2014-11-14

Un poema ciático.



No está la dulce Ipsitila en la casa, no está desde hace años.
Recuerdo que me topé de golpe con el poema 288 de Catulo mientras era estudiante de Biológicas en la Universidad de Salamanca y sonreí como un chiquillo mientras corrí a leérselo a mi amigo Juanito Montero… luego llegaron Marcial, Ovidio, Giorgio Baffo, Aleister Crowley, Drummond e incluso Espronceda. La poesía erótica y pornográfica caló en mí de tal forma, que me hice coleccionista atento de poemas lúbricos y me encantaba leerlos en reuniones de amigos… pero hoy no está la dulce Ipsitila en la casa porque me duele la pierna como su puta madre por un azar pinzero y cabrón del ciático… oye, qué cosa… un dolor sordo y profundo que comienza en el centro de la cacha (llamémosla nalga) y  la rodea hasta llegar a la ingle para bajar a su bola por lo más profundo del muslo y anidar en el gemelo como un calambre a medias y continuo que no te deja andar… y menos pensar en otra cosa que no sea ‘tengo nalga, ingle, muslo, gemelo… tengo nalga, ingle, muslo, gemelo… tengo nalga, ingle, muslo, gemelo… tengo nalga, ingle, muslo, gemelo… tengo nalga, ingle, muslo, gemelo’… un dolor mantenido que me deja ridículo para bajar del coche, imbécil para salir a recibir clientes, tonto de baba para levantarme de la silla, absurdamente impedido para ponerme los calcetines… y yo me refugio en esa tontería de que ‘el dolor educa’, me empecino en sacarle partido positivo a esta cojera haciendo el ganso a ratos y sonriendo al jodido tendido si se tercia… y este dolor anopheles, pinsapo, cascarrabias, insiste y me acartona hasta que me doy cuenta de que no tiene ni puta gracia estar como tullidito… y busco en el estante de arriba, a la derecha, la edición viejecita de Catulo (inhumano alzarme hasta ese libro, pero lo hago)… y me siento y lo abro y busco el primoroso poema 288…

Te lo ruego, dulce Ipsitila mía,
encantos y delicias de mi vida,
invítame a tu casa por la siesta
y hazme este otro favor, si es que me invitas:
que nadie eche el cerrojo de la puerta
y ten tú la bondad de no salir.
Mejor quédate en casa preparada
para echar nueve polvos sin parar.
Aunque invítame ya, si vas a hacerlo,
que acabo de comer y, panza arriba,
atravieso la túnica y el manto.


Es un poema ciático… ¿no ves?

2014-11-05

A mi hijo

Te preguntarán
los flujos migratorios desde el Sur a tu tierra,
la estética de Tápies,
el sintagma verbal
y la función sináptica del sistema nervioso...

Querrán que tengas base
de moral y de historia,
que entiendas cómo crecen
las plantas en los campos,
que sepas operar
con una o dos incógnitas
o que sientas el mundo
tal como lo hacen ellos.

No tendrás más opciones
que rendirte a sus normas
o ser un desclasado
feliz –entre otras cosas–,
pero ten muy presente
que si no te doblegas
debes ser fuerte y uno,
sensible y destructivo.

Ellos querrán que sepas
lo que les hace fuertes.

Yo estaré satisfecho

con un «insuficiente».

Arder

Arder... 
y que no se parezca nada a nada... 
o que llueva de pronto 
como en las selvas violadas, 
o que aparezca un ángel exterminador 
y se juegue al julepe su espada tanatoria...  

Arder y que se vea que arde, 
que se aprecie el desnudo a simple vista 
y nada pueda ya sujetarse 
a salientes antiguos ni exista cordada cierta...  

Arder y que todo sea nuevo, 
distinto, moldeable... 
que todo sea como empezar un pan recién hecho 
o dar ese mordisco glotón a la manzana nueva...  

Arder y que empiecen a cambiar los parámetros, 
que la unidad sea otra, 
que el paradigma no conozca algo previo y ya probado...  

Arder y que el latido vuelva 
a ser el metrónomo del tiempo que ha de hacerse a dentelladas.

Las causas no vendrán de sus efectos, 
como ahora... 
vendrán como recién paridas, 
con un pasado amniótico tan solo 
y un futuro perfecto.

