2008-11-15

profundamente ateo y gozosamente existencial

¿Cómo he llegado a ser profundamente ateo y gozosamente existencial?
Sinceramente, negar la existencia de un dios es fácil y, además, los hombres de dios te ponen el camino diáfano. Otra cosa es demostrar y demostrarse que no hay un ente anterior y creador y, a la vez, posterior y destructor. ¿Cómo demostrar lo que no existe si no hay parámetros a los que atarse? En este caso sólo se puede argumentar en la demostración la idea que el hombre se ha hecho del concepto «dios», y desde ese punto también es relativamente fácil llegar a la conclusión deseada, la que se quiera, por supuesto, que es cuestión de retórica y no de «verdad».
Ser ateo, en todo caso, es mucho más difícil que ser creyente, mucho más peligroso y mucho más incómodo.
Mi ateísmo niega la existencia de un dios y se preocupa de forma individual por los negativos efectos de esa creencia en las personas de mi alrededor que, por ella, pueden inducir variables en mi existencia que no quiero. Es decir, dios no existe, pero su idea y su creencia en él son capaces de afectarme y de modificar mi entorno.
Así pues, estoy en la lucha de no creer y en la de protegerme del creyente que toma su creencia como verdad tangible y la extrapola al medio con fuerza real llegando incluso a ser agresivo hacia el no creyente.
Además de ateo, me encasillo sin reservas en una suerte de gozo existencial [parecen términos contradictorios, pero aseguro que no lo son, pues puede gozarse del pesimismo existencial precisamente porque desde la seguridad de ser «un hombre lanzado al porvenir» todo se hace más intenso, cobrando cada acto un valor que no pueden degustar los que esperan «otra más alta vida», pues se goza lo que se agota sabiendo que no volverá y se goza lo que se comienza sabiendo de antemano que tendrá un final preciso]. En mi existencialismo lucho por la individualidad como raíz y norte, una individualidad que después del hallazgo se extienda a lo social para «compartir» sin el apellido de «propiedad»: Yo creo –de crear– en lo individual y echo al mundo lo creado con libertad de uso [no me parece que esta idea se pueda dar de cara con los conceptos socialistas o comunistas... sí que los tergiversa en su esencia, pero comparte sus fines y hace que se llegue a ellos con más brillantez y mejores posibilidades de éxito]. Por tanto, tengo claro que soy un hombre único, con existencia individual y con un definido principio y un seguro final; que estoy en un proyecto de vida que me trabajo a diario y que igual que tomo lo que considero positivo de otras individualidades, entrego sin preguntas lo que haya nacido y crecido en mí y pueda ser utilizado por otros, ya que considero que cualquier descubrimiento humano pasa a ser universal –por pequeño o vano que sea– y entra a formar parte de la genética de las generaciones posteriores sin esa mediación de corte capitalista que se llama «propiedad intelectual» y que no es más que intentar sacar un provecho material de lo que pertenece al humano como especie en evolución [en este punto es un ejemplo claro el asqueroso negocio que hacen las multinacionales farmacéuticas dejando morir a millones de hombres mientras tienen las fórmulas para la curación de sus males metidas en cajas fuertes esperando a que multipliquen sus ganancias]. Ésa es la justa inmoralidad del imperante sistema capitalista.
En mi individualidad, igual que tomo del otro, doy y comparto. Y el gozo llega de ambas direcciones del camino... igual que llegan la soledad, el temor, la sensación de acabamiento o la tristeza.
... También procuro ser hedonista cuando se tercia.

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