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Un muerto

Un muerto sobre una sábana, con el gesto tranquilo, herido de un palor eterno, mira fijamente al techo y su fijeza en la mirada me obliga a llevar la vista a su punto de fuga. Un desconchón de humedad nos une al fin. Yo mirando y el cadáver viendo.

Como la mujer de Lot

Bajo la sombra de los membrillos, una mujer blanquísima sueña con un jardín de piedra donde las flores son geodas abiertas como sexos. Pasea desnuda por aquella naturaleza lítica y un aire tanático se le posa en la nuca. Cuando quiere despertar, el sueño le asesta tres puñaladas en el vientre. No sangra, pero muere como la mujer de Lot. Ahora es el arbusto más bello del jardín de piedra, un arbusto de sal gema que se irisa con la luz robada de una luna llena.

Una mujer triste

La tristeza era dueña de unos ojos azules., pero no eran los míos. Destilaban un deseo azul, un deseo incomprendido por todo mortal, y llovían hombres desde las negras nubes, hombres con chaquetas blazier de botones dorados, con pantalones de color gris marengo y vuelta en los bajos, hombres con corbatas que volaban hacia arriba dándoles cierto porte de ahorcados. Sus camisas eran blancas, blanquísimas, y sus cabellos lucían bien peinados. Todos los hombres que llovían eran iguales, uno exacto a otro, y caían igual, con las rodillas semiflexionadas, con los brazos extendidos; y aquellos ojos tristemente azules miraban cómo los hombres caían siempre en la misma posición, apoyando sus zapatos negros limpísimos sobre el suelo mojado de hombres. Jamás llovieron tantos hombres ante los ojos azules de una mujer triste.

Un objeto bello

Le gustaban los objetos de arte y no perdía ninguna oportunidad de asistir a todo tipo de exposiciones. Una mañana amaneció convertido en un libro antiguo con tejuelos en el lomo y la cubierta forrada en piel bobina teñida de un color granate oscuro. Como no tenía familia cercana, permaneció durante algunos años entre las sábanas de su cama. Cuando lo descubrieron, sus páginas estaban absolutamente en blanco. Sólo unos cerquitos trabajados por los hongos daban contenido a aquella obra que era él. Tampoco tenía un título que nombrase la cubierta. Era un objeto bello, pero vacío.

Entrar en los ojos de una mujer dormida

Pude entrar en los ojos de una mujer dormida, lo hice justo antes de que cerrase sus párpados. Creí que de esa forma podría penetrar en sus sueños, pero no consideré que la mirada no estaba y que una mujer dormida es como una mujer muerta. Ya dentro, sin sueños que robar, decidí violentar su cuerpo bajo la piel, y supe que sin voluntad ajena el placer no existe, sólo existe la deriva de la fisiología. Cuando despertó, yo enredaba bajo los nudillos de sus dedos.

Un frutero con naranjas

Aquella mujer terminó convirtiéndose en un mueble, exactamente en una mesa de cocina bastante rústica. Su madera era de haya y en las patas tenía unos torneados un tanto burdos. Sufría si se cortaba cecina sobre ella o si se derramaba algún vaso de vino o agua. No soportaba los manteles de cuadros rojos y blancos, pues la estética italiana le producía un raro prurito y, además, esos colores le sentaban mal a la cara. Lo que más le gustaba era lucir un frutero con naranjas.

El ahorcado

Un ahorcado de un techo que no existe, desnudo, con su sexo erecto, orina una lámpara que da luz a una mujer que crece en una maceta por sus cabellos. La mujer tiene las piernas abiertas, el sexo abierto. Del sexo de la mujer crecen hacia la luz plantas de tallos largísimos que se rematan en flores de cinco pétalos. De los tallos salen una suerte de espirales que prometen otras floraciones. La mujer sonríe. Sus ojos son como peces esbozados. La luz lo ocupa todo. Tampoco la maceta se apoya en suelo alguno.

Un paquete de Chester

Un libro que sea a la vez un paquete de tabaco, exactamente un paquete de Chester, y que cada página sólo contenga cigarrillos, cigarrillos en posiciones diversas. Un libro del mismo tamaño que el paquete de Chester. Sólo sumarle mi nombre. Es la mejor autobiografía que puedo hacerme, la más completa, la más digna. Y es que un hombre debe tener biografía como clave genética distintiva... Pero yo soy gris, y la biografía de un hombre gris debe ser monótona, como una atmósfera asfixiante o el simple aire que nos regala la vida. Mi biografía está hecha de humo, del humo de miles de cigarrillos Chester, un humo gelificado en mis pulmones paralizando el suave movimiento de las células que oxigenan la sangre, consumando un suicidio largo y tranquilo. Quiero a mi cuerpo, pero noto cómo se me va de las manos, cómo envejece, cómo se arruga ante mis ojos. A veces no me reconozco en los espejos ni en los escaparates. El tipo que se enfrenta a mí no soy yo; después de mirar un rato, sólo encuentro...