He comenzado camino otra vez 
y quiero ser la llama viva, 
el cordón de seda que se sujeta al vientre, 
el par de casi todo 
y el impar absoluto de cada ingratitud... 
quiero ser el que abra la trocha a dentelladas, 
el que dé el primer grito por cada latido nuevo, 
el que remeta las sábanas cuando ya todos duermen... 

dueño de mí hasta para el fracaso... 

si es que llega.

Ascaris lumbricoides

Ascaris lumbricoides, 
heteras animales del mundo más pequeño... 
¿acaso es un problema la entropía o el jodido euribor?, 
¿lo es el cambio de hora?... 

vuestro existir nematodo y parásito 
no entiende de otra cosa 
que afecte a la existencia de diario, 
al encontrar nutrientes con los que hacer el gasto 
de la energía precisa 
y al perpetuar la especie con juegos en el huésped... 

todo igual que el vecino de aquí al lado, 
que vive en unas nalgas que no quiere, 
pero que le alimentan; 
que toma su vinito a mediodía 
sin saber que a la puerta del barucho 
está el mundo enterito con sus guerras y todo... 

tan solo podrá diferenciaros 

el bastón de castaño en un desnudo.

Un respiro catulino

Caléndula, la que muere en mis brazos cada noche,
no sabe aún que envejece y malgasta su tiempo
en pensar en vestidos y chapines de cuero.
Acapara miradas de varones trempantes
y se solaza de ello con alguna sonrisa.
No puede adivinar que en un lustro cortísimo
ni de puta le darán dos sestercios.

Caléndula, la que muere en mis brazos cada noche.

No es colirio

No es colirio, 
pero encierra lepantos en sus ojos de azufre, 
cadáveres flaquitos en sus labios de crema, 
ancianos persas en sus cabellos líquidos 
y una punta de lápiz en su voz de pantera... 

se afila por las noches 
y dibuja en mi centro colibríes rizados 
que vuelan sin moverse 
frente a mis ojos lánguidos... 

luego muda, harta de ser crisálida, 
y echa vuelo indeciso hacia todo lo incierto... 

y el viejo sigue como la muerte, al acecho... 
y obstante hoy no es obstáculo, 
ni plétora supone exceso alguno... 

como silbar... 

y yo juego a exprimirla con los dedos, 
con los ojos cerrados, 
con las uñas lamidas y dañadas... 
juego a sacarle el jugo como a una fruta nueva... 
y rezuma vasitos de licor, 
claraboyas altas, 
espejitos de plástico, 
diminutas lombrices de tierra 
y un trago de Cointreau que se hace arisco al pasar la garganta... 

y no puedo, 
no llega la escritura ni con jugo de musa a tragos largos... 
entonces me desperezo como un bonobo viejo 
que se siente castrado por el gran dominante, 
me desperezo a tirones de gato 
para ir sintiendo a pocos los tendones dispersos, 
los músculos ya fláccidos 
y esta falta de lengua que es como de domingo... 

y de pronto me invade cierta cosa 
de pastos con sus reses dispersas 
en un rumiar sin pausa, 
pastos verdes de Eire, 
azulados de Shelly Manne tocando sus tambores 
para ‘El hombre del brazo de oro’, 
amarillos como poemas raros de Elmer Diktonius 
(“Letargo, podredumbre, / zumbido de moscardas en la carne hedionda de los cadáveres, / vida putrefacta –eso es el mundo...”), 
rosas como la voz templada de Regina Spektor, 
grises como yo mismo ahora, 
en este instante ciego y descartable... 

y de los pastos se arrebata una química que es duende, 
una química simple y capaz de hacer palabras, 


de hacerse palabras.

Corrige la mirada

Corrige la mirada en el sextante de los ojos, 
pon rumbo a alguna parte como un náufrago, 
desata las medidas estelares 
y deja que las horas te constelen, 
bebe un sorbo pequeño de té verde, 
maréate al vaivén del oleaje, 
vomita lo que sea por la borda, 
arrópate despacio con la manta, 
mira el retrato azul del camarote 
y busca en la bitácora 
el cuaderno de las islas perdidas... 

sopesa las constantes que precisas, 
la meteorología que te aguarda, 
el viento que sin duda soplará, 
los nudos necesarios para el tránsito... 

busca bahías cercanas 
por si los temporales azotasen, 
mide todo en los mapas que no tienes... 
y no dudes si sientes el ardor de levar ancla... 

y sé consciente 
de que a Ithaca se llega siempre 

un día más tarde de mañana.

