuerdo que todo en Gamelin era puro, profundo y andaba por los caminos de la lógica. Su fe en la revolución le hizo un ser sanguinario y hasta consiguió marchar hacia la muerte con la cabeza bien alta. Quizás me llegue Gamelin como un prototipo con el que experimentar durante un tiempo hacia afuera. Jugar al cedazo de las ideas puras y no dejar pasar ni una a nadie, amigo o enemigo, siendo implacable en todo. Aunque, la verdad, no tengo demasiadas ganas de volver a esa cresta en la que el respeto se expresa con puñaladas en la espalda y con amargo veneno en el café. Prefiero una pequeña muerte en mi Venecia diaria mientras se me deshace el maquillaje entre el sudor frío, una muerte mirando al mundo desde mi patetismo, pero en absoluto silencio.

Federico Fellini

Cuando Federico Fellini escribió el guión «Hammarcord – l’uomo invaso», que llegaría luego al cine con el título de «Amarcord», trabajó con una mezcla de recuerdos reales y de recuerdos falsos, es decir, con la memoria selectiva y con la memoria colectiva. El recuerdo falso es esa memoria inventada que recrea el pasado como laúdano o como recurso al olvido. A mí me encanta elaborar recuerdos que se sostengan y que ayuden a argumentar situaciones presentes y futuras. No se miente cuando se recurre al recuerdo falso, porque cuando toma calidad de recuerdo ya está dotado de existencia en la nebulosa de la mente, que lo procesa y lo asume como vivido. Por eso el recuerdo falso pertenece a la memoria colectiva, porque sin ser experiencia individual sí fue experiencia de grupo, ya que, normalmente, el recuerdo falso se ata siempre a un entorno real para que pueda funcionar como recuerdo. Es imposible armar un recuerdo falso que se concrete, por ejemplo, en haber volado con alas de pájaro; pero sí es factible recordar que abrazaste a una chica que conocías y que nunca estuvo entre tus brazos o que viste una película que realmente no viste, pero te contaron. De ese apartado inventado del universo de la memoria suelen nacer muchos actos creativos magníficos. Otro asunto es la capacidad de ensoñación o la imaginación desbordada, que no tienen nada que ver con el recuerdo falso. Viene todo esto a que en estos días he enredado en mi memoria con afán de escritura y, curiosamente, me han empezado a surgir dudas sobre muchos de mis recuerdos, por lo que he realizado un esfuerzo de memoria para encontrar recuerdos falsos, que son muchos, pero con relaciones tan cercanas a mi realidad, que se mimetizan en ella fácilmente y son asumidos sin mayores problemas como una realidad vivida. Como recurso literario, el recuerdo falso viene muy bien para establecer ambientes y decorados de otro tiempo que se vivió, pues generalmente el recuerdo se inventa para adjetivar el pasado personal y darle brillo, para literaturizar algún suceso destacable de tu vida con datos subjetivos que le sumen calidad y consigan mitificarlo.
Yo siempre he trabajado mucho con la memoria, especialmente con esa memoria selectiva que mitifica, por ejemplo, el sabor de una manzana, la textura de un bollo o el tacto de una piel; y lo hace hasta el punto de que nunca he vuelto a encontrar aquel sabor, aquella textura o aquel tacto, precisamente porque mi memoria lo ha procesado en el apartado de mis mitos. Cualquier ejercicio de escritura que realizo tiene presente el referente de la memoria, sea falsa, real o selectiva. De ahí mi preocupación por ella y el enredo en el que ando metido, muy agradable, por cierto, y bastante divertido.

La petulancia es como la sangre

La petulancia es como la sangre, es indispensable para la vida del hombre, y sólo la estupidez puede ponerle sordina, porque no es lo mismo ser un petulante a secas que ser un petulante y un estúpido.

