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Andamios

Andamios amarillos cuando en ti veo muerte [‘cuandoen’ ti veo muerte… luctuosa sinalefa de mis ojos]… andamios tan paródicos de esto y esto y esto que es la vida… andamios de la busca en el relato caótico, infinito e ininteligible… andamios de la cábala y de los espejos con marco art decó y pan de oro… andamios eruditos con gárgolas rampantes en su ferralla… andamios que parodian a Chesterton con un perfil metálico de Charles Auguste Dupin… ‘handamios’ novedosos para un mundo futuro… andamios de aquella manera, como estás esta tarde, tirado, incongruente, laxo, yerto… andamios paradójicos para templos católicos que aún están por hacerse y derribarse… andamios amarillos y oxidados para mirar atrás y ver lo imprescindible prescindible… andamios como desorientados, juveniles… andamios investidos de cátedra y birrete… andamios de suburbio, caedizos… andamios posmodernos que ya no son andamios… andamios sicológicos, de alambre de funámbulo y vacío… andamios de jardín, con hiedras trepadoras...

Gilles Deleuze

Me sorprendo otra vez ¬–ya me he pillado en diversas ocasiones en el mismo estado y posición… y con el mismo texto– leyendo, sin haberlo decidido antes, por purita casualidad, la magnífica conferencia que Gilles Deleuze impartió en la fundación FEMIS a la gente del cine en 1987. Disfruto como un bebé con sus secuencias lógicas, con sus baterías de preguntas que nacen de otras preguntas y vuelven a otras preguntas. La conferencia, que recomiendo a quien le apetezca disfrutar de una lectura chuli, lleva por título “¿Qué es el acto de creación?”, un tema que me apasiona y en el que me pierdo con harta frecuencia. Leo y tomo notas en mi cuaderno, sonrío y tomo notas en mi cuaderno, caigo en la cuenta y tomo notas en mi cuaderno… A esta altura del mundo del hombre, uno de los sucesos más difíciles de lograr consiste en que un hombre tenga una idea [porque las estructuras están diseñadas para que el vulgo no tenga ideas –eso queda para una élite a la que no se le da todo mascado y digerido– ...

Jean Baudrillard

“¿Qué ángel llevas oculto en la mejilla?”, me preguntó, y me miré las manos manchadas de carbón… solo se me ocurrió ponerlas sobre su camisa blanca para sentir esas albricias locas de un cuerpo masculino… El tipo era bajito, pero miraba hondo y no encajaba en el paisaje del Queensborough… y yo lo deseé tanto como una huida, igual que a la muerte por las tardes, doblado ante los montes de carbón, cuando el trabajo me deja tumefacto deambulando por las calles y fumo cigarrillos liados para salvar el tráfago azaroso de la muerte… ••• Contaré un secreto que tiene mucho que ver con mi escritura… pero, ojo, es un secreto… así que no se lo digáis a nadie. Soy, desde hace unos años, un fanático frenético de frenopático de la obra visionaria de Jean Baudrillard… me fascina su curiosidad extrema, aquel encenderse un cigarrillo tras otro mientras conversaba [yo lo imito al dedillo en esa fragua], su pasión acerada por los desiertos, lo dejado de lado que le tuvo la intelectualidad durante una cab...

Damayantí :: fábulas del descendimiento / 3 ::

Era ya tarde y yo iba con la intención de recogerme en mi casa, después de una larga partida de julepe con Jules, Manzoni y Antoñito de Almeida [amigos viejos y tahúres venidos a menos por sus absurdas aficiones literarias]. La calle estaba como vaciada por la falta de luz y lo alto de la hora, y debo reconocer que sentí cierto temor cuando presentí que alguien caminaba a mi espalada. Decidí detenerme para verificar mis oscuras sensaciones o calmarme. Efectivamente, al cesar mis pasos, otros fueron tomando enfoque en el ambiente enrarecido de la noche. Mi tensión bajó su tono cuando mis ojos anotaron un cuerpo liviano de mujer que se acercaba hasta donde yo me encontraba. Di las buenas noches, pues en mi educación figuran mil marbetes de ese estilo, y la mujer me miró fijamente a los ojos. Era joven y parecía contener esa belleza digna de las mujeres cuidadas. Respondió a mis palabras con un gesto y siguió su camino durante unos metros. Se detuvo. Se volvió hacia mí y me preguntó con u...

Fantine :: fábulas del descendimiento / 2 ::

Hablando con mi dentista, durante la cura de urgencia de una muela careada, me contó que, hacía unos meses, le había comprado los dientes a una joven madre bellísima, que respondía al nombre de Fantine, que necesitaba con desesperación una cantidad urgente para curar a su hija de una rara enfermedad. En un primer instante no caí en la cuenta, pero cuando andaba saliendo de los efectos del anestésico que el sacamuelas me había suministrado, recordé que en uno de mis viajes a París, mientras compraba pan en Poilâne, una vieja panadería de Rue Cherche Midi, una joven bellísima sin dientes se dirigió a mí para pedirme unas monedas. Le di sin pensarlo algunos francos nuevos. La joven me sonrió y me sorprendió con estas palabras: “señor, no hay como la miseria para hacer resaltar con intensidad la luz más profunda y angustiosa de una persona… y eso es bello”. Me gustaron tanto sus palabras, que le pedí su nombre y lo apunté en mi cuadernito de viaje –se llamaba Fantine–, junto a su bella pré...