Desciéndeme

Desciéndeme
que soy ciudad de noche 
y tengo esquinas oscuras... 

busca entre las costuras de la carne 
un lugar donde estar 
o algún acantilado desde el que dejarte caer... 

deslízate justo en las afueras 
y mírame paisaje atormentado... 

Olor a llama, 
a fuego, 

a todo lo que no puede explicarse.

Vayamos a cortar lotos al estanque

Vayamos a cortar lotos al estanque, 
bacante de luciérnagas en los ojos, 
odalisca con volcán en el vientre, 
la de labios Montparnasse 
y telaraña donde quedarse prendido... 

vamos a cortar lotos al incendio 
y orquídeas si quieres... 
o tréboles azules de los fiordos 
donde no pueden vivir las iguanas, 
flexible sacerdotisa 
con compactos racimos de uvas en los pechos... 

vamos a cortar lotos esta noche 
mientras la selva avanza 
hasta las vitrinas donde guardas alientos y susurros 
junto a las uñas cortadas... 
y que el alma tenga sombra 
mientras el viento flota tenaz en nuestras bocas, 
mientras se hace el pantano entre las piernas 
y el agua no es bastante.

Quiero verte manchado el vestido 
como el mármol de un huérfano, 
que me dé miedo saber 
que en tu cuerpo crecerá un árbol 
y no haya amor suficiente 
y los días sean blandos y con nubes oscuras 
y un algo Singapur termine siendo 
un leve frío de noviembre.

Quiero que te topacies 
y los búhos se embriaguen de mirarte 
con sus ojos abiertos, 
que seas colibrí por cada herida 
o níscalo en la mesa, 
que cuentes hasta dos 
y ensayes algún pentecostés 
y un nombre propio, 
que tus rosas se abran 
donde Safo pernocta, 
que te empecines en buscarme mortal 
y tengas estatura de estrella amotinada... 

quiero verte Chopin y Victor Hugo 
cuando te mire con cautela... 
o súbita como la corriente de Humboldt 
o el áspid 
o la cierva que huye de la mirada torva del cazador... 
o dura y con escamas de puro jaspe...

Vayamos a cortar lotos al estanque 
y dejaré que seas anaconda 
y me tragues despacio, 
que seas mi justa ración de opio 
o el carbón consumido en una hoguera... 
vayamos a cortar lotos 
y a volvernos invisibles y obsesivos por saber lo mirado... 

y que de pronto se haga la noche 
y te incorpores en un sueño de caballos de madera y delirio.

Y que no haya hipotecas 
ni este cuajo de perros que me brida...

Vayamos a cortar lotos... 

tú detrás de mí... 

y al fondo un bullicio de perros, 

de esos perros que habitan las afueras.

Pájaros en el balcón

Pájaros en el balcón 
y este ansia de octubres con chocolate y naranjas...

Y que huela a mirra, 
a copal 
y a pom sagrado, 
y que huela a tierra mojada, 
y que sea todo un incendio interminable 
y castañas pilongas, 
necesidad y grillos, 
adolescencia y venas... 

subclavia, 
safena, 
yugular... 

o simplemente la golosa opulencia 
de un suave deslizarse... 
y un no sé qué de ombligo con iguanas 
y asterisco con llamada a pie de página...

Tú, lámpara inagotable, 
trasunto eterno de los puntos y comas, 
linfa brutal que me transita, 
flamboyán que me ha crecido grande 
y robusto en la frente, 
lluvia copiosa y erosiva, 
marimba como de funeral, 
embriagado colibrí, 
plancton de los abrazos.... 

tú, que ensayas la palabra siempre 
antes de que resbale por tus labios, 
suéñame, 
porque he de morder uvas verdes 
con el filo quebrado de mis dientes 
y quiero dejar testimonio 
y todos mis papeles en regla, 
suéñame, 
porque he de morir solo cualquier día 
y todo esto habrá sido para nada...


Y en los montes cercanos 
graznaban cuervos solos en árboles altísimos, 
crecían nubes troposféricas 
confabulando truenos y granizos... 
y un viento manso 
ponía peso a todas las palabras pronunciadas...

Emplátame, 
ponme un punto de sal escamada 

y a servir.

