2008-11-15

Nicolás Maquiavelo

Ponerse viejo es consentir la cruz de conservar cada una de las cosas que tienes, temer por ellas y ponerlas por encima de cualquier valor exterior y humano. Ponerse viejo es adular para permanecer o callar para permanecer o llorar para permanecer o esconderse para permanecer. Ponerse viejo es sentirse triste todo el tiempo y esperar. Ponerse viejo es una acción que no tiene nada que ver con la edad y que se mide en parámetros de ilusión y de ganas. Ponerse viejo es dar por hecho el amor... Ponerse viejo también es percibir cómo triunfan los necios mientras tú no sabes poner en valor la diferencia. Nicolás Maquiavelo agrupaba como poetas menores a todos los que hablaban del amor –y eso también es ponerse viejo–, aupando a superiores categorías a los poetas épicos y a los escritores políticos, aunque eso quizás fuera otra ironía del maestro de maestros. No sabía Nicolás en qué iban a terminar los políticos, a pesar de su convencimiento de que todo es circular y cada tiempo es una onda igual a la de un tiempo anterior. Supuso magníficamente que el mundo era de los políticos, pero erró al catalogarlos como los seres más audaces, dignos de compartir con él un trocito del infierno –y eso también fue ponerse viejo–. No atinó a imaginar que los gobiernos iban a ser la viva imagen del pueblo, es decir, la purita mediocridad, que ya no habría líderes capaces de espolear conquistas al frente de sus ejércitos poniendo su pecho para la primera flecha o para el primer venablo. No supo imaginar al líder refugiado en retaguardia, matando incluso a los suyos para que le sirvieran de parapeto o para parecer un muerto entre los muertos. Girólamo Savonarola lo alumbró con su facciosa profética en el mismo tiempo y le llegó la hoguera. Lo que ayer fue el candor del miedo y la épica de la gloria en la batalla, hoy es el conformismo consumista y la lírica del fraude mediático. Se han confundido todos los términos y el «gran comercio» mete la mano por el culo a las marionetas políticas para entretenernos con un cuento teatralizado que no tiene parangón en la historia de la Literatura ni en el resto de las «historias»... En todo esto se equivocó Nicolás, pero con la consideración de que se equivocó en el encabalgamiento de los siglos XV y XVI, acertando –eso sí– en mil percepciones de la sociedad, la política y la religión en las que el 99% de la gleba siglo XXI aún no han caído. Dos mundos humanos conviviendo en el planeta hoy: Uno masivo y de corte absolutamente medieval, y otro minoritario y con ideas preclaras, pero abrumado y sometido –no me incluya en ninguno, Urah amigo–. Se equivocó también Nicolás en su percepción de la poesía amorosa y del amor mismo como algo «menor», y sobre todo se equivocó con Ovidio; pues no intuyó que el amor se mantendría hasta el día de hoy con la misma fuerza y la misma potencialidad de hacer y deshacer en todos los terrenos humanos –ahí Jesús de Nazaret estuvo más vivo, y a los resultados me remito (debería decir con más precisión que «estuvieron más vivos sus acólitos»)–. El amor y el desamor como monedas de cambio, como argumentos de poder y de gobierno, como rendición en la unidad fundamental humana –la pareja o «la familia»– y como reflejo mítico hacia el héroe de entonces y hacia el sátrapa de hoy. Todo se mide en una escala de testosterona y estrógenos, de erección y penetración, de reprodución para el consumo y de institiva afinidad hacia los productos de ese mismo consumo –siempre mediando la subliminalidad en los niveles químicos y físicos–, que van desde el jabón rejuvenecedor hasta el líder político. Ya no hay «Príncipes» como los que decía Maquiavelo, que ahora todo se resume en «nestlés» y «nabiscos», en «lokeeds» y «mercedes», en «shelfs» y en «repsoles», en «bebeuveás» y en «americanexpreses»... La máquina global ha sustituido al líder, al príncipe, al tirano. Ellos ponen y quitan, dan y toman, y es con ellos con quienes se debe hablar en el Infierno, no con los políticos, Nicolás, no con los regentes, no con los jefes militares, no con los intelectuales. La industria farmacéutica, por ejemplo, va 10 ó 20 años por delante de la investigación médica oficial y antepone su servicio al mercado sobre el servicio a la sociedad, y lo mismo sucede en cada uno de los campos sobre los que decidamos preguntarnos. El hombre no importa, importan sus ingresos y su capacidad de gasto. Si Nicolás hubiera nacido ayer, quizás tuviera «la vida de Gates» –y juego aquí con el título de una magnífica novela de mi amigo Braulio García Noriega– o lo mismo buscaba un suicio en bolsa. El dinero es el «Príncipe», y el «amor» es la esperanza o su exacto contrario, que todo depende del color con que se mire, pero también es la «esperanza». En todo caso, me quedo con las divinas palabras de Nicolás Maquiavelo cuando dice que «el hombre no es, ni mucho menos, el señor del Universo, como por vano orgullo le gusta creer, sino víctima de la naturaleza en primer lugar y luego de la fortuna. Nace desnudo y lorando; su voz llena los aires. ünico entre todos los animales de la creación, es capaz de espantosas crueldades contra sus semejantes: sin embargo, ninguna otra criatura parece tener tanto anhelo de vivir y tanto deseo, y necesidad, de lo eterno y lo infinito». Sabía de lo que hablaba el perico, conocía al personal desde antes de Aristóteles hasta nuestros días y percibía hace ya quinientos añitos lo que muchísimos hombres son incapaces de percibir hoy mismo. Eso también es ser «Príncipe», un príncipe de la luz que como máxima fortuna material puede llegar a tener un pañuelo para enjugar sus lágrimas... Pero también es ser viejo, como entenderlo es ponerse viejo.

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