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Carne

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Equinoccio

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Amantes

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Variación sobre dibujos de Farruco Sesto.

Fumando

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Tu espalda

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Salazón

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Variación sobre dibujos de Farruco Sesto.

lavs Luis

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La mujer de Lot

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Señales de humo

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Texto para acompañar en el catálogo de una exposición a Alberto Hernández. Hay un algo quebrado en la obra última de Alberto Hernández que hace temblar, un algo que viene gestionado por el color y la línea, por el contraste como un puñal y el encontrado gesto de su mano en la constante intervención sobre lo azaroso de la magia cerámica... ese ‘algo’ elimina y asusta, avisa y pone en guardia, dice y desola, define y niega a la vez. Y no es solo la propuesta icónica del artista lo que hace temblar, es también el sentido de obra unitaria que contienen sus trabajos murales de los dos últimos años, un hacer teselas como partes de un uno que requiere mirada cenital y distante si logras ensamblarlo... ramas, hojas, árboles, humo... y una especie de alfabeto pictórico haciendo fondo a todo ese bosque en constante proceso de transformación. La obra del Alberto que crea en el siglo XXI intenta, y lo logra en demasiadas ocasiones, jugar con el binomio humo/humus, conceptos ambos tan unidos al hac...

Las zapatillas bajo el mar de tu cama

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[variación de una obra de Farruco Sesto]

Soy un uno

Soy un uno,  un uno blando que acaba de contarse justo cuando se empieza...  mis talones son unos doblados por su centro;  mis piernas secas, unos corvados, zambos;  mi sexo, un uno restándose o reptando;  mi vientre, un uno enteco;  mi pecho, un uno par y caedizo;  mis brazos, dos unos desunidos de sus manos atadas por un nudo de unos;  mi cuello, un uno hueco;  mi boca, un uno que se resta de palabras  desde el húmedo uno de la lengua;  mis ojos, unos ciegos que a ratos se arretinan  creyéndose binarios en el iris.  Todo yo un uno primero y último,  agotado y tan lleno como el cero previsto entre gladiolos,  como la cruz de un sur  que siempre estará al sur de cada paso.

Las ciervas

¡Las ciervas...! Siéntate en lo que resbala, viejo, y mira el olor de las cosas como tocas la tinta fresca con el dedo. Busca en el zaguán la sombra de alguien que caminó ayer y tiéndete a pensar en tu camastro. ¡Las ciervas...! El beso, viejo, el beso en las axilas y luego flotar como una niebla ancha que deambula y advierte, que gime como lo hiciera un mal fusilado. Quiero entenderte, pero me cuesta tanto... ¡Las ciervas...! El reflejo en el charco, viejo, el baño de la virgen desnuda como un regalo de la lluvia, las flores como sexos femeninos abiertos, como bocas buscando la raíz que los penetre mientras suena la queja deliciosa. ¡Las ciervas...! Pulpa de mandarinas, viejo, pulpa en los labios mojados con sabor a lo que se fecunda, fécula, felpa, feldespato, pulpa de mandarinas, pulpa de vulva, pulpa. ¡Las ciervas...! Frótate, viejo, que el tallo ya es adulto y hay que dejar olores en las ramas que circundan tu isla, hay que dejar señales a las hembras adultas de todas las especie...

"La noche soy y hemos perdido"

Decir que todo ha sido llorado ya, saberlo, y luego abandonarse al salto magnífico, a la memoria animal, a la alimaña de las fauces abiertas, a lo desolado que es fondo de cada nada... y volver al gesto primitivo, al voluptuoso danzar de lo que acaba, al nombre primigenio, a las ruinas donde la huérfana llora desolada, a lo que cesa con cada pestañeo, a la tregua de lo indefinido... Y llorar mansamente, sin angustia por dentro, sin necesidad precisa... y abandonarse en la desmesura de un final, y ladrarle a la sombra que se acerca golosa desde abajo. Caer... caer... caer... y sentir el desgarro de la mordida, la hendidura caliente ahogándose, la lengua latiendo como un corazón en la boca... y pronunciar en alto que el exceso es silencio cuando se cierra el círculo. Hemos perdido, sí... ¿Qué heredarán mis hijos?

Héctor Murena cree en la influencia de los astros

Lo he visto en las mareas de este mar interior hecho de meses, en la luna diaria de tus ojos, en el calor solar de tus brazos trazándome la herida, en la piel constelada que alimenta tus hombros plenos de melanina, reposo de mis manos... Lo he visto en el talud de tu vientre, en el cristal más líquido de unas lágrimas breves, en el ígneo palor de unos muslos eternos como nieve... Los astros simplemente ordenan la cadencia de las cosas, poseen la memoria y las señales de lo que fue y será. Déjate al aspaviento de sus órbitas, abandona tu piel a su mandato. ••• Héctor Murena murió rodeado de cajas de vino en el cuarto de baño de su casa de Buenos Aires. Fue el día 5 de mayo de 1975. © luis felipe comendador

Epístola informal a Fabio [R. de la F.]

