2009-09-26

Jean Baudrillard

“¿Qué ángel llevas oculto en la mejilla?”, me preguntó, y me miré las manos manchadas de carbón… solo se me ocurrió ponerlas sobre su camisa blanca para sentir esas albricias locas de un cuerpo masculino…
El tipo era bajito, pero miraba hondo y no encajaba en el paisaje del Queensborough… y yo lo deseé tanto como una huida, igual que a la muerte por las tardes, doblado ante los montes de carbón, cuando el trabajo me deja tumefacto deambulando por las calles y fumo cigarrillos liados para salvar el tráfago azaroso de la muerte…

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Contaré un secreto que tiene mucho que ver con mi escritura… pero, ojo, es un secreto… así que no se lo digáis a nadie.
Soy, desde hace unos años, un fanático frenético de frenopático de la obra visionaria de Jean Baudrillard… me fascina su curiosidad extrema, aquel encenderse un cigarrillo tras otro mientras conversaba [yo lo imito al dedillo en esa fragua], su pasión acerada por los desiertos, lo dejado de lado que le tuvo la intelectualidad durante una cabrona pila de años [quizás fuera su mejor triunfo], su idea desatada sobre la posmodernidad, su genial teoría crítica contra el principio de producción, proponiendo la destrucción de la cultura moderna con mucho atino –a mi modo de ver, claro–; su hermoso canto a la seducción, su tremendo espíritu crítico [que le llevó a contestar, discutir, criticar y desmontar cualquiera de los sistemas sociales, espirituales o económicos de la historia del hombre], su ardoroso amor por el símbolo en cualquiera de las opciones posibles en que pueda ser presentado, la clarividencia de ver con nitidez pasmosa el uso represivo que hacen las sociedades diversas de la muerte para lograr magros activos de producción, sus altibajos constantes demostrando su calidad de hombre en proceso, su nihilismo desencontrado con todo y con todos, el descubrimiento filosófico de los medios de masas y de la realidad virtual que conllevan… y su inigualable principio de la reversibilidad, en el que enuncia el valor de la seducción como únicamente reversible, es decir que la seducción se transforma en poder deplorable si quien seduce no puede ser a su vez seducido [a eso lo denomina “poder real”, que no es otro que el que ostenta quien seduce sin dejarse seducir].
Recomiendo encarecidamente a los amigos la lectura de su libro “De la seducción”, que podéis encontrar sin dificultad en http://www.scribd.com/doc/7310903/Baudrillard-Jean-De-La-Seduccion traducido por Elena Benarroch [es un PDF de la edición de Cátedra de 1981]. Os aseguro un buen rato de lectura y una dosis altísima de descubrimiento.
En fin… una pasada.

Damayantí :: fábulas del descendimiento / 3 ::

Era ya tarde y yo iba con la intención de recogerme en mi casa, después de una larga partida de julepe con Jules, Manzoni y Antoñito de Almeida [amigos viejos y tahúres venidos a menos por sus absurdas aficiones literarias]. La calle estaba como vaciada por la falta de luz y lo alto de la hora, y debo reconocer que sentí cierto temor cuando presentí que alguien caminaba a mi espalada. Decidí detenerme para verificar mis oscuras sensaciones o calmarme. Efectivamente, al cesar mis pasos, otros fueron tomando enfoque en el ambiente enrarecido de la noche.
Mi tensión bajó su tono cuando mis ojos anotaron un cuerpo liviano de mujer que se acercaba hasta donde yo me encontraba. Di las buenas noches, pues en mi educación figuran mil marbetes de ese estilo, y la mujer me miró fijamente a los ojos. Era joven y parecía contener esa belleza digna de las mujeres cuidadas. Respondió a mis palabras con un gesto y siguió su camino durante unos metros. Se detuvo. Se volvió hacia mí y me preguntó con una voz suave y preocupada: “Por favor, señor, ¿no se habrá cruzado usted con un hombre vestido de color celeste?”. Le respondí que en mi camino no me había cruzado con nadie. Me dio las gracias y se perdió en la sombra de la esquina que doblaba la calle. Yo rematé mi caminó y no acabé de dormir bien en toda la noche, pues me perseguían aquella voz y aquella mirada.
Un par de años después, en una visita que hice a Mayápur, una aldea encastrada entre el Ganges y el Jalangi, al oeste de Calcuta, encontré una imagen de Shiva que era la exacta reproducción de la mujer que me encontré aquella noche de julepe. Pregunté a los nativos y me explicaron entusiasmados que el origen de aquella imagen se perdía en la noche de los tiempos y que en la literatura oral se contaba que posó para ella la princesa Damayantí justo antes de salir en busca de su esposo para no regresar jamás.
Me pasé dos días rodeado de sonrientes miembros de Hare Krishna que me dejaron un extraño tuntún de tambores en la cabeza. Recuerdo que era época de monzones y que, fuera de todo pronóstico, no llovió durante mi estancia en Mayápur.
Durante aquel viaje fue la primera vez que vi volar a un cisne.

Fantine :: fábulas del descendimiento / 2 ::

Hablando con mi dentista, durante la cura de urgencia de una muela careada, me contó que, hacía unos meses, le había comprado los dientes a una joven madre bellísima, que respondía al nombre de Fantine, que necesitaba con desesperación una cantidad urgente para curar a su hija de una rara enfermedad. En un primer instante no caí en la cuenta, pero cuando andaba saliendo de los efectos del anestésico que el sacamuelas me había suministrado, recordé que en uno de mis viajes a París, mientras compraba pan en Poilâne, una vieja panadería de Rue Cherche Midi, una joven bellísima sin dientes se dirigió a mí para pedirme unas monedas. Le di sin pensarlo algunos francos nuevos. La joven me sonrió y me sorprendió con estas palabras: “señor, no hay como la miseria para hacer resaltar con intensidad la luz más profunda y angustiosa de una persona… y eso es bello”. Me gustaron tanto sus palabras, que le pedí su nombre y lo apunté en mi cuadernito de viaje –se llamaba Fantine–, junto a su bella prédica, con el fin de utilizarlos en alguno de mis escritos. Luego de aquel encuentro tome café con Victor H., un amigo francés, en un local de la Rue du Bac y le conté mi encuentro.
Ahora ya no me duelen las muelas, pero tengo arrugado el corazón por haberme olvidado tanto tiempo de Fantine y de sus palabras, y, sobre todo, de no haberlas aprovechado nunca en un buen relato. ¡Lástima!
Quizás mi amigo V. H. aún lo recuerde.

Franz Moor :: fábulas del descendimiento / 1 ::

Fue mirar a Franz Moor y saber que el rostro encierra toda la ignominia del alma. Ya me lo había avisado Shiller una tarde de octubre en la que nos tomábamos unas tazas de ponche en The Punchbowl, una tabernita de la discreta calle Farm Street, en el barrio de Mayfair londinense: “te asustará conocerlo, Luis, pero es imprescindible que tengas esa experiencia para comprender al personaje orquestal que estoy creando para mi próxima obra, un tipo al que no trataré de forma alguna como un ser humano”.
Recuerdo que aquella tarde tuve la impresión de no pisar la tierra firme mientras los ojos de Franz se enfrentaban a los míos.
Llovía mansamente y los estorninos se refugiaban en los álamos.