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Mostrando las entradas etiquetadas como "Los 400 golpes"

No busco atlántidas

No busco atlántidas ni quiero trazar puentes sobre los mares nuevos… solo preciso un corcho humilde y estar despierto para lo que haya de venir… y quizás un par de cigarrillos rubios. Mis días son de calles en las que los colores se cansan por las noches, de hombres arrojados a la quietud diaria de un estatismo absurdo, de pan por la mañana y gestos de cansancio por la tarde… mis días son días sin balas, con muertos familiares de cuando en cuando [muertos que solo saben declarar su independencia con la muerte], sin cánones precisos [pero ciertos] y un poco de sudor si no hace frío… mis días son de ensaladas y macarrones y filetes muy hechos, son siempre laterales [sin llegar a ese margen que te muestra el peligro en el abismo], son días sin juicio universal ni cuerpo humano, sin Dios y sin penumbras en su sombra… mis días van sin héroes, tranquilos; discurren lentamente, sin agobios; no saben de un océano existente [porque el monte cercano oculta todo]… mis días son de euphorbias si pa...

El resto es mientras tanto

Siempre en camino, combatiendo a las noches con sus constelaciones y a las claras mañanas con una vela que desplegar al viento, sintiendo un hambre atroz, buscando el mundo ignoto que te hará ser lo que has visto… y jamás detenerse, sabiendo que la chispa es el aire que entra y que sale del cuerpo… y dejar en los hijos la frente del criterio mientras envejecemos, dejarles la medida anotada en el cartabón –pero no grabada a fuego–… y dejarnos llevar por el vigor que falte hasta donde la nave quiera sujetarnos. Cargad, hambrientos de sueños, contra los días que restan… cabalgad vuestras monturas hasta agotarlas buscando el horizonte… que el polvo se zambulla en el aire pasado, que no exista la palabra regreso en vuestro idioma ni podáis ver cómo crece el alerce que plantasteis un día… Los rizos habrán de abandonar la calavera y no habrá mar de fondo entonces, ni besos atrevidos, ni siquiera un deseo que cumplir… entonces comprenderéis que no hay un dios posible aunque las plantas sigan a...

Carne

Somos carne que acontece y se traba, que a veces se divide o descansa como las jarras de Morandi, carne roja que poco tiene que ver con la vida que llevamos o con la lógica absurda de los días urbanos… somos carne tapada por el fieltro o el algodón tintado, carne sin demasiada importancia para quien la trafica, carne tierna a veces y también bien servida en la pose simétrica de los banquetes… somos carne ensayada y también débil… carne que toma asiento y sorbe un café o se detiene en unas líneas, carne pasada que se pudre sin más una tarde de otoño y se amontona en el seco tictac de los relojes, carne que hizo lo que pudo y administra las muertes de los significados… carne sin más misterio que ese azar que cubre lo impalpable, carne como un vuelo de pájaros que apenas reconocen el último árbol suyo, carne que fuera intacta un día y que ha sido escrita por otras carnes pares con embriaguez de lirios y promesas. Las rosas del jardín posan espléndidas y hay un bistec de ayer en la nevera.

Apilad los cadáveres

La memoria murmura los nombres olvidados de las cosas, los paisajes que fueron arrasados por las constructoras y aquellos espacios que alguna vez parecieron vacíos… pero hay gente que existe y baila y llora y sueña mientras escribe solicitudes para ocupar los espacios que parecen vacíos… El lugar de la huella no es de nadie, pues el tiempo macera su venganza tranquila y deja que la vida consiga ser rumor y no otra cosa… luego, la muerte avanza, siempre avanza, y lo hace con sus pancartas viejas, como manifestándose, con sus gritos ajados para arengar al hombre… “ tú eres la más elevada criatura, el perfecto, el sublime, el que ocupa los tronos, el fuerte, el que razona, el que conmueve, el capaz de cualquier heroísmo, el que contiene el genio y lo administra, el que encuentra la gloria, el que domina todo cuanto mira, el que administra el espacio y lo somete… pero el tiempo no es tuyo… ” La muerte avanza, y ríe, pues sabe que la tetera permanecerá junto a las tazas, que en Londres llov...

