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Mostrando entradas de agosto 23, 2009

Bernardo di Bernardino Baroncelli

¡Glup!...

desde este vuelo no me está permitido hablar,
ni reír,
ni blandir,
ni besar,
ni morder,
ni comer,
ni dormir,
ni desperezarme,
ni follar,
ni roncar,
ni fumar,
ni beber,
ni acariciar,
ni sentarme,
ni correr...

pero el hambre sin par de insentirme flotar...
y esta erección final...
y el orín en mis pies...
y la mosca ritual que desova en mi piel...
y el palor de mi tez...
y la lengua alocuaz que se burla sin sed...
y los ojos clavados como los de aquel pez entre el hielo picado...

El nudo que deshace una mano miedosa
me transformará en cosa.

Me poso,
reposo...

vuelo raso.

Hazte a la par que el beso...

Hazte a la par que el beso
o en el agua
o recostada sobre el verde recién regado…
siéntete desnuda en el arroyo
y flota como las pupilas cansadas por la tarde…
rózame tartamuda
y luego hazte madeja sobre mi tórax.

En los nidos de mármol
las mujeres desnudas
amamantan silentes a los faunos
y yo siento su sombra de colimbos
sobre la espalda espesa…
muere el día
y aún no he aprendido a sentir lástima de mí…
y me tumbo sobre la tarde entera,
que está muerta,
deshecha como una mujer cansada…

Los dedos guardan siempre desmesura
para engancharse húmedos a los rincones blandos…
recorren las aristas y las rayitas lúbricas,
se adhieren a las matas de piel que se despiertan…
y todo es apacible,
como los mangos verdes
o las últimas gotas de semen
que presumen un ritmo de muerte en la fuente del glande…

Oí llover, pero no supe dónde,
y aquel rumor sabía a crótalo y especias…
también olí la lluvia,
como los ungulados en la sabana seca,
y me trabé como un geranio nuevo
en ese olor de tallos y estructuras.