2008-11-09

Sartre

Cuando se sostiene el deseo como pulsión hacia lo irracional es exactamente cuando funciona como detonante humano y es capaz de llevarnos a los terrenos abstractos en los que nos hacemos y deshacemos, consiguiendo ser camino de sufrimiento o de gozo [da igual, pues ambos caminos son perfectos para conseguir un hombre creativo]. Y con el deseo viene su gestión y su uso, ya que podemos tramitarlo desde la visión aristotélica como una parte de nuestros apetitos, siendo fruto de una elección previa y consciente… o convivir con él desde una visión platónica, sintiéndolo como una pasión que se sale de la razón, pero que le da motivos para crecer y desarrollarse… o sentirlo como aquella ‘aspiración a algo más’ expresada por Tomás de Aquino… o notarlo como la ‘agitación’ cartesiana que te dispone a querer mejorar… o derivarlo a la propuesta hegeliana de conformador de la ‘conciencia de sí mismo’ en su estado normal, el de infelicidad… o, lo que más me gusta, ese ‘ir hacia algo’ para quien desea y para el objeto del deseo, idea que propuso Sartre, ese querer la imposible trascendencia del otro en nosotros mismos.
En cualquiera de los casos, el deseo es siempre posibilidad de creación, y por tanto posibilidad de singularización. En su trámite podemos sentir placer, felicidad, desesperación, angustia o dolor… pero siempre será motor de actividad del hombre hacia sí mismo y hacia todo lo que le rodea.
Yo no quiero dejar de desear nunca… a pesar de que el deseo mal gestionado es también culpable de uno de los mayores males que azotan al hombre: el consumo… esa pasión por obtener objetos que arma la economía capitalista y ataca al mismo centro del humanismo con fiereza.
No sé.

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