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Mostrando las entradas etiquetadas como FILOSOFÍA

Gilles Deleuze

Me sorprendo otra vez ¬–ya me he pillado en diversas ocasiones en el mismo estado y posición… y con el mismo texto– leyendo, sin haberlo decidido antes, por purita casualidad, la magnífica conferencia que Gilles Deleuze impartió en la fundación FEMIS a la gente del cine en 1987. Disfruto como un bebé con sus secuencias lógicas, con sus baterías de preguntas que nacen de otras preguntas y vuelven a otras preguntas. La conferencia, que recomiendo a quien le apetezca disfrutar de una lectura chuli, lleva por título “¿Qué es el acto de creación?”, un tema que me apasiona y en el que me pierdo con harta frecuencia. Leo y tomo notas en mi cuaderno, sonrío y tomo notas en mi cuaderno, caigo en la cuenta y tomo notas en mi cuaderno… A esta altura del mundo del hombre, uno de los sucesos más difíciles de lograr consiste en que un hombre tenga una idea [porque las estructuras están diseñadas para que el vulgo no tenga ideas –eso queda para una élite a la que no se le da todo mascado y digerido– ...

Jean Baudrillard

“¿Qué ángel llevas oculto en la mejilla?”, me preguntó, y me miré las manos manchadas de carbón… solo se me ocurrió ponerlas sobre su camisa blanca para sentir esas albricias locas de un cuerpo masculino… El tipo era bajito, pero miraba hondo y no encajaba en el paisaje del Queensborough… y yo lo deseé tanto como una huida, igual que a la muerte por las tardes, doblado ante los montes de carbón, cuando el trabajo me deja tumefacto deambulando por las calles y fumo cigarrillos liados para salvar el tráfago azaroso de la muerte… ••• Contaré un secreto que tiene mucho que ver con mi escritura… pero, ojo, es un secreto… así que no se lo digáis a nadie. Soy, desde hace unos años, un fanático frenético de frenopático de la obra visionaria de Jean Baudrillard… me fascina su curiosidad extrema, aquel encenderse un cigarrillo tras otro mientras conversaba [yo lo imito al dedillo en esa fragua], su pasión acerada por los desiertos, lo dejado de lado que le tuvo la intelectualidad durante una cab...

Kierkegaard

Lo estético navega siempre en el mar de lo inmediato y tiene marcado su final en una suerte de desesperación que consiste en saber que ya no se puede esperar nada y, sin embargo, se continúa esperando… y el esteta vive en campos sensuales en los que el deseo y la huida del dolor son mercaderías diarias. Cuando el esteta comienza a ser consciente de que le ha llegado el puntito justo de desesperación, es exactamente cuando su estética pasa a convertirse en una ética que le viene a sostener hasta que todo acabe… así, el esteta empieza buscando el “placer” y evitando como sea el dolor, y siempre lo hace desde lo particular y desde lo excepcional, y, cuando llega a la ética, se asienta en el valor del “deber” buscando estabilidad, acomodándose en una moral… este viene a ser, a grandes rasgos, el planteamiento existencial de Kierkegaard [he pasado de anotar la última etapa de la existencia, la religiosa, porque me repatea y no la comparto]. Y desde este planteamiento intento mirarme hoy e i...

Vicente Huidobro

Como nada perdura, quizás el deseo contenga el placer que se le supone al logro. Y será mucho más intenso permanecer en el deseo que disfrutar lo limitado de la consecución. Eso, o procesar constantes realizaciones de deseos solapados que lleven a un continuo estado de bucle... ¿y seríamos felices así?... No lo sé, aunque no lo creo. Yo prefiero quedarme en el deseo de largo recorrido, el que deja rodar la imaginación y la alimenta. Y corro a buscar entre mi biblioteca a Vicente Huidobro, pues mantengo el recuerdo borroso de un poema que en su día me llegó con fuerza (...) Después de más de media hora de búsqueda, doy con él y sonrío. El poema de Huidobro se titula «Paréntesis» y me pide transcripción urgente, no sin hacer antes la consideración de que me molesta mucho a la vista y al oído la «forma» que lo ata: «Y tú, hombre de hoy, buscas la clave / de tus meditaciones graves, / estrujas tu cerebro / buscando el gran secreto / de todo el universo. / Hombre, para llegar a todo / ten m...