Por las noches siempre vuelvo al trabajo, pero no a los números, vuelvo más bien a la soledad de mi cueva, al silencio de los fantasmas. Entonces leo poemas herméticos, relatos de emergencia, revistas literarias antiguas. Mi oxígeno está en las noches solitarias de lectura. Cuando no leo, escribo algunas cosas, pero nunca acabo nada, porque siempre he considerado que acabar un texto, cerrarlo, es asesinarlo. Todo queda siempre abierto en mi cueva porque estoy seguro de que la vida es sólo un proyecto hasta que se acaba, y, cuando se acaba, ya no es vida. Durante esas/estas horas de soledad fumo con delectación, saboreo cada cigarro como una muerte tranquila y deseada. Algunas veces me quedo absorto mirándome las manos. Otras veces me quedo dormido de puro cansancio.
A veces me da por pensar en la ternura de los números, en su valor positivo, en su significado concreto de adición y no de resta. Pienso en mi hijo Guillermo contando con la dificultad de la edad y con los dedos de la mano, así intento que los números me muestren su cara más agradable, pero siempre puede la realidad sobre mi esfuerzo: los números me ahogan.
Las letras son otra cosa distinta, menos cerradas de significación que los números, son signos arropados de indicio, signos abiertos que ponen una simbología incierta a la imaginación, y pueden ser mediocres si el hombre es mediocre, pobres si el hombre es pobre de espíritu, lúcidas si el hombre es lúcido, tristes si el hombre está triste... responden al ser mismo y al estado pasajero, laten al mismo son que el corazón del hombre, pueden emanar de las vísceras o del alma misma, definen o confunden, arman o destruyen, arrebatan o deprimen... Las letras, para su mal, también nombran a los números.
Me gustaría que mis hijos fueran brillantes, pero a la vez felices; que tengan la fortuna de cara, pero que también la miseria les toque las tripas; conocer sus vidas colmadas, pero saberlos inquietos. Mis hijos son el miedo, el miedo total y absoluto en todos sus estadios. Odio el miedo sobre todas las cosas, pero adoro a mis hijos, y ello me produce tensión, una tensión confusa muy difícil de llevar.
Cuando era joven, cuando apenas tenía más ataduras que las qué yo decidía, el miedo era algo ficticio y lejano. Nunca había pensado en la muerte como la pienso ahora, nunca había sentido los lazos de la sangre ahogándome como ahora me ahogan. Los hijos me traen el miedo de la desaparición, del acabamiento. También me traen el miedo que propicia la seguridad que debo darles y que yo mismo no tengo. Quizás en eso consista el amor: miedo, un miedo terrible a todo y a todos.
A veces, muy de tarde en tarde, salgo por la noche a tomar unas copas. Siempre hago coincidir mis salidas en solitario con algún evento pasado que me marcó vivamente. Salgo a beber solo en el aniversario de la muerte del dictador, el día en que se van cumpliendo los años de la muerte de Cesare Pavese –el día 27 de agosto–, el día que pienso en Casariego Córdoba atado a los raíles de una triste vía de tren... Siempre bebo Havana 7 con cola y zumo de limón o me fumo un poquito de maría. Y siempre acabo riendo o llorando solo, caminando despacio en la ambigüedad de la noche, mirando con tristeza a las farolas que escupen sobre mí su luz ámbar. Al llegar a casa, siempre, todos duermen plácidamente.
Sobre mi mesa tengo un diccionario VOX de Biblograf forrado en plástico transparente. Es un ejemplar antiguo de uso escolar, pero lo tengo porque me divierten las ilustraciones de línea que se reparten abundantemente entre sus páginas. En el corte del contralomo hay escrito su nombre junto a unos dibujos regulares que semejan un zócalo persa. Me gusta pasar las hojas con rapidez para producir un efecto de movimiento sobre el dibujo. Tengo también sobre mi mesa unas tenazas de golpe seco con las que personalizo los documentos de mi propiedad con mis iniciales en relieve. Trabajo en una estación G4 de Macintosh que amarillea por la acción del humo del tabaco. Completan mi mesa una cajita vacía de bastoncillos de algodón hidrófilo repleta de pinturas, un paquetito de Kleenex, dos ceniceros con propaganda de bebidas alcohólicas, una cajita de madera vacía que hace tiempo me regaló una amiga y tres mecheros baratos. Todo ello conforma un espacio habitable en el que poder soportar la venganza del tiempo y el dolor de los números. También reposan sobre mi mesa un motón de libros de poesía sin una línea definida.
Existir es no estar en los caminos paralelos al que hemos decido transitar, por ello me gustaría no existir, no estar anudado a un solo camino, pero no sé cómo se puede lograr tal circunstancia. Existo y lo vomito a diario, porque soy consciente de que cada paso niega mil pasos distintos, y estoy asqueado de esta constante elección. Existo porque escogí el patinete rojo en el sesenta y siete, porque opté por el bachillerato de Ciencias y no por el de Lengua, porque decidí empezar a fumar en el setenta y cuatro, porque pedí tres prórrogas de estudios para aplazar mi servicio militar, porque salí una noche y decidí volver a casa a las cuatro y cuarto de la madrugada mientras mis amigos continuaron la fiesta... Existir es dejar definitivamente de ser otro.
Hay días en los que me conformo con mirar una vela encendida o a una mujer que me sobrepasa en mi camino al trabajo o un escaparate lleno de esos productos que se hacen necesarios por los ojos y no por la necesidad misma. Esos días me sobrecoge una sensación de falsa felicidad que hace su laburo con exacta pulcritud. Conformarse, aunque sólo sea unos segundos, es permanecer, porque desaparecer es vivir, y vivir siempre lo entendí como no conformarse. Tonto juego de palabras, ¿verdad? Tonto juego de palabras cuando la vida sólo es una parte pequeñita del azar que es todo, absolutamente todo. ¿Acaso la más mínima célula, el ser más simple, no es fruto de un azar? Dios no existe si decidimos que no exista, y eso también es azar; un azar poco pensado, pero útil.
Otros días no me conformo con nada, y se me hace un nudo en la garganta, y eso es estar vivo. No sé por qué estoy aquí y soy como soy pudiendo ser de otra manera, no sé cómo puedo aguantar la vida que me he impuesto, no sé por qué escribo, no sé por qué no grito de una vez hasta que se me agote la voz. Pero eso es estar vivo. ¡Es estar vivo!
Últimamente me interesa mucho la muerte, noto en mí un sentimiento parecido a la pasión para con este concepto. Es inexorable, por lo que debiera estar aceptada desde los primeros estadios del conocimiento, pero siempre se la asocia a cierta fatalidad. Es bella, pero se la teme y se la desfigura en cualquier tipo de representación iconoclasta y se la mitifica desde el temeroso respeto en cualquier religión. No me importa lo que suceda después de la muerte, pero me subyuga su pensamiento, el pensamiento en el momento justo del salto de lo que supone un cuerpo organizado a un cuerpo caótico. La vida es orden y la muerte caos... ¿o quizás sea al contrario? No lo sé. En todo caso, me lo pregunto y me anonado intentando responderme. ¿Cómo será un mundo por negación? No vida ni muerte, no orden ni caos, no yo ni vosotros. ¿Se puede definir la inexistencia?, ¿y no es eso la muerte, pura negación? A veces es más práctico afanarse en una copa de vino con la compañía de unas olivas bien aliñadas... ¿Y no es eso también la muerte?