Franz Moor :: fábulas del descendimiento / 1 ::

Fue mirar a Franz Moor y saber que el rostro encierra toda la ignominia del alma. Ya me lo había avisado Shiller una tarde de octubre en la que nos tomábamos unas tazas de ponche en The Punchbowl, una tabernita de la discreta calle Farm Street, en el barrio de Mayfair londinense: “te asustará conocerlo, Luis, pero es imprescindible que tengas esa experiencia para comprender al personaje orquestal que estoy creando para mi próxima obra, un tipo al que no trataré de forma alguna como un ser humano”. Recuerdo que aquella tarde tuve la impresión de no pisar la tierra firme mientras los ojos de Franz se enfrentaban a los míos. Llovía mansamente y los estorninos se refugiaban en los álamos.

Kierkegaard

Lo estético navega siempre en el mar de lo inmediato y tiene marcado su final en una suerte de desesperación que consiste en saber que ya no se puede esperar nada y, sin embargo, se continúa esperando… y el esteta vive en campos sensuales en los que el deseo y la huida del dolor son mercaderías diarias. Cuando el esteta comienza a ser consciente de que le ha llegado el puntito justo de desesperación, es exactamente cuando su estética pasa a convertirse en una ética que le viene a sostener hasta que todo acabe… así, el esteta empieza buscando el “placer” y evitando como sea el dolor, y siempre lo hace desde lo particular y desde lo excepcional, y, cuando llega a la ética, se asienta en el valor del “deber” buscando estabilidad, acomodándose en una moral… este viene a ser, a grandes rasgos, el planteamiento existencial de Kierkegaard [he pasado de anotar la última etapa de la existencia, la religiosa, porque me repatea y no la comparto]. Y desde este planteamiento intento mirarme hoy e i...

Bernardo di Bernardino Baroncelli

¡Glup!... desde este vuelo no me está permitido hablar, ni reír, ni blandir, ni besar, ni morder, ni comer, ni dormir, ni desperezarme, ni follar, ni roncar, ni fumar, ni beber, ni acariciar, ni sentarme, ni correr... pero el hambre sin par de insentirme flotar... y esta erección final... y el orín en mis pies... y la mosca ritual que desova en mi piel... y el palor de mi tez... y la lengua alocuaz que se burla sin sed... y los ojos clavados como los de aquel pez entre el hielo picado... El nudo que deshace una mano miedosa me transformará en cosa. Me poso, reposo... vuelo raso.

Hazte a la par que el beso...

Hazte a la par que el beso o en el agua o recostada sobre el verde recién regado… siéntete desnuda en el arroyo y flota como las pupilas cansadas por la tarde… rózame tartamuda y luego hazte madeja sobre mi tórax. En los nidos de mármol las mujeres desnudas amamantan silentes a los faunos y yo siento su sombra de colimbos sobre la espalda espesa… muere el día y aún no he aprendido a sentir lástima de mí… y me tumbo sobre la tarde entera, que está muerta, deshecha como una mujer cansada… Los dedos guardan siempre desmesura para engancharse húmedos a los rincones blandos… recorren las aristas y las rayitas lúbricas, se adhieren a las matas de piel que se despiertan… y todo es apacible, como los mangos verdes o las últimas gotas de semen que presumen un ritmo de muerte en la fuente del glande… Oí llover, pero no supe dónde, y aquel rumor sabía a crótalo y especias… también olí la lluvia, como los ungulados en la sabana seca, y me trabé como un geranio nuevo en ese olor de tallos y estruct...

El tipo de las cuatro I [novela]

Solía ser a las cuatro de la tarde sí solía ser a las cuatro de la tarde cuando le veía pasar por allí y solía ser a diario fallaba pocas veces sí era raro el día que no le veía pasar por allí por debajo de su balcón y siempre iba tarareando canciones antiguas o silbando con un trino especial era un silbido que sólo sabía hacer él luego siempre desaparecía por la esquina y ya no le volvía a ver hasta el día siguiente ostia quién será este tipo se preguntaba quién será este tipo y a qué coño dedicará su tiempo le sentaba mal no tener más datos del tipo fijo de las cuatro como le sentaba mal no tener más datos de la mujer que cruzaba la calle a media mañana y volvía al poco con una hogaza de pan entre los brazos como le sentaba mal no conocer lo que hacía el niño de la hora imprevisible ése que ponía a veces petardos en la pared de enfrente le jodía no tener más datos de todos aquellos seres de paso pero sobre todo del tipo de las cuatro qué haría después de doblar la esquina quizás iría...