Hobbes

La idea del individualismo que alumbró Hobbes ponía a la sociedad en un lugar que me gusta: «La sociedad es simplemente un instrumento que nos ayuda a proteger ciertos derechos y a producir algunos bienes en mayor cantidad». Sé que la proposición peca de simplista y, por tanto, admitiría millones de argumentos en contra, pero me gusta a rabiar. El individuo como responsable íntegro de su moral y su ética, generador de derechos y usos, y generador de una secuencia de libertad [o hacia la libertad] que muy bien podría entroncar con la idea de «hombre» como posibilidad única y lanzado a la vida. Hombre para escojer y decidir, para avanzar o retroceder... y nunca «hombre» en función de lo social, sino en función de lo individual. Desde esta persepectiva –bastante más trabada, por supuesto– deben desaparecer los valores preestablecidos y fijados por el pasado social y ser enunciados de nuevo con la magnífica capacidad de ser susceptibles de los cambios –por razón demostrada– que les aplique...

La universalidad de lo individual

Cuando el pocholo Baudelaire andaba a la greña simbolista metiéndole misterio a lo suyo, no sabía que un tal Moréas iba a definirlo como «Ennemie de l'enseignement, la déclamation, la fausse sensibilité, la description objective» en una suerte de manifiesto grandilocuente que poco tenía que ver con la justa realidad y tendía a separar a las gentes de pluma o/y pincel en apartados estanco que nos traen a un mondongo día de hoy en el que nadie sabe dónde está, de dónde viene o hacia dónde camina con sus pasos pictóricos o literarios. Sí, bien, de acuerdo... eran tipos interesantes [todos, coño, todos... los simbolistas, los materialistas y sus consiguientes putas madres... todos]... y el pocholo Baudelaire se quedó como pasmado, con una cara de zangolotino que se nos ha quedado puesta para siempre a los que, después de leerlos y disfrutarlos con la vista, nos ha dado por andarnos la vida con estos remilgos creativos. El arte y la literatura son eso: arte y literatura, sin más pollas ...

Edmund Husserl

He leído a trompicones, pero apasionadamente, los cuatro volúmenes de «Investigaciones lógicas», de Edmund Husserl, en los que se desarrolla toda la teoría de la reducción fenomenológica para llegar a la esencia. Y es de una complejidad simple [no entran los dos términos en contradicción porque no me da la gana] el llegar a la conclusión de la «epokhé» [guardo lo conocido –mejor lo ya sabido– entre paréntesis mentales y me quedo con la esencia]. El problema surge cuando un tipo como yo intenta poner en práctica lo que «el palabro» enuncia... No sé hacerlo, no sé poner entre paréntesis lo que ya sé para intentar llegar a la esencia... y me quedo frustrado. Entiendo el proceso, comprendo la teoría de la reducción fenomenológica, pero no sé utilizarla ni aún llegando a un grave estado de «extreñimiento» de tanto darle vueltas. ¡Bah! Admito que admiro a Husserl, pero siento que necesito filósofos que hagan fáciles mis procesos interpretativos. Me fumo un cigarro y pienso.

La posibilidad

Sólo me cabe la «posibilidad», pues estoy vivo en la medida en que encuentro abiertos sus caminos para hacerme [no para deshacerme], porque morir es estar hecho. Y vivo con intensidad porque soy consciente de que puedo elegir, es decir, porque me siento libre de poder elegir. ¿Cómo puede imaginarse un hombre que no sea proyecto hasta la muerte misma, un hombre sin posibilidad de elección? A mí me resulta imposible imaginarlo. Hasta el hombre privado de todo puede escoger entre reír o gritar, entre morir o sobrevivir... Hasta el hombre condenado a muerte tiene su mente para valorar posibilidades y escoger entre ellas. Y es de ahí de donde emana la libertad, que no es otra cosa que saber que cuentas con una baraja de posibilidades y puedes elegir entre ellas. Claro, esta valoración de la libertad no concuerda, si la miras bien, con ese ideal grandilocuente con el que todos gritamos la palabra «libertad». No existe así, no. Y luchar por lo que no puede existir es darse de narices con un m...