Meisterstuck 149

¿Y la belleza de la inutilidad? No es creador el que persigue la originalidad como camino único. El verdadero creador es el que sabe modificar la realidad de lo anecdótico creando símbolos universales.

Llevo las gafas colgadas del cuello por un cordón marrón con pequeñas abrazaderas doradas que atrapan las patillas de las gafas con auténtico celo, pero apenas me pongo las gafas porque me resultan molestas, aunque las necesito. Llevo un portaplumas con una pluma Pilot retráctil y una Meisterstuck 149 negra como el azabache más negro. La Pluma Pilot la utilizo para los garabatos –que cada día se hacen más frecuentes–, y con la Meisterstuck 149 escribo algunas notas sobre mis pensamientos y firmo los documentos de mi empresa. Las plumas son mi pasión, sobre todo si tienen el tacto frío y el peso justo para sentirlas deslizarse sobre el papel. A veces me parece que son una prolongación natural de mi mano y no las suelto en todo el día. Mis plumas ejercen una labor relajante con sólo tocarlas. En alguna ocasión he llegado a pensar que todo el rito de las plumas tiene que ver con alguna carencia personal o con alguna frustración. No llevo anillos, ni el de casado, pues me dan una agobiante sensación de pérdida de libertad, de vínculo visible hacia los demás, un indicador de propiedad que no me gusta nada.