Andamios

Andamios amarillos cuando en ti veo muerte [‘cuandoen’ ti veo muerte… luctuosa sinalefa de mis ojos]… andamios tan paródicos de esto y esto y esto que es la vida… andamios de la busca en el relato caótico, infinito e ininteligible… andamios de la cábala y de los espejos con marco art decó y pan de oro… andamios eruditos con gárgolas rampantes en su ferralla… andamios que parodian a Chesterton con un perfil metálico de Charles Auguste Dupin… ‘handamios’ novedosos para un mundo futuro… andamios de aquella manera, como estás esta tarde, tirado, incongruente, laxo, yerto… andamios paradójicos para templos católicos que aún están por hacerse y derribarse… andamios amarillos y oxidados para mirar atrás y ver lo imprescindible prescindible… andamios como desorientados, juveniles… andamios investidos de cátedra y birrete… andamios de suburbio, caedizos… andamios posmodernos que ya no son andamios… andamios sicológicos, de alambre de funámbulo y vacío… andamios de jardín, con hiedras trepadoras...

Hay señales

Hay señales que alumbran un disparo, gestos de pita para domar un cuello, canallas de redoma dispuestos al ajuste, cien cuchillos mellados que en su óxido contienen la gangrena, un sicario de números jugando a ser Damocles, alguna sumisión y unas panteras dispuestas a atacar y a hacer un muerto... Hay señales que despiertan el miedo justo al alba, cuando abro los ojos... las miro anonadado y decido no verlas por si el minuto próximo ya no fuese preciso... pero noto aquí adentro su empuje de monedas, veo en la claraboya de los ojos su cernirse de deudas, me espanto sin gritar, sin hacer gestos, sin moverme siquiera de este lugar absurdo donde caerán las bombas... Hay señales como pájaros negros que me dicen, sibilas, que el tiempo va en mi contra... hago que no las veo, intento obviarlas siempre, pero sé que me indican la espiral a lo negro... También hay tipos trágicos que llevan las señales en sus nucas... y otra clase de hombres, que apenas pertenecen a este mundo, que saben que el ...

Ansias de libertad

Quedábamos los jóvenes, lejanos, con el presentimiento jubilado de no volver a casa por las noches y seguir al escándalo del alud de la gente en la calzada o hacinarse entre aquellos brazos que envolvían ciñendo y podían no ser de una muchacha. Quedábamos múltiples los jóvenes ante el azar medido, sin conocer la dimensión del día o de la noche, desatados, gustándonos o no –que no importaba– y tramando sin plazos el deseo surgido de una sombra indefinible... Y vimos ya algo tarde que amar nos excluía, que ser igual a otros o distintos también nos excluía, que escoger o no hacerlo también nos excluía... Huimos a lo gris... y fuimos hombres buscando el acomodo entre las torres donde todo termina mutilado: hombres inadvertidos, carne dormida, muertos. Hoy, completado el círculo, batido el fango entero con un fragor de nada, solemne, erguido y viejo, busco esa bicicleta con la que ser el ansia. © luis felipe comendador

La fuga de Antoine Doinel

Fue la lluvia y mirar desde el furgón los rostros vegetales del gentío, el medir las mañanas en el suelo según la luz corría de baldosa en baldosa, el eco de tu voz en las paredes –sin respuesta jamás– y esa curiosidad que es como el hambre por ver el horizonte de los héroes. Te preguntaste si en el mar habría una salida neta del silencio que rezuma el ser uno entre los hombres. Te quisiste matar por un segundo, y comprendiste al fin que hay un abrazo tuyo pendiente de entregar y otro que espera a sopesar tu escuálido volumen. Pues claro que la vida te interesa, ¿a qué si no esta huida de lo inhóspito? Colette en bañador merienda al fondo. ••• © luis felipe comendador

Canto al exceso

Hijos de la fiebre, que habréis de ser el polvo repetido o el humus que alimente a la amanita o a la russula un otoño cualquiera, podad la vida con la afilada hoz de vuestro aliento –no con el fino cuchillo de plata ni con la cimitarra tocada de marfil–, sed parte de la hoguera que se enciende con el alcohol barato, lamed los ácidos nucleicos mientras estén calientes, arded en la ictericia del hachís y que el desorden mismo sea el corcel que os lleve a destruir las leyes indecentes del que apaga la luz. Hijos de la fiebre, sabed que cada anciano muere solo y todo su resumen es mansa incertidumbre y voz vencida, que el gris está apostado en la próxima esquina aguardando ese paso seguro que daréis y no habrá vuelta atrás ni miradas posibles. Soy la sal de Adit, Isak Borj, la paura. ••• © luis felipe comendador