profundamente ateo y gozosamente existencial

¿Cómo he llegado a ser profundamente ateo y gozosamente existencial? Sinceramente, negar la existencia de un dios es fácil y, además, los hombres de dios te ponen el camino diáfano. Otra cosa es demostrar y demostrarse que no hay un ente anterior y creador y, a la vez, posterior y destructor. ¿Cómo demostrar lo que no existe si no hay parámetros a los que atarse? En este caso sólo se puede argumentar en la demostración la idea que el hombre se ha hecho del concepto «dios», y desde ese punto también es relativamente fácil llegar a la conclusión deseada, la que se quiera, por supuesto, que es cuestión de retórica y no de «verdad». Ser ateo, en todo caso, es mucho más difícil que ser creyente, mucho más peligroso y mucho más incómodo. Mi ateísmo niega la existencia de un dios y se preocupa de forma individual por los negativos efectos de esa creencia en las personas de mi alrededor que, por ella, pueden inducir variables en mi existencia que no quiero. Es decir, dios no existe, pero su id...

Jean Piaget

Enredando en mi biblioteca me doy de bruces con una edición de Jean Piaget [«Lógica y psicología»] que me sirvió de apoyo durante el tiempo en el que intenté el estudio de la psicología en la Universidad de Salamanca animado por mi prima Mª Carmen, que inició esa carrerar y podía facilitarme los apuntes mientras yo llevaba mi negocio en Béjar. Pasando las hojas del libro me encuentro con algunas notas manuscritas de aquel tiempo en las que me hago preguntas y saco algunas conclusiones. Hay una que copio porque me ha llamado la atención sobre las demás. Dice: «Si la lógica da un lenguaje bien construido y la psicología necesita claridad en la expresión de sus estudios sobre la operatividad de la mente, entonces deben complementarse la lógica y la psicología»... El resultado de aquellos dos años en los que estuve matriculado en la disciplina de Psicología fue que lo apuntado en la nota no se cumplía ni de lejos, dejándome la idea clara de que esta materia es un invento fraudulento contra...

Alberto Hernández

Existe una hermosa tragedia que tiene que ver con la duda y la certeza, con la verdad de la duda y con el error de la certeza. El hombre que ama intensamente debe ser campo trillado a una duda que duele, y el hombre que ama con certeza se equivoca decididamente en esa dirección. Sucede lo mismo con la creación, la misma tragedia de error y dolor. Y no tiene que apartarse el gozo de tan circunstancia, y por ello es una tragedia hermosa, ¿verdad, amigo Alberto? –hablo hoy contigo y para ti porque necesito un interlocutor atento en mi soledad; perdona que te use, amigo–. No saber que lo que se crea con intensidad y desasosiego es exactamente descubrimiento o magia [duda, siempre duda] o asertar firmemente que lo es [certeza/error] hasta caer en la cuenta de todas las carencias que contiene, que contenemos... y luego hundirse. Sí, una hermosa tragedia, Alberto, en la que crecemos y vamos anotando cada arruga de vejez en nuestros rostros. De ese celo, que es la duda, nos acaba siempre amane...

Sartre

Cuando Sartre dijo que «el mundo podría existir muy bien sin la literatura, e incluso mejor sin el hombre», ya había vendido una pila de libros y vivía de puta madre gracias a ese estatus de intelectual que conservó hasta su muerte. Sartre quizás no hubiera podido existir sin la literatura, y menos sin el «otro». Debo reconocer, en todo caso, que este tipo nos dejó un estupendo legado de palabras, que hasta escribió que «el hombre está condenado a ser libre», cuando la realidad nos dicta que el hombre a veces se resigna a serlo, pero por poco tiempo. En fin, que me encanta ser un pequeño existencialista cuando debiera plantearme ser un pequeño burgués con cara de gilipollas. «El existencialista no cree en el poder de la pasión. No pensará nunca que una bella pasión es un torrente devastador que conduce fatalmente al hombre a ciertos actos y que por consecuencia es una excusa; piensa que el hombre es responsable de su pasión. El existencialista tampoco pensará que el hombre puede encont...