La soledad

La soledad es el mejor acento para la razón.
Cuando se está absolutamente solo, cuando incluso los lazos más íntimos con los demás se olvidan, la razón funciona en su máxima pureza; pero es una razón individual que se modela con parámetros absolutamente únicos. No importa el otro, no existe la barrera de la conciencia ni la del ridículo. Desde esa razón pura se pueden arbitrar todos los movimientos, se pueden abarcar todos los indicios y darles la forma apetecida. Quizás en este justo punto la razón haga una bella intersección con la libertad. De tal experiencia interior nace el acto creativo, que no tiene por qué tener una respuesta física... la creación para el deleite único del creador, la razón como experiencia interior inigualable, la libertad como patrimonio individual irrenunciable.».
A veces me asaltan días vacíos en los que deseo morir con la intensidad más inimaginada. Me veo ínfimo, inexistente, perdido en los números vacíos de mis libros de cuentas y de mis papelotes. Soy incapaz de mirarme en los espejos, y menos en los ojos de los otros. Esos días fumo hasta la extenuación y me desato en garabatear papeles, uno detrás de otro, a una velocidad de vértigo. Los garabatos de hoy son números deformados hasta resultar irreconocibles, «unos» con el mástil rizado ocupando toda la superficie del papel, doses espirales con la inocencia perdida, treses abombados hasta el mismo ridículo, cuatros torturados en una eterna pasión de cruces, cincos con chorretones semejando la cera de una vela deshecha, seises anonadados en multitud de círculos concéntricos como cerezas o palomas a veces, sietes obtusos, ochos entrelazados como rúbricas antiguas, nueves como una arboleda infantil indefinible. La garganta es pura flema y el tabaco me escuece en la lengua, en los pulmones. Y retorno a los números sin ganas, sumándoles los otros números terribles, los de las horas, los minutos, los segundos.

Quiero a mi cuerpo, pero noto cómo se me va de las manos, cómo envejece, cómo se arruga ante mis ojos. A veces no me reconozco en los espejos ni en los escaparates. El tipo que se enfrenta a mí no soy yo; después de mirar un rato, sólo encuentro algo mío en su mirada, pero no soy yo. Crecer es percibir cómo la piel se adapta sin queja alguna al modelado de las vísceras y a la flaccidez de los músculos, notar las canas nevando el pecho, las sienes, el mentón. Mi autobiografía también es mi cuerpo con todos sus humores, con sus breves bacterias, con su bello rizado floreciendo bajo el sexo patético.

Seguir al poema

Muchas veces me pregunto sobre la finalidad del poema, sobre su uso, sobre la cruz o el gozo de conformarlo y sobre el vacío hacia el que navega siempre. ¿Por qué escribo poesía y para qué? Y sólo se me ocurren respuestas comunes que me he repetido siempre hasta el descanso de la duda.
Una de mis respuestas va por el camino de lo laudánico: escribo porque me calma, porque expulso tensión y silencios nocivos, porque el poema es chamán que sabe sacarme la rabia, el odio y la desesperación. ¿Lo hago sólo por eso? No lo tengo nada claro. Otras respuestas nadan las aguas de la comodidad del regate corto, de la suntuosa habitación de la vanidad, de todo lo alimenticio, de la mentira individual hacia lo colectivo.
La verdad es que ninguna respuesta me sacia. No sé por qué escribo y tampoco sé qué obtengo de la poesía, a no ser preguntas infinitas y enredadas que jamás me alumbran certezas, Sé institivamente que el poema me ayuda, me llega y se va, me acompaña; sé que a veces me duele hasta nacer y otras me mata de risa. Sé que es necesidad cuando falta e insatisfacción cuando respira, pudor cuando crece y tranquilidad absoluta cuando quiere morir. Averiguo que casi siempre es trampa propia y ajena.
El poema como arma contra mí mismo y contra los demás, como alimento del espíritu y como vacío en el otro, como lucha y como pecado justo para morir en gracia.
Seguiré preguntándome, seguiré preguntándole al poema. Quizás siga al poema sin más.

2008-11-14

Hank

Hice noche con Hank en el Motel Viking [28 dólares la habitación… 30,10 con el impuesto] y nos reunimos después de cenar en su habitación para charlar un ratito y beber unas copas de ‘petite sirah’ mientras enganchábamos el sueño [era la habitación número 20]. Sobre la colcha azul raída Hank me explicó que una mujer que jamás haya podido ver a su hombre desnudo con el miembro en reposo puede sentirse una mujer querida, a la vez que me comentaba que a él nunca se le había dado tal circunstancia, y por eso sabía que no había dado aún con la mujer de su vida.
Había allí una televisión en blanco y negro de 12 pulgadas. Hank la encedió, subió el volumen y la puso mirando a la pared.
– No sé dormir sin compañía, amigo.
Cuando nos despedimos, vi cómo Hank comenzaba a boxear con su sombra.
– Siempre hago ejercicio antes de dormir… nunca al despertarme.