Al vertedero

Estoy muy sinjuglar esta mañana, 
muy Capone de cuello para arriba, 
bastante samurái si se me mira 
la tonsura silvestre 
de mi miga... 

estoy muy panadizo de moyera, 
incluso fanfarrón si me observases 
con ojos distintivos y secuaces, 
Galileo dormido y calavera... 

estoy propanfletario, 
desdiscreto, 
protestante sin dios que echarme al hombro, 
Calígula menor, 
purito escombro 
del escombro que ayer dejé en mi puerta... 

estoy puro menino, 
con caderas de alambre y almidón, 
gatoporliebre, 
comen sin su dador, 
fiebre sin fiebre, 
sordo entero sin sor, 
sheriff con herpes... 

estoy como me gusta estar ahora, 
pensando en Tombuctú con un cigarro 
colgado de la boca 
y una Coca 
caliente de esperar mi sed de barro... 

bogando en caballito de totora 
por un mar inconcreto, 
mirando a los pelícanos caretos 
buscar peces a tientas en las olas... 

estoy puro parchís
-me como todo-, 
purito abracadabra de escritorio, 
músico de big band sin repertorio, 
desveranado entero
y juantenorio... 

estoy con una mosca que me jode 
sin saber que yo cazo a mano abierta 
–entró hace ya tres días por la puerta–, 
con un boli que escribe cuando quiere 
y un singanas brutal que me desbebe... 

estoy cuerpopresente, 
pura alfombra 
para limpiarse justo antes de entrarme, 
quebradito del centro, 
cojitranco, 
Quevedo al caminar 
y malsentado... 

estoy para que me hagan cariñitos, 
mimoso de llorar en un regazo, 
meñique entero, 
golosito, 
momo, 
y hasta santo con vela y monedero... 

estoy hasta los huevos, 
y no es raro, 
pues aún son dos de dos 
y no se entienden, 
pero están, 
que ya es algo entre los algos...

Estoy para que me aten... 
lo asevero... 
para que me aten bien... 

y al vertedero.

Un poco más que húmero

Estas primeras lluvias del otoño 
me han dejado tolete y mojadino, 
blandito y predispuesto 
a todo lo que sea capaz de despertarme 
de este sueño brutal hecho de números... 

y me gusta esperar a que los álamos se andrajen, 
al ‘nosesimexplico’ que llevan mis poemas, 
al ‘hagas lo que hagas tendrás que arrepentirte’, 
a este tanto ser menos de lo que parezco 
y hasta a ese buen pirata 
hecho de happy birthday satanás 
y sin honor alguno.

Y me quiero sentir 
libre de explotación, 
humano medio, 
principito esencial de mi planeta, 
cochayuyo en la boca, 
melenas, 
fotocopia de mí 
y Edén de otros... 

me quiero sentir delicioso... 

no sé... 

como en el uso de la palabra, 

Jodorowsky de pueblo, 
Nietzsche encinto, 
dios broma, 
tahúr de chinchón viejo, 
mujer soltera, 
pálido romántico, 
infalible encerrado, 
muerto a tiempo...

quiero ser Walter Benjamin 
a tientas 
y vivir en Valdivia en primavera 
y el invierno pasarlo 
enterrado en las dunas pacasmayas... 

quiero estar ingeniero de mis cosas, 
conjurado de un pecho o unos muslos, 
escuchando un feliz ‘tú no eres nada’ 
capaz del engranaje que me queda... 

quiero filosofar con mortadela, 
engordar sin comer cebolla o ajo, 
sentir mi lengua entera, 
ser amable, 
declarar que no aspiro 
a nada, 
a nada, 
a nada... 

quiero no ganar una guerra, 
ser un jueves, 
seguir creyendo en que no creo en Dios, 
hacer poemas
que empiecen por decir lo que no he dicho, 
no convencer a nadie, 
llorar algo, 
no aburrirme jamás, 
leer a Parra 
(‘todo lo que no se dice es poesía / todo lo que se escribe es prosa // todo lo que se mueve es poesía / lo que no cambia de lugar es prosa’), 
pertenecerme más, ser un buen malo, 
volver a tener 49, 
sentir el terciopelo aquí, 
comer manzanas ácidas, 
viajar donde los árboles me lleven, 
verme todo el mamífero que soy, 
buscar razón con fuerza 
y morir de la risa alguna tarde... 

Estas primeras lluvias me tienen desatado, 
desnatado, 
contrito, 
casi ‘torresgemelas’... 

y también eufórico, 
y un poco más que húmero... 


que es algo.