Einstein

Decía Alberto Einstein que «la vida es muy peligrosa. No por las personas que hacen el mal, sino por las que se sientan a ver lo que pasa». Estamos en un mundo plagado de tipos sentados a ver lo que pasa –yo ya soy uno de ellos–, y en ese descansar mirando van ocurriendo las cosas movidas por los hombres de paja –los políticos– y ordenadas por «el capital». A nosotros, los tipos sentados, se nos alimenta con imágenes y con salarios justitos para el consumo, de tal forma que no tengamos jamás la intención de sublevarnos ni la intención de subir en la vida más de lo que se nos tiene programado. Grave responsabilidad en este proceso la tienen los intelectuales arrimados al poder, apoyando con palabras y gestos todos y cada uno de los iconos del imperio decadente en el que nos ha tocado vivir. Nuestra casa, nuestro negocio, nuestra empresa y el fruto de nuestro trabajo pertenecen sin remisión a la banca, que con su dinero de plástico, sus créditos y su euríbor se ha apoderado de nuestra e...

A «pensar» se aprende

A «pensar» se aprende, y el modelo de pensamiento de cada individuo tiene mucho que ver con sus maestros y con su entorno. Y cuando se aprende a pensar, ese proceso modula el comportamiento de cada uno con dosis de riesgo, temor, placer... El problema llega cuando te planteas si el pensamiento te domina o eres tú quien lo modula y lo maneja. Yo creo firmemente que el pensamiento hace con cada uno lo que le da la gana, poniendo barreras donde no las hay o no sabiendo sujetar cuando ha de hacerse. De ahí la importancia de la moral, bien o mal entendida, como alimento durante el periodo de aprendizaje. En fin, que admito el total alienamiento al que me tiene sometido mi pensamiento, enterrándome en tonterías, en normas autoimpuestas y puestas por los demás, el planteamientos peregrinos del amor y el sexo, de la violencia y la tolerancia, de la risa y el llanto. La lucha imposible, ahora, consiste en volver a convertirme en un hombre primario que sólo sepa moverse por estímulos de placer o...

Soy todas y cada una de mis contradicciones

Soy todas y cada una de mis contradicciones. Ellas me atan a lo humano y conforman el fulano que soy y el que parezco. Y es importante que sea así, que mis contradicciones existan y yo sea absolutamente consciente de ellas para seguir en este camino incierto y bellísimo de la vida. Y, ¿por qué no?, me encanta ser como soy: Gritar contra la injusticia y vestir de marca o pelear por una segunda vivienda para mi gente, estar por la causa de la izquierda y querer ser un empresario rico –y que no se me logra–, escupir contra cierta literatura y gozar de sus ventajas, poner carteles a favor de la libertad de copia y militar de número en la SGAE y en ARCE para cobrar algunas pesetillas por lo mío, reírme de Dios mientras le busco y le niego a la vez, estar por la escuela pública y militar en la cosa de la privada... un caos, ¿no? Pero me parece que lo importante no es que exista la contradicción, sino saberla, asumirla y decirla sin rubor. Sí, yo soy un tipo que vive en y para la contradicció...

El pensamiento

El pensamiento es una acción que sopesa la variable del tiempo y a la vez es generador del mismo, extendiéndolo, acotándolo o haciéndolo infinito… pero también es el pensamiento una posibilidad de tiempo y en el tiempo, una especie de espera activa de lo que va a suceder y un juego de premisas y modificaciones posibles e imposibles de lo que llegará. Pensando armamos nuestro tiempo y lo proyectamos, y también ardemos en la capacidad de proyectarnos nosotros mismos como entes en el tiempo. Esta capacidad humana es la que nos hace especiales [para bien o para mal], pues desde ella multiplicamos los planos vitales, no solo en función del pasado y el presente, sino en el futuro, ese lugar inexistente como invención mágica y perfecta, ese lugar de la predicción ideal o perfectamente calculada por el trámite empírico de la experiencia.