Hank

Hice noche con Hank en el Motel Viking [28 dólares la habitación… 30,10 con el impuesto] y nos reunimos después de cenar en su habitación para charlar un ratito y beber unas copas de ‘petite sirah’ mientras enganchábamos el sueño [era la habitación número 20]. Sobre la colcha azul raída Hank me explicó que una mujer que jamás haya podido ver a su hombre desnudo con el miembro en reposo puede sentirse una mujer querida, a la vez que me comentaba que a él nunca se le había dado tal circunstancia, y por eso sabía que no había dado aún con la mujer de su vida. Había allí una televisión en blanco y negro de 12 pulgadas. Hank la encedió, subió el volumen y la puso mirando a la pared. – No sé dormir sin compañía, amigo. Cuando nos despedimos, vi cómo Hank comenzaba a boxear con su sombra. – Siempre hago ejercicio antes de dormir… nunca al despertarme.

Lucía Ashton*

Caminando por el centro de Madrid, coincidí con Lucía Ashton –nos conocíamos de un encuentro en Glasgow al que asistió con su pareja–. La saludé asombrado de encontrarla así, sola, en Madrid, caminando como perdida; y le pregunté por los detalles de su estancia. “Vine hasta aquí atraída por una manifestación de víctimas, pues como yo lo fui siempre, tomé la decisión de mostrarme y gritar… pero está escrito que toda criatura viviente, aún aquellas que deberían mostrarse más corteses conmigo, ha de huir de mí y abandonarme a quienes me persiguen…” Preocupado, me interesé vivamente por si le había sucedido algo en lo que yo pudiese intervenir. “Nada, amigo, nada… tan solo caí entre una multitud que buscaba el horror como necesidad práctica… ahora me vuelvo a Escocia para morir a solas.”. La besé en la mejilla y nos despedimos sin más. La ciudad se presentía tomada y sin futuro. * (Lucía Ashton es un personaje creado por Walter Scott para su novela “La novia de Lammermoor”)

Iván Turguenev

Después de leer una edición del diario “El Mundo” que le llevé a su domicilio, Iván Turguenev, que andaba engolfado en la escritura de una novela que titularía “Víspera”, decidió sumar a la misma un personaje que fuera todo lo contrario de la representación de un político medio español según ese diario cavernario y conservador. Creó así a Dmitri Nikanorovich Insarov, un hombre de voluntad incomparable, gran perseverancia, cumplida decisión y un alto dominio de sí mismo con un perfecto añadido de honradez y sinceridad. Pasaron unos meses y volví a visitar al maestro con cierta curiosidad por conocer a ese personaje del que fui de alguna manera detonante. Saludé al Turguenev cuando me abrió la puerta de su casa y, cuando se me presentó la ocasión, le pregunté por Insarov. ”Un completo fracaso –me respondió–, Insarov era tan vulgar y anodino que sólo me sirvió para hacer una crítica velada de la nueva generación rusa… pero nunca para conseguir cierta altura literaria”. Sonreí levemente y ...

Rieux*

Esta misma mañana, cuando salía acompañado del doctor Rieux* de la Biblioteca del Estado de La Casa de Las Conchas, tropecé con una rata muerta. Le mostré a mi amigo tan grosero deshecho y noté cómo su cara pasaba de su general gesto relajado a un gesto de preocupación. Se acercó a mi oído y me dijo: “Dios vuelve a estar callado, amigo Felipe… Volverá el dolor”. Mientras Rieux me hablaba, pasó a nuestro lado un tal Lanzarote. Rieux le miró y siguió diciéndome: “Ni en Orán fueron los presagios peores…”. Y tomamos camino hacia nuestra pensión de la calle Meléndez. No llovía. *(Rieux pertenece al mundo creativo de Albert Camus, exactamente al mundo de “La peste”).

Homais*

Cuando visité a Pier Paolo Pasolini en el hotel de Riva Ligure en el que se alojaba, le encontré desastrado y arisco. Me recibió a pesar de su estado y charlamos de asuntos superficiales durante más de cuarenta y cinco minutos. De repente, cuando nuestra conversación transitaba por la curia romana y sus asuntos oscuros, Pier Paolo cortó la conversación con una especie de rugido, me miró fijamente a los ojos y dijo: “Eres la reencarnación de Homais, cabrón. Mediocre, anticlerical y volteriano… siempre pendiente de tus intereses. Tu alma provinciana no te permite ver cómo caemos vencidos los héroes, mientras te hinchas con tus condecoraciones absurdas y grotescas… Métete tu seguridad donde te quepa…”. Y haciendo gestos de bufón, como una burla, desapareció por el pasillo de camino a su habitación. De vuelta a casa, pensé en sus palabras y las encontré cargadas de razón… a los mediocres sólo nos queda la posibilidad de ser Homais, que es como ser nada. * (Homais es un personaje de “Mada...