Lucía Ashton*

Caminando por el centro de Madrid, coincidí con Lucía Ashton –nos conocíamos de un encuentro en Glasgow al que asistió con su pareja–. La saludé asombrado de encontrarla así, sola, en Madrid, caminando como perdida; y le pregunté por los detalles de su estancia.
“Vine hasta aquí atraída por una manifestación de víctimas, pues como yo lo fui siempre, tomé la decisión de mostrarme y gritar… pero está escrito que toda criatura viviente, aún aquellas que deberían mostrarse más corteses conmigo, ha de huir de mí y abandonarme a quienes me persiguen…”
Preocupado, me interesé vivamente por si le había sucedido algo en lo que yo pudiese intervenir.
“Nada, amigo, nada… tan solo caí entre una multitud que buscaba el horror como necesidad práctica… ahora me vuelvo a Escocia para morir a solas.”.
La besé en la mejilla y nos despedimos sin más.
La ciudad se presentía tomada y sin futuro.

* (Lucía Ashton es un personaje creado por Walter Scott para su novela “La novia de Lammermoor”)

Iván Turguenev

Después de leer una edición del diario “El Mundo” que le llevé a su domicilio, Iván Turguenev, que andaba engolfado en la escritura de una novela que titularía “Víspera”, decidió sumar a la misma un personaje que fuera todo lo contrario de la representación de un político medio español según ese diario cavernario y conservador. Creó así a Dmitri Nikanorovich Insarov, un hombre de voluntad incomparable, gran perseverancia, cumplida decisión y un alto dominio de sí mismo con un perfecto añadido de honradez y sinceridad.
Pasaron unos meses y volví a visitar al maestro con cierta curiosidad por conocer a ese personaje del que fui de alguna manera detonante.
Saludé al Turguenev cuando me abrió la puerta de su casa y, cuando se me presentó la ocasión, le pregunté por Insarov.
”Un completo fracaso –me respondió–, Insarov era tan vulgar y anodino que sólo me sirvió para hacer una crítica velada de la nueva generación rusa… pero nunca para conseguir cierta altura literaria”.
Sonreí levemente y le entregué la grabación de un programa de radio dirigido por un tal Losantos.
La escuchó y se le encendieron los ojos.
“Esto, amigo, no admite literatura… es ya literatura”.

Rieux*

Esta misma mañana, cuando salía acompañado del doctor Rieux* de la Biblioteca del Estado de La Casa de Las Conchas, tropecé con una rata muerta. Le mostré a mi amigo tan grosero deshecho y noté cómo su cara pasaba de su general gesto relajado a un gesto de preocupación.
Se acercó a mi oído y me dijo: “Dios vuelve a estar callado, amigo Felipe… Volverá el dolor”.
Mientras Rieux me hablaba, pasó a nuestro lado un tal Lanzarote.
Rieux le miró y siguió diciéndome: “Ni en Orán fueron los presagios peores…”.
Y tomamos camino hacia nuestra pensión de la calle Meléndez.
No llovía.

*(Rieux pertenece al mundo creativo de Albert Camus, exactamente al mundo de “La peste”).

Homais*

Cuando visité a Pier Paolo Pasolini en el hotel de Riva Ligure en el que se alojaba, le encontré desastrado y arisco. Me recibió a pesar de su estado y charlamos de asuntos superficiales durante más de cuarenta y cinco minutos.
De repente, cuando nuestra conversación transitaba por la curia romana y sus asuntos oscuros, Pier Paolo cortó la conversación con una especie de rugido, me miró fijamente a los ojos y dijo:
“Eres la reencarnación de Homais, cabrón. Mediocre, anticlerical y volteriano… siempre pendiente de tus intereses. Tu alma provinciana no te permite ver cómo caemos vencidos los héroes, mientras te hinchas con tus condecoraciones absurdas y grotescas… Métete tu seguridad donde te quepa…”.
Y haciendo gestos de bufón, como una burla, desapareció por el pasillo de camino a su habitación.
De vuelta a casa, pensé en sus palabras y las encontré cargadas de razón… a los mediocres sólo nos queda la posibilidad de ser Homais, que es como ser nada.

* (Homais es un personaje de “Madame Bovary”, de Gustave Flaubert).