El hombre ubicado en el mundo

Es difícil sobrevivir sin ubicarte en el mundo, sin conformar cierta noción de tu propia importancia entre la gente con la que convives, singularizarte para quebrar la línea recta –por arriba o por abajo– que supone la media de todos. Y en esa singularización es donde sientes tu capacidad o tu incapacidad y, con ellas, te sientes lanzado a la vida, a su aventura; te sientes lanzado a continuar y continuarte, lo que supone el necesario no adjurar de la vida y de su azar. Desde este punto de vista, la singularización por la individualidad termina siendo latido, un latido que nos aparta de esa cosa de genética social que tienen las comunidades marcadas biológicamente para un destino exacto [véase, por ejemplo, el comportamiento genético/social de las hormigas, individuos marcados desde su nacimiento para una misión concreta]. El hombre necesita indicio y posibilidad para seguir, distinción del otro y conciencia de ser diferente y capaz de plantearse metas personales e intentar llegar a el...

La pérdida

Ponderar la existencia de algo no es dominarlo. Y eso es jodido para un tipo como yo, que siempre pensé en dar la existencia por la palabra [nada existe hasta que yo lo nombre]. Saber no implica dominación, como no saber no es justificación para la culpa. Llego ahora de un sepelio y percibo que la tragedia solo es capaz de existir durante un segundo, y que lo demás es abundancia de máscaras y gasto de gestos. El suceso, cada suceso, es trágico mientras se consuma, pero luego es representación y aspavientos inútiles. Y todos participamos en esa representación de la tragedia sin sentirla, sin imaginarla siquiera. A mí me duele la pérdida en lo que supone de cosa común, pero no sabe dolerme con lágrimas ni con gemidos, me duele como una uña encarnada que no afecta al conjunto del cuerpo, porque somos en la individualidad una síntesis de lo que es el conjunto, y no se pierde demasiado si el dolor es centesimal… quizás no se pierde nada.

La singularidad

A la singularidad nunca se puede llegar desde la efectación ni desde el culto a lo artificial, sí desde el pensar y el hacer de forma espontánea. Por ello es necio quien se presta a distinguirse de los demás de forma calculada y epatando como un estúpido [corto parece a veces el espacio que separa al ser verdaderamente singular del incorregible estúpido, pero la distancia entre uno y otro es infinita]. Singularizarse, por tanto, no es ir armado de la necesidad de mostrarse brillantemente y rebuscadamente novedoso, sino vibrar en la misma cuerda del mundo, interpretarlo para uno mismo, interiorizarlo y formarse una opinión [que puede ser distinta –muy pocas veces– o igual a las ya conocidas, pero una opinión propia y elborada]. Así visto el asunto, la singularidad consiste sencillamente en ir dotando a tu intelecto de un material que está flotando fuera de él y que hasta el momento de procesarlo no lo tenía como propio. Por tanto, singularizarse no consiste en darse a la extravagancia, ...

Sartre

Cuando se sostiene el deseo como pulsión hacia lo irracional es exactamente cuando funciona como detonante humano y es capaz de llevarnos a los terrenos abstractos en los que nos hacemos y deshacemos, consiguiendo ser camino de sufrimiento o de gozo [da igual, pues ambos caminos son perfectos para conseguir un hombre creativo]. Y con el deseo viene su gestión y su uso, ya que podemos tramitarlo desde la visión aristotélica como una parte de nuestros apetitos, siendo fruto de una elección previa y consciente… o convivir con él desde una visión platónica, sintiéndolo como una pasión que se sale de la razón, pero que le da motivos para crecer y desarrollarse… o sentirlo como aquella ‘aspiración a algo más’ expresada por Tomás de Aquino… o notarlo como la ‘agitación’ cartesiana que te dispone a querer mejorar… o derivarlo a la propuesta hegeliana de conformador de la ‘conciencia de sí mismo’ en su estado normal, el de infelicidad… o, lo que más me gusta, ese ‘ir hacia algo’ para quien dese...