Pecksniff*

Nadie sabe en qué fecha José María Aznar pactó con Saturno para tomar el espíritu de Pecksniff y cambiarlo por el suyo –un espíritu anodino y planchado–. El caso es que en la herrería saturnal celebran lo bien escogido del personaje, pues nunca, nadie, desde el principio de los tiempos, había llevado con tanto aprovechamiento un espíritu ajeno. Para celebrar tal circunstancia, Saturno ha encargado a sus magníficos fundidores que le vacíen una copia del rostro de don José María con una leyenda orlada en laureles que rece: “José María Aznar. Excelencia en hipocresía saturnal”. Hace un par de semanas coincidí con Saturno en una conocida cafetería madrileña y me comentó que en su gabinete de diseño están trabajando en una suerte de “VICTOR” para poner en la fachada sur de la antigua catedral de Salamanca. Bebimos bastante… era absenta. * (Pecksniff es un personaje de la obra “Vida y aventuras de Martín Chuzzlewit”, de Charles Dickens).

Isabetta

Isabetta viajó hace un par de meses hasta Bagdag acompañada de Boccaccio con la clara misión de moderar la ira hacia sus hermanos, asesinos de su amante. Al llegar la pareja a la grosera terminal de arena, dirigida por militares norteamericanos, fueron cacheados con rigor y malas formas –los norteamericanos siempre dieron ejemplo de malas formas allá donde pusieron sus pies bien calzados–. Mientras les cacheaban, un teniente irakí revolvía en sus maletas con desgana… hasta que encontró un enorme vaso cerrado herméticamente conteniendo una cabeza con gesto dulce… El teniente gritó despavorido y se armó un generoso revuelo que permitió que Isabetta y Boccaccio se perdieran entre la multitud. Hoy, Isabetta, de vuelta a Italia, ríe por haber perdido dos veces a su amante, una en la celosa ira de sus hermanos y otra en la terminal de entrada del aeropuerto de Bagdag. Boccaccio me contó ayer que su locura es dulce… y hasta feliz.

Bickerstaff*

Entre las oscuras profecías de Isaac Bickerstaff figuraba una particularmente cruel en la que aseguraba que la muerte de Henri James sucedería durante el año 1916, pero no pesaba su crueldad sobre la desaparición de tal genio de la literatura norteamericana, sino en que apuntaba que a la justa hora de su muerte un inédito George Bush estaría jugando con una planta de gordolobo en los extensos campos de Dallas. Tal circunstancia marcaría un terrible futuro para el mundo hasta que se extinguieran sus generaciones. Isaac murió en 1729 siendo Richard Steele y en 1745 siendo Jonathan Swift . Ni Nostradamus. *(Personaje inventado por J. Swift para molestar a Partridge, del que tomó pseudónimo R. Steele).

Dolón* y M. Teste**

“Sólo una vez… solamente una jodida vez se me nombra en ‘La Iliada’. Y para que me sepan despreciable y mezquino”. Así hablaba Dolón* una noche de todos los demonios en un garito de Louisiana. Estaba ebrio de Bourbon con agua y hacía gestos grandilocuentes mientras soltaba su perorata. “Despreciable y mezquino… y mezquino…”. Al otro lado de la barra, un tipo como una sombra no perdía detalle de los gestos y las palabras de Dolón… tan descarada era su atención, que Dolón sintió el peso de su mirada escrutadora y le dijo en alto: “¿Acaso usted me ve despreciable… mezquino?” “No -le respondió el tipo sonriendo- yo sólo soy hasta cierto punto el hombre de la atención”. “¿Su nombre?” –inquirió Dolón. “Teste, monsieur Teste*. Un hedonista que busca la perfección en la nada infinitamente vacía y tranquila”. Bebieron juntos hasta el amanecer en completo silencio. Cuando se despidieron, monsieur Teste le dejó a Dolón unas palabras escritas en un posavasos en el que antes había dibujado un bello...

Guilliat*

Mientras Guilliat trabajaba como un poseso para rescatar un navío hundido, Cesare Pavese era presa de un horror misógino sobrevenido de unos hermosos cuernos que ya coronaban su cabeza. Coincidieron ambos en una bodega antigua de Turín, ese lugar del que se vuelve, y después de compartir sus cuitas quedaron para darse fin en la pleamar de las costas de Eleusis. Pavese no acudió la cita, pues se quedó dormido. *(Guilliat es el protagonista de “Los trabajadores del mar”, de Víctor Hugo).

Fox

Fox, el perrito de Michel Houellebecq, no sabía ser feliz porque su ego era ilimitado, circunstancia rara y curiosa en un perro. … Y el tiempo nos parece breve, tremendamente breve… pero pasamos por la vida sin alegría y sin misterio. Ayer llamé a Michel –era tarde, quizás más de las doce de la noche–. Respondió después de ocho o diez tonos. Cuando espetó un “¿quién coños eres?”, le pregunté sin siquiera identificarme: ¿Crees que mereces la vida eterna? Colgó sin más, pero tuve tiempo de escuchar los ladridos de Fox. Eran de rabia.