2008-11-15

La soledad

La soledad es el mejor acento para la razón.
Cuando se está absolutamente solo, cuando incluso los lazos más íntimos con los demás se olvidan, la razón funciona en su máxima pureza; pero es una razón individual que se modela con parámetros absolutamente únicos. No importa el otro, no existe la barrera de la conciencia ni la del ridículo. Desde esa razón pura se pueden arbitrar todos los movimientos, se pueden abarcar todos los indicios y darles la forma apetecida. Quizás en este justo punto la razón haga una bella intersección con la libertad. De tal experiencia interior nace el acto creativo, que no tiene por qué tener una respuesta física... la creación para el deleite único del creador, la razón como experiencia interior inigualable, la libertad como patrimonio individual irrenunciable.».
A veces me asaltan días vacíos en los que deseo morir con la intensidad más inimaginada. Me veo ínfimo, inexistente, perdido en los números vacíos de mis libros de cuentas y de mis papelotes. Soy incapaz de mirarme en los espejos, y menos en los ojos de los otros. Esos días fumo hasta la extenuación y me desato en garabatear papeles, uno detrás de otro, a una velocidad de vértigo. Los garabatos de hoy son números deformados hasta resultar irreconocibles, «unos» con el mástil rizado ocupando toda la superficie del papel, doses espirales con la inocencia perdida, treses abombados hasta el mismo ridículo, cuatros torturados en una eterna pasión de cruces, cincos con chorretones semejando la cera de una vela deshecha, seises anonadados en multitud de círculos concéntricos como cerezas o palomas a veces, sietes obtusos, ochos entrelazados como rúbricas antiguas, nueves como una arboleda infantil indefinible. La garganta es pura flema y el tabaco me escuece en la lengua, en los pulmones. Y retorno a los números sin ganas, sumándoles los otros números terribles, los de las horas, los minutos, los segundos.

Quiero a mi cuerpo, pero noto cómo se me va de las manos, cómo envejece, cómo se arruga ante mis ojos. A veces no me reconozco en los espejos ni en los escaparates. El tipo que se enfrenta a mí no soy yo; después de mirar un rato, sólo encuentro algo mío en su mirada, pero no soy yo. Crecer es percibir cómo la piel se adapta sin queja alguna al modelado de las vísceras y a la flaccidez de los músculos, notar las canas nevando el pecho, las sienes, el mentón. Mi autobiografía también es mi cuerpo con todos sus humores, con sus breves bacterias, con su bello rizado floreciendo bajo el sexo patético.

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