2008-11-09

Joseph Brodsky

Decía Brodsky en su poema ‘fin de una época maravillosa’ que “la poesía exige palabras” [por cierto, que nunca he dicho que el título de este poema me trae siempre a la cabeza el último libro de mi amigacho Abraham Gragera, ‘adiós a la época de los grandes caracteres’… algo tendrá que ver, aunque sea subliminalmente, un título con el otro, ya que mi Abraham adora a Brodsky –fue él quien me lo descubrió–], y yo no estoy del todo de acuerdo, como siempre [soy un jodido culo de mal asiento], porque hay una poesía de apellido ‘concreta’ que, a pesar de que agrupa a miles de estafadores plásticos y a cienmiles de poetas fallidos, tiene representantes vivos y muertos que le da auténtico y sólido valor a ese apellido [cito sin ir más lejos al gran Antonio Gómez]… pero no venía la cosa por ahí, que mi intención era explicar que existe una fase perceptiva que se une a otra fase poetizadora y queda en la cabeza hasta lograr hacerse mirada o gesto… y tal situación es auténticamente poética sin que necesite del signo trazado o verbalizado de las palabras.
Claro está que Joseph Brodsky no iba más allá del darle pauta a su poema magnífico con ese verso…

Transcribo el poema porque creo que no tiene parangón y porque considero que debe ser ejemplo para poetas nuevos y medio viejos [a pesar de la pérdida que seguro supone su traducción al castellano]:

“Así como la poesía exige palabras,
yo –sordo y pelado, taciturno mensajero de una potencia de segunda categoría– sin querer esforzar mi cerebro,
me pongo el abrigo
y bajo al kiosco a por un periódico.

El viento mueve las hojas.
En estos tristes lugares
el opaco calor de viejas ampollas
produce –con la ayuda de algunos charcos–
efectos de abundancia.
Hasta los ladrones cuando roban una mandarina
se encuentran con una envoltura luminosa.

En realidad, ya se me olvidó hasta el sentimiento con que me contemplo a mí mismo.
En estos tristes parajes todo está planificado para el invierno:
sueños, paredes de cárceles, abrigos, vestidos de novia, bebidas y
minuteros de relojes.
Los gorriones y el barro parecen oxidados, costumbres puritanas. Ropa interior. Y en las manos de los violinistas calentadores de madera.

Este lugar es inmóvil.
Al imaginar la producción quinquenal de
hierro y plomo, uno queda con la mente abobada,
y añora el antiguo poder cosaco de bayonetas y látigos.
Las águilas imperiales, sin embargo, son atraídas como un imán por la ferralla.
Hasta las sillas trenzadas están hechas con pernos y tuercas.
Solo los peces en el mar conocen el precio de la libertad,
pero su silencio nos obliga a construir nuevas categorías
y el espacio se despliega como una lista de precios.

El tiempo está construido por la muerte.
Cuando requiere cuerpos y objetos busca verduras frescas.
El gallo imita al carillón;
para quien tiene un carácter sublime
resulta lamentablemente difícil
vivir en una época de proezas.

Al levantarle el vestido a una mujer bonita encuentras lo que buscas y no un prodigio.
Y no ocurre así por seguir los pasos de Lobachevsky,
sucede porque el mundo abierto tiene que angostarse en alguna parte,
y es aquí dónde yace el fin de la perspectiva.

Tal vez el mapa de Europa fue robado por los agentes del poder,
quizás los otros continentes están demasiado lejos
o tal vez un hada bondadosa me esta hechizando,
y no puedo arrancarme de aquí.
Para no llamar a la criada me sirvo vino, acaricio el gato.

A lo mejor sería preferible una bala en la sien,
así como se apunta con el dedo al error.
Tal vez huir de aquí a través del mar, como un nuevo Cristo.
Borracho y atontado por el frío, no es extraño confundir un tren con un barco,
no hay motivo para sonrojarse o para sentir vergüenza:
el tren –como una canoa en el agua– no deja huellas en los raíles.

¿Qué dicen los periódicos en la sección de tribunales?
Fue ejecutada la sentencia, al imaginar eso el ciudadano percibe –a través de lentes con marcos de estaño– a un hombre acostado boca abajo al lado de un muro de ladrillo.
Pero no está dormido, ya que los sueños tienen derecho a despreciar las cúpulas.
Perspicacia de esta época
que con sus raíces anuda los tiempos,
incapaces –en su ceguera común– de distinguir
entre los caídos de la cuna y las cunas caídas.

Ese prodigio de ojos claros
no quiere ver más allá de la muerte,
qué pena, hay muchos naipes
pero no hay con quién barajarlos
para ver el futuro.

El punto de vista de estos tiempos
es la perspicacia hacia los objetos de una vía muerta;
todavía no ha llegado el momento
de derramar la inteligencia,
solo un escupitajo en la pared.
Y no despertar al príncipe, sino al dinosaurio.

Para el último párrafo, ¡ay!, no le arrancaría la pluma a un pájaro.
A la cabeza inocente
no le queda más que esperar el hacha y el laurel.”.

•••
¡Absolutamente sublime!, ¿no os parece?… y francamente gozoso para mí el haber rebuscado este poema para pillar su primer verso como punto de partida de mi comentario de hoy… y lo mejor; que ya puesto me he vuelto a releer a Brodsky con una pasión casi infantil.
¡Qué poco soy!
Gracias, Abraham.

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