Qué ganas de gritarte, como un ponente raro, desde la mesa aquella de la pagana misa con filólogos mancos y poetas de risa que me ponen la sien a punto del disparo. Qué ganas de decirte que ya no paso el trago por más que mi garganta se humedezca sumisa y me desabotone dos tercios de camisa. Qué ganas de anunciarte que ya no soy el mago, el coral ditirambo ni el par de los impares, que no tolero el asco de los que por poesía remojan acertijos, retruécanos, cluedos... y silabean tontunas contando con tres dedos, pensando que el fulgor está en la apostasía de lo que no sea rima, medida o calamares. ••• De más decir demás –está de más decirlo–, ellos se creen poetas... tú sabes que son mirlos.

Anne Sexton se encierra en su cocina

Una casa con patio y jardincito, con cinco habitaciones y dos baños, una cocina grande con todos los inventos electrónicos, un sobrado con libros donde escribir las cartas y los poemas íntimos, un salón/comedor con un chester marrón de piel bobina acaso, una cochera, un coche y un poco de ese anhídrido carbónico que bien dosificado te hace dormir tranquila para no despertar de nuevo al tedio de los días. ••• Anne Sexton encendió el motor del coche en el garaje de su casa y murió por inhalación de anhídrido carbónico. Fue en Weston, el día 4 de octubre de 1974. © luis felipe comendador

Jaime Torres Bodet describe el cáncer que lo asola

Un algo celular, incontenible, me crece en las entrañas y lo siento. No es dolor, pero es muerte, aunque es vida también que late adentro. En el justo latido de esa muerte está la Edad del Bronce, la voluntad de Darwin, el Big-bang más teórico, el dios inextinguible de las cosas que transforma los cuerpos para hacerlos quizás competitivos. No siento apenas nada que no sea un miedo agotador hacia este cambio que ha de llevarme, al fin, a donde todos habremos de ir un día sin demora. Un algo celular me crece adentro que me hace pensar más en mí mismo. ••• Jaime Torres Bodet puso fin a su vida con un disparo. Fue en México, el día 13 de mayo de 1974. © luis felipe comendador

Alfonso Costafreda se hace abstracto

¿Qué puedo hacer si todo ya está escrito, si es inevitable que suceda la escarcha sobre los tallos tiernos de los tréboles, que el muerto que ha de venir llegue a su hora, que el Sol salga y se ponga, que la borrasca barra siempre desde el Oeste esta península...? ¿Que puedo hacer si cada verso ya está escrito, si cada palabra ocupa el preciso lugar que está asignado, si en mi frente está el código que marca mi final y su teatro? Los latidos contados de mi corazón se desbocan buscando el cero. ••• Alfonso Costafreda fue hallado sin vida en el pasillo de su casa en Ginebra el día 4 de abril de 1974 © luis felipe comendador

La poesía le pide al poeta...

La poesía pide al poeta que se busque en lo difícil, es decir, que se concrete con suma delicadeza en su pensamiento y busque entre las tramas de su idioma lo más cercano a la pureza de esas ideas para hacerlas expresión. Es por ello que el poeta debe dominar la palabra y saber trazar con ella elipses y perfectos polígonos que incluyan la limpieza del trazo y la equidistancia de los significados en la mejor simetría auditiva. Hacer poesía es dibujar sonidos que en su conjunto proyectan una idea compleja... una idea dispuesta a tomar desarrollos distintos en quienes la reciban y un dibujo que suene en el oído como una música que sea más que la música. La poesía pide al poeta armonía en la presentación de un problema de pensamiento, pero también le deja ir a tientas para que enrede en el campo de lo posible. La poesía le pide al poeta permanecer en ella siempre y convertir su mirada en esa flecha abstracta lanzada al infinito o a la nada. La poesía le pide al poeta verdad [nunca sensació...

Joan Mirande estercola una bugainbillea

A los violentos abertzales. Acotar el terreno con la voz, con palabras usadas sin más razón que el mercadeo diario, y luego hacer idioma del balbuceo aquel y llenar mil papeles con sus signos. Después literatura, luego algún manifiesto, ciertas leyes, quizás algún prospecto que sirva de ideario... y unas armas con las que defender lo indefendible. Morir matando no puede ser suicidio. ••• Jon Mirande tomó una sobredosis de barbitúricos en París la noche de Navidad de 1972. © luis felipe comendador